Los hábitos de conexión continua han cambiado nuestra precepción del tiempo y nos hemos vuelto impacientes.
Los hábitos de conexión continua han cambiado nuestra precepción del tiempo y nos hemos vuelto impacientes.
Cada vez nos cuesta más estar quietos, no solo física sino también mentalmente. Cada momento parece necesitar una pantalla, un video, una noticia. Los viajes ya no son para conocer lugares, sino para vivir experiencias. Tener una pausa, tomar aire en la actividad cotidiana, nos es cada vez más difícil.
A partir de varios documentales y videos populares en Internet, nos han convencido que el bien más preciado para los que manejan los hilos de la red es nuestra atención. Sin embargo, visto lo que se ve, más bien parece que el recurso más escaso ya no es el tiempo, ni la necesaria atención para concentrarse en algo, para enfocarse, sino, el silencio.
La tecnología, que entró en escena con la pretensión de librarnos de las cadenas del aburrimiento, ahora nos aburre. Y por eso saltamos de pantalla en pantalla, de video en video, de canción en canción, de noticia en noticia, de serie en serie… y todo visto en velocidad x2 o más, pues el tedio nos invade.
Estamos sujetos a lo que alguien ha llamado la prisa digital. El silencio se ha convertido en un ruido que debe ser acallado, y cuando aparece echamos mano del teléfono, revisamos las redes sociales, abrimos un juego, vemos música (sí, vemos, pues ya no nos conformamos con oír y necesitamos los videos para redondear la experiencia).
Los hábitos de conexión continua han cambiado nuestra precepción del tiempo y nos hemos vuelto impacientes. De la misma manera que la plena disponibilidad de cualquier información, o dato, o simple novelería, ha introducido una manera plana, «desjerarquizada» de valorar todo.
Nos pasa como el que cava para salir de un hueco. Cuanta más tierra saca, más honda hace su prisión: queriendo escapar del ocio, del aburrimiento -por medio del recurso a lo que nos ofrece la tecnología digital- alimentamos la necesidad de más novedades, y así, «hasta el infinito y más allá».
Estamos tan «ocupados» acumulando experiencias que no tenemos tiempo ni de ordenar, ni de paladear lo que nos pasa.
Quizá estamos entusiasmados con propósitos de nuevo año… pero, dicho lo dicho, ¿no será que nos podríamos proponer hacer menos en lugar de hacer más? Dice el adagio clásico «non multa sed multum», que significa que lo mejor es no abocarse a muchas cosas, sino especializarse, ser capaces de tener mucho de poco, y no poco de mucho.
Necesitamos ratos de ocio. Sobre todo, cuando uno considera que el ocio y el trabajo intelectual son interdependientes; pues el trabajo intelectual -que implica razonamiento y resolución de problemas- se potencia con el ocio que permite el descanso mental, la creatividad y la reflexión profunda, desconectando de la utilidad, para cultivar el pensamiento y el bienestar, como entendían los griegos, para quienes el ocio era la base de la vida intelectual.
El ocio activo y contemplativo recarga la mente, favoreciendo nuevas ideas y una mayor productividad,mientras que un enfoque excesivo en el trabajo utilitario limita la capacidad no solo de «pensar distinto», sino, simplemente, de pensar.
Esa es la tesis principal de un libro ya clásico,escrito por Josef Pieper hace más de sesenta años, titulado, precisamente «El ocio y la vida intelectual».
Necesitamos silencio. Una condición que más que ausencia de sonidos viene a ser una forma de la mente que permite que ordenemos nuestras experiencias, descubramos novedades y se potencie la creatividad.
Tal vez la productividad humana más profunda no venga de la mano de la conectividad, del trabajo frenético o de las experiencias digitales ininterrumpidas, sino del silencio, del ocio, de la serenidad que abren la posibilidad para que cada persona sea un generador de novedades, un aglutinador de las experiencias compartidas con los más próximos, alguien con capacidad no solo de hablar y comunicar, sino más importante, con potencialidad para escuchar.
Ingeniero/@carlosmayorare
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