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¿Quién manda aquí? Sigue el rastro de tus decisiones

La alfabetización del siglo XXI ya no consiste solo en saber leer y escribir; consiste en saber leer las arquitecturas invisibles que ordenan nuestras decisiones

Son las siete de la mañana. Antes de levantarte, tomas el teléfono. La pantalla te muestra los titulares del día, el clima esperado y el estado del tráfico. Más tarde, buscas un vuelo: el precio subió ochenta dólares sin explicación alguna. A media mañana envías tu currículum a una vacante; nunca recibes respuesta, porque un sistema descartó tu perfil, antes de que un ser humano lo leyera. Por la tarde, solicitas un crédito: la respuesta llega en cuarenta segundos, sin entrevista, sin explicación, sin posibilidad de réplica. En la noche, al revisar el teléfono por última vez, queda la sensación de haber atravesado un día normal: información, trámites, precios, respuestas, silencios.

Nada de esto es extraordinario. Es, simplemente, un lunes cualquiera.

Lo extraordinario es otra cosa: en cada uno de esos momentos hubo una decisión sobre tu vida, y ninguna la tomaste tú. Te fueron entregadas, ya tomadas, en forma de resultado. Si sigues el rastro de ese día aparentemente normal, descubres que muchas ya venían filtradas, ordenadas o anticipadas por sistemas que nunca viste operar.

No se trata de vigilancia en el sentido clásico, ni de paranoia, ni de ciencia ficción. Se trata de algo más sutil y más estructural: alguien ya decidió por ti antes de que tú llegaras a decidir. Decidió qué noticias merecen tu atención, qué precio corresponde a tu perfil, si tu currículum vale ser leído, cuánto riesgo representas, qué conversación pública será relevante hoy y cuál desaparecerá antes de llegar a tu pantalla. Esas decisiones no se anuncian. No piden permiso. Se ejecutan en silencio, en milisegundos, y configuran el escenario sobre el cual crees estar decidiendo libremente.

Aquí aparece una de las grandes asimetrías de este siglo. Quien diseña el sistema sabe cómo opera, qué optimiza y qué resultado busca. Quien lo usa, casi nunca lo sabe. En la era industrial, la desigualdad fundamental fue de capital: unos tenían los medios de producción y otros vendían su trabajo. En la era digital, la desigualdad fundamental es de comprensión: unos diseñan los sistemas que median la vida, y los demás los habitan sin entenderlos.

Esta asimetría no es accidental. Es funcional. Mientras menos comprenda el usuario el sistema que utiliza, más predecible y rentable se vuelve su comportamiento. La opacidad no es un defecto técnico: es un activo de modelo de negocio.

Un ejemplo basta para entender la magnitud de este desplazamiento. Cuando una persona acude a un banco y un funcionario le niega un crédito, puede preguntar por qué, puede aportar documentos, puede pedir hablar con un superior, puede argumentar. Existe una conversación posible, aunque sea desigual. Cuando una plataforma le niega ese mismo crédito en cuarenta segundos sobre la base de un puntaje algorítmico, no hay funcionario visible, no hay conversación, no hay argumento. Hay un resultado. Y, lo más revelador, suele no haber siquiera un derecho efectivo a saber por qué. La decisión existe, te afecta, pero ocurrió en un lugar al que no tienes acceso. Esta es, en términos prácticos, la nueva forma del poder: no la prohibición, sino la decisión sin explicación.

Frente a esta realidad, el desafío no consiste en escapar de los sistemas. Eso es imposible y, en muchos casos, indeseable. Dependemos de ellos para movilizarnos, informarnos, trabajar, estudiar, comprar, vender, producir, comunicarnos y participar en la vida pública. La cuestión de fondo es otra: cómo relacionarnos con ellos sin renunciar a nuestra condición de sujetos. Cómo usarlos sin convertirnos apenas en datos administrados por una lógica que no vemos. Cómo aprovechar sus beneficios sin entregarles, la parte más delicada de nuestra libertad: el criterio.

Aquí emerge una idea que merece ser tomada en serio: la alfabetización del siglo XXI ya no consiste solo en saber leer y escribir; consiste en saber leer las arquitecturas invisibles que ordenan nuestras decisiones.

