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¿Quién necesita tener razón?

La convivencia no es una competencia de exactitudes. Es un ejercicio diario de consideración. Y recuerde que son más importantes las personas que lo que dicen y cómo lo dicen.

La convivencia no es una competencia de exactitudes. Es un ejercicio diario de consideración. Y recuerde que son más importantes las personas que lo que dicen y cómo lo dicen

Recientemente vi a un señor de alrededor de cincuenta años, de esos que hacen ejercicio y exhiben su musculatura, que vestía una camiseta con la frase: «I don’t need Google. My wife knows everything», lo que en nuestro entorno sería: «No necesito a Google, mi mujer lo sabe todo».

Me pareció gracioso porque refleja una experiencia bastante común. En muchos hogares, cuando el esposo comenta algo, ella ajusta el dato. Si él dice: «¡La carne estaba un poco salada!», ella precisa: «¡No tanto!». Si él resume, ella matiza. Si él menciona una cifra, ella la corrige. Quizás usted vio aquel video en el que el señor le dice a su esposa: «¡En los treinta años que estamos juntos siempre me contradices y me corriges!». Y ella, con una suave sonrisa, responde: «¡Son treinta y uno!».

El humor funciona porque la respuesta confirma exactamente lo que él está señalando. Pero más allá de lo gracioso, no es que las mujeres sepan más ni que los hombres sean más sensibles. Son estilos de comunicación que, poco a poco, se convierten en hábitos.

Hay personas que responden con el dato concreto; otras, con el contexto completo. A mi pregunta: «¿Cuánto pagaste en la veterinaria por bañar a la perrita?», la respuesta fue: «Tuve que comprar un spray porque perdió un poco de pelo». Uno espera una cifra y recibe una historia que, en el fondo, quiere decir: con los veinte dólares pagué un servicio y un producto. Nadie está equivocado. Pero cuando el formato de comunicación no coincide, pueden aparecer fricciones innecesarias.

Lo mismo sucede con la corrección frente a otras personas. Cuando alguien es corregido en público, no siente que le cuestionan un número; siente que cuestionan su imagen. Y la imagen pesa.

Sin embargo, el punto más importante no está en el dato, ni en la corrección, ni en la explicación. Desde mi punto de vista, está en algo más esencial. En la comunicación dentro del hogar —entre matrimonios, parejas e incluso con los hijos— es más importante la persona que lo que dice y cómo lo dice. Cuando olvidamos esta realidad, comenzamos a priorizar la precisión sobre la relación; el detalle sobre la dignidad; la exactitud sobre la armonía. En este contexto, la precisión es una virtud solo cuando sirve a la verdad, pero se convierte en defecto cuando sirve al ego.

Corregir automáticamente puede transformarse en hábito. Y los hábitos repetidos forman la microcultura del hogar. Si el hábito es demostrar, el ambiente se vuelve competitivo; pero si el hábito es cuidar a la persona, el ambiente se vuelve seguro.

Muchas discusiones domésticas no son sobre cifras, sino sobre respeto. La verdadera seguridad no necesita imponerse. La verdadera madurez consiste en dejar pasar detalles menores.

Al final, uno puede preguntarse: ¿Quién tiene razón? O mejor aún: ¿Estoy cuidando a la persona o estoy defendiendo mi punto? Porque cuando en una relación el dato vale más que la persona, la relación se deteriora lentamente. Y no por grandes crisis, sino por pequeñas insistencias repetidas.

A veces la inteligencia consiste en no corregir; la elegancia, en responder primero lo preguntado y explicar después; y la grandeza, en decir: «Puede que tengas razón».

Cuando me preguntan qué decisión tomar entre varias opciones, suelo advertir: «¡No me preguntes sobre algo que ya decidiste!». Y entonces me responden: «¡Solo quiero saber tu opinión, para que luego no digas que no te pregunté!».

Algo semejante ocurre con el tiempo: aunque hayamos quedado a las 11:30, ese «¡ya voy!» puede significar 11:45.

La convivencia no es una competencia de exactitudes. Es un ejercicio diario de consideración. Y recuerde que son más importantes las personas que lo que dicen y cómo lo dicen.

Usted ponga su parte, porque si de dos, uno no quiere discutir, en lugar de conflicto habrá armonía.

Ingeniero

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