Light
Dark

¡¡¡No miren arriba!!!

El 4 de febrero debería ser un día incómodo para quienes toman decisiones. Un día para rendir cuentas. Un día para preguntarnos por qué seguimos llegando tarde, por qué seguimos improvisando y por qué seguimos tratando al cáncer como un problema secundario cuando es una emergencia nacional silenciosa.

No miren arriba es una película protagonizada por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence que expone una verdad incómoda: cuando la ciencia incomoda, la sociedad prefiere ignorarla. Dos astrónomos descubren un cometa que destruirá la Tierra. Las pruebas son claras, los cálculos irrefutables. Sin embargo, gobiernos, medios y ciudadanos optan por el espectáculo, la negación y la trivialidad. El final es predecible: la catástrofe no ocurre por ignorancia científica, sino por irresponsabilidad política y social.


Esa misma lógica opera hoy frente al cáncer, y en El Salvador lo hace con una crudeza alarmante. Cada 4 de febrero, Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer, abundan los mensajes simbólicos, pero escasean las decisiones estructurales. Se conmemora mucho y se actúa poco.


La oncología ha demostrado que cuando se apuesta por la ciencia, los resultados llegan. El hallazgo de la relación entre el virus del papiloma humano y el cáncer de cuello uterino cambió la prevención a nivel mundial. La inmunohistoquímica transformó el diagnóstico oncológico y permitió tratamientos más eficaces. Más recientemente, la investigación del doctor Mariano Barbacid en España logró eliminar células de cáncer de páncreas en modelos animales, un avance extraordinario frente a uno de los cánceres más letales y dolorosos que conocemos.
Pero, fieles al guion de No miren arriba, parte de la opinión pública decidió concentrarse en una mancha vascular en su rostro, un hemangioma sin ninguna relevancia médica, en lugar de valorar el avance científico. Se ridiculiza al investigador mientras se ignora la magnitud del hallazgo. Se ataca la forma y se desprecia el fondo. Esa actitud no es solo frívola: es profundamente dañina.


En El Salvador, esta falta de respeto por la ciencia se traduce en abandono institucional. No contamos con registros nacionales robustos de cáncer. No existe una política nacional integral que articule prevención, diagnóstico temprano, tratamiento y cuidados paliativos. Los servicios oncológicos son insuficientes, fragmentados y, en muchos casos, tardíos. Los pacientes esperan meses para un diagnóstico, enfrentan interrupciones en sus tratamientos y reciben una atención que con frecuencia no es resolutiva.


Esto no es una percepción: es una realidad diaria en los hospitales públicos. Y sus consecuencias son claras: enfermedad avanzada, menor supervivencia, mayor sufrimiento y costos sanitarios cada vez más altos. La inacción no solo mata; también empobrece al sistema de salud y a las familias salvadoreñas.


No se puede seguir hablando de lucha contra el cáncer sin presupuesto, sin planificación y sin datos. No se puede seguir trasladando la responsabilidad al personal de salud mientras se carece de decisiones políticas firmes. Y no se puede seguir ignorando la evidencia científica sin asumir las consecuencias.


El 4 de febrero debería ser un día incómodo para quienes toman decisiones. Un día para rendir cuentas. Un día para preguntarnos por qué seguimos llegando tarde, por qué seguimos improvisando y por qué seguimos tratando al cáncer como un problema secundario cuando es una emergencia nacional silenciosa.


No miremos abajo. No miremos a otro lado. Y, sobre todo, no sigamos fingiendo que no vemos el cometa. Porque el cáncer ya está aquí, avanza cada día y no espera discursos vacíos.

Ginecólogo Oncólogo
Tesorero, Colegio Médico de El Salvador

Patrocinado por Taboola