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Romance del trébol y la flor amada (II)

Una princesa-flor, como tú, de tu belleza y dignidad, no debe bajar tanto. Es como si yo me enamorase de ti. Yo sé que un pobre zompopo no debe subir tan alto”

“¡Tan hermosa -decían las demás flores del vergel- y siempre inclinada, mirando al suelo con nostalgia, en vez de alzarse como nosotras hacia el sol, pavonear al ruiseñor y dar al viento su fino perfume!’’. Pero nadie comprendía la distancia entre la flor y el trébol de aquel extraño romance. Un día, el hermano zompopo subió por el tallo de la mata a recoger polen. Entonces se encontró con la enamorada flor, que entonces estaba aún más alta, casi llegando al cielo. “Hola, hermana flor—dijo el zompopo. ¿Por qué luces así de triste, con lo bella que eres? ¿Es acaso el frío de la altura?” “No –respondió la flor–. Es que ya no alcanzo a ver desde aquí la colonia de tréboles de allá abajo”. “No entiendo, hermana flor -repuso la hormiga arriera- cómo te pueden interesar un montón de corrientes tréboles silvestres, que han quedado abajo. Una princesa-flor, como tú, de tu belleza y dignidad, no debe bajar tanto. Es como si yo me enamorase de ti. Yo sé que un pobre zompopo no debe subir tan alto”. “¡Es que estoy enamorada -le aclaró la flor-! Y hoy, que ha salido la luna, que mis demás hermanas duermen, te quiero pedir un gran favor. A cambio, te puedes llevar toda mi miel y todo mi perfume…”. “¿Tan grande es ese favor, hermana flor?” -preguntó con gran extrañeza el bachaco. “Tan grande, que quizá me cueste la vida”, repuso el capullo.

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