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Nunca subestimes a un adulto mayor con voto

Tal vez la lección más incómoda sea que la soberbia moviliza. Cuando una campaña desprecia la edad de un candidato, puede despertar el orgullo de quienes comparten sus canas.

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

Hay elecciones que gana un candidato y otras que pierde su adversario con admirable disciplina. La victoria de Lula parece pertenecer a la segunda categoría. Llegó al balotaje después de perder la primera vuelta por 2.2 millones de votos y terminó ganando por más de 4.4 millones. Una remontada así exige una buena campaña propia, pero también una oposición generosa, de esas que entregan errores como si repartieran volantes.

Todavía es pronto para atribuir el resultado a una sola causa. Las elecciones no son sopas instantáneas: no se les agrega agua, se revuelven tres minutos y aparece una explicación. Pesaron la memoria de los primeros gobiernos de Lula, las políticas sociales, el miedo al apellido Bolsonaro, la movilización digital y la caída de la abstención. Sin embargo, dos decisiones de la derecha merecen un lugar especial en el museo de los autogoles: burlarse de la edad de Lula e invitar a Javier Milei a comportarse como elector brasileño con residencia en Buenos Aires.

Flávio Bolsonaro comparó a Lula con un Opala viejo que “ya no lleva a ninguna parte”. La intención era sencilla: presentar a un hombre de 80 años como una máquina vencida, ruidosa y costosa. El problema fue olvidar que Brasil tiene más de 37 millones de electores mayores de 60 años y 17.2 millones mayores de 70, precisamente quienes pueden votar aunque ya no estén obligados a hacerlo.

Decirle viejo a Lula no afectaba únicamente a Lula. También hablaba de millones de personas que llevan años escuchando que ya no producen, no entienden la tecnología, estorban en las filas y deberían retirarse silenciosamente de la vida pública. La campaña creyó que ridiculizaba a un candidato; pudo haber recordado a toda una generación cómo la mira cierta política: como un automóvil destinado al deshuesadero.

Antes de la segunda vuelta, Lula ya aventajaba a Bolsonaro entre los votantes mayores. Además, comenzaron a circular imágenes de hijos y nietos acompañando, empujando sillas de ruedas e incluso cargando personas hasta los centros de votación. No existen todavía datos definitivos para afirmar cuántos de esos votos explicaron la remontada. Sí sabemos que la abstención nacional bajó del 21.08% al 19.2% y que tres millones más de personas acudieron a las urnas.

En una elección cerrada, insultar al grupo que más necesita razones para salir de casa parece una estrategia innovadora. Quizá demasiado innovadora.

Entonces apareció Milei. El presidente argentino insinuó que Lula podía robarse la elección, atacó al sistema electoral brasileño y lo llamó autoritario. Posiblemente creyó que estaba ayudando a sus aliados ideológicos. En realidad, ofreció al oficialismo un regalo envuelto en nacionalismo: un mandatario extranjero diciéndoles a los brasileños que sus instituciones no eran confiables y sugiriéndoles por quién debían votar.

La derecha suele denunciar con entusiasmo cualquier injerencia extranjera, salvo cuando el extranjero grita exactamente lo que ella piensa. Pero la soberanía no debería funcionar como las promociones: válida únicamente para clientes afiliados. Milei convirtió una disputa entre brasileños en una ocasión para defender a Brasil frente al vecino que llegó sin invitación a revisar las urnas.

El resultado tampoco debe romantizarse. Lula ganó con 51.79%, frente al 48.21% de Flávio Bolsonaro. Brasil continúa dividido casi por la mitad. No recibió un cheque en blanco ni una absolución general de sus errores. Recibió otra oportunidad, en buena medida, porque millones de votantes consideraron más peligroso el proyecto que tenía enfrente.

Tal vez la lección más incómoda sea que la soberbia moviliza. Cuando una campaña desprecia la edad de un candidato, puede despertar el orgullo de quienes comparten sus canas. Cuando un presidente extranjero insulta la democracia de otro país, puede convertir una preferencia electoral en un acto de defensa nacional. Y cuando la derecha confunde agresividad con inteligencia estratégica, termina haciendo por Lula lo que quizá su propia campaña no habría conseguido sola.

Flávio Bolsonaro quiso convertir la edad de Lula en fecha de vencimiento. Milei quiso convertir la elección brasileña en otro episodio de su programa personal. Entre ambos pudieron haber logrado algo distinto: que millones recordaran que todavía tienen memoria, voto y piernas, propias o prestadas, para llegar hasta una urna.

La derecha quería jubilar a Lula. Terminó organizándole la fiesta de reelección.

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