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«No hay ilegales en tierras robadas»: Billie Eilish

La escena de los Grammy no fue un gesto aislado. Fue un síntoma. Un recordatorio de que la defensa de la dignidad humana no espera a que se aprueben presupuestos ni a que se negocien resoluciones. Cuando las instituciones se demoran, la conciencia colectiva busca otros micrófonos.

La frase retumbó más allá del espectáculo. Desde el escenario de los Premios Grammy, una de las artistas más influyentes del momento, Billie Eilish, pronunció palabras que incomodan al poder: «No hay personas ilegales en tierras robadas». No fue solo una consigna; fue una toma de posición política en defensa de la dignidad migrante, lanzada en horario estelar ante millones de espectadores.

Que un evento musical se convierta en tribuna política no es casualidad. Ocurre cuando los canales institucionales no están respondiendo con la urgencia que exige la realidad. Y esa es, precisamente, la discusión de fondo: la brecha entre la velocidad de las crisis migratorias y la lentitud del sistema multilateral.

Hoy, organismos como las Naciones Unidas y espacios regionales como la CEPAL atraviesan un momento de redefinición. La reducción de financiamiento, la presión política de gobiernos que desconfían del enfoque de derechos y el desgaste del consenso internacional han debilitado su capacidad de reacción. Pero la pregunta que se abre no es solo presupuestaria: ¿estamos ante una crisis de recursos o ante una crisis de voluntad global para defender los derechos humanos?

Mientras estas instituciones se reacomodan, debaten mandatos y ajustan estructuras, la realidad no se detiene. Las deportaciones continúan, las fronteras se militarizan y el discurso que criminaliza la movilidad humana gana espacio en la arena política. A esta línea de pensamiento algunos la han bautizado —con evidente carga simbólica— como una versión contemporánea de la Doctrina Monroe, hoy reinterpretada en clave de control hemisférico y soberanía cerrada.

En ese vacío de liderazgo moral es donde emergen otros actores. Comunidades migrantes en ciudades de Estados Unidos se están organizando para brindar asesoría legal, redes de protección y acompañamiento ante redadas y procesos de deportación. Iglesias, colectivos de base y gobiernos locales adoptan posturas más humanas que muchos Estados nacionales. Y ahora también lo hacen los artistas.

Cuando una figura cultural usa un escenario global para cuestionar la narrativa de la «ilegalidad», está disputando el sentido común dominante. Está recordando que la migración no es un delito, sino una consecuencia de desigualdades históricas, conflictos, crisis climáticas y modelos económicos excluyentes. En otras palabras, la sociedad civil está ocupando el espacio ético que el multilateralismo aún no logra recuperar con suficiente firmeza.

Esto no significa que las instituciones internacionales hayan perdido relevancia definitiva. Significa que enfrentan un desafío existencial: reconectar con las personas, hablar con claridad frente a las violaciones de derechos y actuar con mayor agilidad política. Si no lo hacen, su legitimidad seguirá desplazándose hacia actores no estatales que, aunque carecen de mandato formal, sí están respondiendo al pulso social.

La escena de los Grammy no fue un gesto aislado. Fue un síntoma. Un recordatorio de que la defensa de la dignidad humana no espera a que se aprueben presupuestos ni a que se negocien resoluciones. Cuando las instituciones se demoran, la conciencia colectiva busca otros micrófonos.

Y ese debería ser, justamente, el llamado de atención para el sistema multilateral: el mundo no se está quedando en silencio. Está hablando desde otros escenarios.

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