Recién hemos conmemorado la fiesta de los Tres Reyes Magos que llegaron de Oriente y se postraron ante el Niño Dios, cuya divinidad está por encima de todo poder temporal. El don del incienso proclama que toda alabanza es insuficiente frente a la que debemos a Dios; la mirra, con la que se unge a los reyes, reconoce que Dios concede toda grandeza y que, por lo mismo, puede retirarla; el oro, símbolo del poder temporal, afirma que también este está sujeto a Su voluntad.
El cristianismo, como la mayoría de las religiones, recurre a la tradición para dar cuerpo y sentido a sus enseñanzas, como ocurre con la historia de los Magos, quienes además representan las tres edades del hombre: la juventud, la madurez y la vejez. Los principios y la fe obligan durante el curso entero de nuestras vidas. La vida de Jesús, María y José; el Nacimiento en un pesebre; la adoración de los pastores; los Tres Reyes Magos… historias y evangelios expuestos y narrados en pinturas y altares, relieves, frescos y mosaicos, en luminosos vitrales, constituyen la gloria de Occidente y de su civilización.
Como hemos dicho muchas veces, el amor de María por Jesús y de Jesús por María; la sabiduría y la protección de José hacia su familia, la Presentación del Niño y la profecía de Simeón en el Templo… no hay sentimiento humano, pasión o dolor que no halle su expresión en la inmensa y maravillosamente bella iconografía cristiana.
Los vitrales, los altares con escenas de la Vida y la Pasión de Jesucristo, las pinturas dedicadas a la veneración de la Virgen, fueron enseñanza y consuelo para las feligresías pobres y analfabetas del primer y segundo milenios cristianos. En el mundo gris y en parte lúgubre del Bajo y Alto Medioevo, las flores y el verdor de la naturaleza, los follajes del otoño, la aurora y el crepúsculo, y el arte en los altares de las casas de Dios eran el único colorido. Ese arte era, a la vez, medio de expresión y espacio donde dar sustancia a sentimientos, pasiones y esperanzas, a aquello que se percibe con los ojos del alma.
En cada parroquia, iglesia y basílica cuelgan y se exhiben innumerables imágenes de la Virgen y el Niño: Madonna col Bambino, die heilige Frau mit dem Kind. Los artistas del bajo románico, los grandes maestros del Renacimiento, así como los pintores del Barroco y del Romanticismo, retomaron y trabajaron este gran tema de la pintura occidental. Y, sin embargo, no hay dos telas, murales o esculturas iguales, lo que confirma las infinitas posibilidades de la creatividad humana.
El arte de Occidente es gloria y patrimonio de la humanidad
Al pintar la Adoración de los Magos, los artistas, a lo largo de dos milenios, representaron las tres edades del hombre, recordándonos que somos mortales, que la vida transcurre y que, sin importar la etapa en que nos encontremos, debemos adorar a Dios: a Dios que es espíritu, y también cuerpo, en el Niño de Belén y en el Mártir del Gólgota.
Desde siempre, el azul ha sido el color del manto de la Virgen: el azul del cielo y, lo intuimos, el azul del Paraíso. El pesebre y los dones de los Magos —oro, incienso y mirra— representan los extremos de la condición humana: la pobreza que aflige a muchos y el bienestar que es la dicha de otros.
Las bellas madonas con el Niño constituyen uno —quizá el principal y más conmovedor— de los grandes temas del arte, abordado por Rafael en la Madonna Sixtina y por Miguel Ángel en La Piedad. A estas imágenes se suman paisajes —San Jerónimo en el desierto—, martirios, escenas urbanas, ceremonias solemnes, niños musicantes… todo aquello que somos.
Así se narra también la historia de los Tres Reyes Magos, guiados por una Estrella, hincados ante un pesebre, en la noche más luminosa de todas…