Light
Dark

Tráfico, movilidad y salud mental: un problema de salud pública

La persona empática y respetuosa suele ganarse los insultos del intolerante, de aquel que por cinco segundos acciona el claxon de forma insoportable. Pero mi pregunta va más allá: ¿cómo estará la salud mental de estas personas? Sin duda alguna, es deficiente.

El caos que genera el tráfico tiene un alto impacto en la salud mental del ciudadano. Muchas personas deben levantarse de madrugada y regresan a sus casas ya entrada la noche. No existe empatía entre quienes conducen: automóviles, motocicletas, bicicletas, transporte público, transporte pesado y de carga. Tristemente, incluso quienes hacen uso de vehículos investidos con logos y escudos de autoridad hacen un mal uso de la vía al momento de conducir. Predomina la ley del más fuerte, donde poco importa tener un ápice de empatía, educación o simplemente permitir que otro vehículo se incorpore. No cuesta nada; sin embargo, quienes son educados en el tráfico parecen especies en peligro de extinción.

La persona empática y respetuosa suele ganarse los insultos del intolerante, de aquel que por cinco segundos acciona el claxon de forma insoportable. Pero mi pregunta va más allá: ¿cómo estará la salud mental de estas personas? Sin duda alguna, es deficiente.

Una persona que debe tomar el primer bus que sale de su ciudad —en plena madrugada, con todo aún oscuro— y que regresa a casa ya entrada la noche, ha pasado entre cuatro y seis horas manejando o trasladándose. Para el usuario del transporte colectivo la situación es aún más difícil: debe armarse de una enorme paciencia para medio soportar una pésima calidad de vida en función del traslado de un lugar a otro.

Conozco casos de personas que viven fuera de San Salvador y prefieren levantarse a las cuatro de la mañana para que el tráfico no las afecte. Llegan a sus lugares de trabajo a las cinco de la mañana y luego duermen una o dos horas dentro de su vehículo, con el objetivo de reducir el impacto del tráfico y, en la medida de lo posible, el gasto de gasolina.

Tristemente, esta nueva forma de vida nos hace creer que somos indispensables, como si el mundo no girara si no llegamos puntuales. Vivimos además en una época de propaganda infinita y consumismo desenfrenado, donde, cual cobayos entrenados, debemos salir a “quitarnos el estrés”. Como si fuera una obligación, acudimos al centro comercial con la falsa idea de que gastar nos dará paz, aliviará la fatiga crónica o incluso pagará nuestras deudas.

Esa es, a grandes rasgos, la vida del salvadoreño: se vive y se muere tras el volante de un vehículo. Lamentablemente, no es una vida a la que debamos aspirar y no se le ve solución inmediata. Cada día el tráfico empeora, las trabazones son constantes, y ya nos hemos acostumbrado a ello. Eso, precisamente, debería hacernos reflexionar sobre la vida que llevamos y sobre la escasa o nula salud mental de la sociedad salvadoreña.

Si miramos hacia el futuro, debemos preguntarnos: ¿cómo será la salud mental de nuestros hijos? No dudo que serán jóvenes y adultos con serios problemas de ansiedad, trastornos del sueño y otras afecciones que, por ahora, se prefieren ignorar. La salud mental dice mucho de un pueblo y de una sociedad. Un país tan pequeño, con un parque vehicular altísimo, problemas de movilidad, alto costo de la vida y desempleo, se convierte en la tormenta perfecta para que el enojo y el odio se manifiesten en las calles.

Tenemos una sociedad cansada, empobrecida, violenta y con muy poca empatía. Sus problemas no son invisibles: son claramente visibles. La ansiedad que genera conducir en la capital debería ser un tema prioritario en la salud del salvadoreño. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a lo peor y lo vemos como algo normal. Conducir dos o cuatro horas para llegar al trabajo consume el mismo tiempo que un vuelo a Miami o Panamá, con la diferencia de que este trayecto diario es una cruz que cargan conductores y usuarios del transporte público.

Por ello, todo lo aquí expuesto debería medirse con indicadores claros, entre ellos:

  1. Calles y horas pico.
  2. Lugares y horarios con mayor número de accidentes.
  3. Días de la semana con más siniestros viales.
  4. Tipos de vehículos involucrados.
  5. En el caso de las motocicletas, los datos son especialmente preocupantes: número de motocicletas ilegales o no inscritas, sin tarjeta de circulación vigente; conductores sin licencia; cascos no certificados; motocicletas con daños mecánicos, problemas de frenos, entre otros.
  6. En esta ocasión no profundizaré en el tema de lesiones y su medición desde la perspectiva de la salud, pero es igualmente relevante.

Es necesario y urgente medir el nivel de conocimiento sobre normas, leyes y reglamentos de tránsito para regular y mejorar la convivencia vial. Y para quienes piensan que olvidé otro gran dolor de cabeza —el parqueo—, este es parte del problema de movilidad que está modificando nuestros hábitos y costumbres, aunque merece un análisis aparte.

Tal vez lo que escribiré parezca trivial, pero me resulta chocante leer la frase: “Dios es bueno”, acompañada de una foto con pasaporte y boarding pass rumbo a otro país. Nunca he leído: “Dios es bueno, salí y regresé a casa sin un percance en la movilidad hacia mi trabajo”.

Concluyo con esta reflexión: mientras en otras latitudes ya se habla y se aplica la movilidad sostenible, aquí estamos en el epicentro de un problema llamado “Tráfico, movilidad y salud mental como un problema de salud pública”.

Médico.

Patrocinado por Taboola