Durante el siglo XX, nadie discutió que un ciudadano necesitaba saber leer un periódico, un contrato o una papeleta electoral para participar plenamente en la vida pública. Ese fue el umbral mínimo de inclusión democrática. En el siglo XXI, ese umbral se desplazó. Ya no basta con leer textos; hay que aprender a leer la lógica de los sistemas que orientan nuestras decisiones cotidianas. No se trata de programar, ni de volverse experto técnico, ni de aprender la jerga de moda para repetirla en reuniones. Se trata de algo mucho más accesible y, a la vez, más profundo: desarrollar una postura mental frente a la tecnología.

Esa postura empieza con preguntas simples, pero incómodas. ¿Quién diseñó este sistema y qué espera obtener de mí? ¿Qué datos está usando para clasificarme? ¿Qué está optimizando realmente: mi bienestar, mi atención, mi gasto, mi tiempo, mi permanencia en la pantalla? ¿Qué decisión sobre mí está tomando este sistema en este momento y qué posibilidad tengo de entenderla, discutirla o corregirla?

No son preguntas técnicas. Son preguntas civiles. Son el equivalente, en otra época, de preguntarle a un funcionario por qué firma un decreto, a un banco por qué niega un crédito, a un comerciante por qué subió un precio o a un medio por qué instala una agenda. Lo que cambió no es la naturaleza de la pregunta, sino el interlocutor. Ya no siempre es una persona. Muchas veces es un sistema. Y los sistemas, a diferencia de las personas, no responden a menos que aprendamos a interrogarlos.

Adoptar esta alfabetización no convierte al ciudadano en escéptico permanente ni en enemigo de la tecnología. Lo convierte en sujeto. Esa diferencia es fundamental. No se trata de mirar cada herramienta con sospecha, sino de dejar de recibir cada resultado como si fuera una verdad neutra. Una recomendación no es una orden. Un puntaje no es una sentencia. Una tendencia no equivale necesariamente a conversación pública. Un precio personalizado no es siempre el precio de mercado. Un resultado de búsqueda no es el mapa completo de la realidad.

La recuperación del criterio empieza ahí, en una zona pequeña pero decisiva: en la capacidad de hacer una pausa entre el estímulo y la obediencia. No siempre podremos conocer la arquitectura completa de un sistema, ni controlar sus modelos, ni acceder a sus criterios internos. Pero sí podemos dejar de comportarnos como si todo resultado digital viniera revestido de objetividad. Podemos comparar fuentes, pedir explicación, buscar otras rutas, desconfiar de la comodidad excesiva, preguntarnos quién gana cuando nosotros dejamos de preguntar.

Ninguno de estos gestos requiere conocimientos técnicos avanzados. Requieren, eso sí, una decisión interior previa: la de no entregar la propia inteligencia al sistema que la procesa.

Hay aquí, además, otra dimensión que conviene nombrar. Esta alfabetización no es solo defensiva ni meramente individual; es la base de cualquier ciudadanía digital posible. Una sociedad cuyos integrantes no comprenden los sistemas que la organizan no puede deliberar sobre ellos, no puede regularlos con criterio, no puede exigir transparencia sobre algo que ni siquiera ve. La conversación pública sobre inteligencia artificial, datos, plataformas y poder seguirá siendo una conversación entre especialistas mientras la mayoría carezca del lenguaje mínimo para participar.

Y un debate sin ciudadanos es, por definición, un debate sin democracia. Ese esfuerzo no corresponde solo a las escuelas o a las universidades. Involucra a las empresas, a los medios y a las instituciones públicas.

Por eso, la alfabetización digital no debería ser un lujo para especialistas, sino una nueva forma de educación cívica, que nos ayude a recuperar una forma de soberanía más básica: saber cuándo estamos usando un sistema y cuándo el sistema nos está usando a nosotros. Esa alfabetización empieza en un gesto mínimo, casi íntimo: tomar el teléfono un lunes cualquiera, mirar la pantalla y preguntarte, aunque sea por unos segundos: ¿quién manda aquí?

Mireya Rodríguez, PhD
Experta en gobernanza ética y transformación digital
CEO de VORTEX AI SOLUTIONS S.A. de C.V.

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