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Romanos 13 bien leído

La tentación de convertir la fe en herramienta del poder sigue viva

Tras la publicación de la Declaración de Barmen, los cristianos preocupados por la instrumentalización nazi de las iglesias se organizaron con mayor convicción y firmeza en lo que llegó a conocerse como la «Iglesia Confesante». Después de dos años de la llegada de Hitler al poder, comprendieron que su pretensión de controlar todas las expresiones de la vida social no sería pasajera; por eso, no estaban dispuestos a permitir que los futuros pastores fueran formados por instructores fanatizados con el nazismo.

Para la Iglesia Confesante era evidente que la formación de los nuevos ministros del evangelio debía llevarse a cabo fuera del radio de control del Estado. Sin embargo, esa convicción abría un problema serio: la legislación nazi no toleraba ninguna educación que no se ajustara al principio del liderazgo absoluto de Hitler. Así, quedaron atrapados en una disyuntiva decisiva: someterse a las normas vigentes o desafiarlas, incluso a riesgo de ser perseguidos.

Por un lado, tenían ante sí el pasaje de Romanos 13, donde Pablo afirma que las autoridades han sido establecidas por Dios y, en consecuencia, el cristiano está llamado a obedecerlas. Pero sabían también que ese mismo texto limita el mandato de dichas autoridades: promover el bien y hacer justicia. Cuando un gobierno sobrepasa esos límites y convierte el poder en abuso, ¿deben los cristianos seguir obedeciendo, o más bien están llamados a resistir?

La Declaración de Barmen jugó un papel decisivo en responder a esa pregunta. En su Tesis 5, afirma que el Estado «por disposición divina» tiene la tarea de mantener la justicia y la paz, pero rechaza que el Estado promueva el odio y se convierta en «el orden único y total» de la vida humana. La combinación del mandato real y el mandato limitado, permitía a los cristianos decir «sí» a Romanos 13 sin decir «sí» a cualquier cosa que el Estado hiciera. Era necesario leer Romanos 13, pero también Hechos 5: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres».

 Con esa claridad bíblica, la Iglesia Confesante comprendió que su deber era continuar formando a sus pastores en esas verdades de las Escrituras. Pero en las condiciones que se vivían, no había más opción que la de desarrollar esa formación de manera clandestina. Para ello, planearon ubicar el primer seminario lejos de las grandes ciudades, en la frontera oriental con Polonia, en una pequeña aldea llamada Finkenwalde.

Para iniciar con el seminario clandestino, la Iglesia Confesante pensó en Dietrich Bonhoeffer como la persona obvia para organizarlo y dirigirlo. En los documentos fundacionales, expresaron que ser director del seminario «encajaba con sus habilidades» y le daba una plataforma para sus preocupaciones teológicas. Eso lo colocaría en el centro de la lucha para convertirse en el vocero del ala resistente del cristianismo. Además, nadie dudaba de su aguda inteligencia y admirable capacidad teológica. Su trabajo de dos años en Londres le había permitido establecer redes con otras iglesias cristianas en diversos países y había adquirido experiencia pastoral real.

Para Bonhoeffer no fue fácil tomar la decisión de volver a Alemania. Después de unos meses de valoraciones, decidió regresar y acometer con toda resolución la tarea que se le encomendaba, aun cuando la misma era muy riesgoza. En una carta a uno de sus amigos escribió: «La próxima generación de pastores… debe ser formada enteramente en escuelas eclesiales…».

La tentación de convertir la fe en herramienta del poder sigue viva. La Iglesia Confesante es un recordatorio para todos los tiempos de que la obediencia a las autoridades no debe ser servilismo. Dios establece autoridades para el bien común; cuando se vuelven absolutas, exigen elogios y siembran odio, el cristiano debe discernir y poner límites. Eso comienza con la formación bíblica: ¿quién moldea nuestra conciencia, nuestras ideas sobre la fe, nuestras lealtades?

Bonhoeffer y el Seminario de Finkenwalde muestran que cuidar el evangelio requiere valentía y disciplina espiritual, aun bajo presión. En tiempos de propaganda y polarización, la iglesia necesita voces que digan «sí» a la justicia y «no» a la idolatría. No se trata de preferencias políticas, sino de fidelidad: formar discípulos, no súbditos; pastores, no propagandistas. Que nuestra esperanza no dependa de un gobierno, sino del Reino, y que nuestra acción brote de la cruz.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim

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