Cuando Estados Unidos anota en un Mundial, no solo celebra una selección nacional. También celebran millones de familias latinoamericanas que han construido una vida entre dos países
Cuando Estados Unidos anota en un Mundial, no solo celebra una selección nacional. También celebran millones de familias latinoamericanas que han construido una vida entre dos países
La imagen se repite en miles de hogares latinoamericanos. Estados Unidos anota un gol en el Mundial y, de manera casi automática, muchas familias salvadoreñas, guatemaltecas, hondureñas o mexicanas celebran. Algunos incluso se levantan del sofá y gritan el gol con la misma emoción con la que apoyarían a su selección nacional. Para algunos observadores esto puede parecer extraño. ¿Por qué un salvadoreño habría de alegrarse por una victoria estadounidense?
La respuesta no está únicamente en el fútbol. Está en la historia de millones de familias.
El Mundial de Fútbol tiene la capacidad de despertar identidades, emociones y sentimientos de pertenencia. Pero en el caso de Estados Unidos y América Latina existe un vínculo especial construido durante décadas de migración. Para millones de centroamericanos, Estados Unidos no es un país lejano. Es el lugar donde viven sus hijos, sus hermanos, sus padres o sus amigos.
Cuando la selección estadounidense saltó al campo para inaugurar su participación mundialista y mostró un fútbol dinámico frente a Paraguay, muchos latinos no estaban observando únicamente a once jugadores. Estaban viendo también una parte de su propia historia familiar.
En el caso de El Salvador, la relación es aún más profunda. Cerca de una tercera parte de los salvadoreños reside fuera del país y la inmensa mayoría se encuentra en Estados Unidos. Son familias que encontraron oportunidades laborales, estabilidad económica y posibilidades de desarrollo que en muchos casos no existían en sus lugares de origen.
Las remesas enviadas desde Estados Unidos han transformado comunidades enteras. Han permitido construir viviendas, financiar estudios universitarios, abrir pequeños negocios y mejorar las condiciones de vida de millones de personas. Detrás de cada transferencia económica existe una historia de esfuerzo, sacrificio y esperanza.
Por eso, cuando Estados Unidos gana un partido, muchas familias sienten que también celebra una parte de ellas mismas.
No se trata de renunciar a la identidad nacional ni de sustituir el amor por la selección propia. Se trata de reconocer una realidad humana. Miles de jóvenes nacidos de padres salvadoreños hoy visten la camiseta estadounidense. Muchos hablan inglés y español, celebran el Día de Acción de Gracias y también las fiestas patronales de sus municipios de origen. Son ciudadanos de dos mundos.
Además, para muchas familias migrantes, Estados Unidos representó refugio en momentos difíciles. Durante conflictos armados, crisis económicas y emergencias humanitarias, miles de personas encontraron protección, oportunidades de trabajo y posibilidades de reconstruir sus vidas. Esa memoria colectiva sigue viva.
Por supuesto, las relaciones entre gobiernos pueden atravesar momentos complejos. Existen diferencias políticas, debates migratorios y decisiones que generan tensiones. Sin embargo, los vínculos entre los pueblos suelen ser más fuertes que las coyunturas políticas.
Quizás por eso el fútbol ofrece una lección interesante. Mientras los gobiernos discuten políticas, millones de personas comparten emociones comunes frente a una pantalla. Un gol se convierte en un puente invisible que conecta barrios de San Salvador, Los Ángeles, Houston, Washington o Nueva York.
Cuando Estados Unidos anota en un Mundial, no solo celebra una selección nacional. También celebran millones de familias latinoamericanas que han construido una vida entre dos países. Familias que entienden que las fronteras existen en los mapas, pero que los afectos, los sueños y las historias compartidas muchas veces las superan.
Y tal vez esa sea la verdadera razón por la que muchos latinos saltan de alegría cuando Estados Unidos gana un partido: porque, de alguna manera, sienten que también está ganando una parte de su propia familia.
Cesar Ríos
Director AAMES Asociación Agenda Migrante El Salvador
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