Los actores políticos recurren al pasado para encontrar símbolos y argumentos que apoyen una agenda política del presente
Los actores políticos recurren al pasado para encontrar símbolos y argumentos que apoyen una agenda política del presente

Los historiadores somos escépticos y suspicaces respecto a la conmemoración de efemérides como independencias, batallas y revoluciones. La misma actitud tenemos cuando, desde los poderes constituidos se rinde homenaje a algún personaje del pasado. A menudo, estos actos dicen más de los homenajeantes (me tomo la libertad de introducir el vocablo) que de los homenajeados. En esa clave, analizo los recientes “homenajes” a Francisco Morazán en el centro histórico de San Salvador.
Al margen de las circunstancias de su azarosa vida, para muchos Francisco Morazán simboliza el anhelo utópico de una Centroamérica unida, en paz y en progreso. Dedicó buena parte de su vida a la realización de ese ideal, pero al perseguirlo también atizó las llamas de la discordia y la guerra. Después de su última derrota, llegó a Costa Rica, donde fue bien acogido al principio. Pero terminó fusilado. Legó sus restos a El Salvador, donde tenía ardientes seguidores, pero también muchos enemigos.
En 1849, Costa Rica entregó los restos a El Salvador. Deambularon por varios lugares. Por unos años estuvo sepultado en Santa Ana, donde se le tributaron sentidos homenajes. En 1851 fueron trasladados a Mexicanos “por la amenaza de Carrera de tomar la ciudad heroica”.
Cuando Gerardo Barrios llegó al poder dispuso inhumar los restos de Morazán con la debida solemnidad. La Gaceta del Salvador publicó el programa de tres días. Para entonces los restos estaban en Cojutepeque, y desde allí fueron trasladados a la capital el día 14. El batallón que los transportaba fue recibido en la Garita con una salva de artillería; el presidente Barrios salió a encontrarlos hasta la iglesia de Concepción, saludándolos con una salva de 21 cañonazos. Las reliquias de Morazán eran transportadas en un carruaje negro tirado por dos caballos blancos enjaezados de negro, conducido por el coronel Chica y escoltado por cuatro jefes militares que sirvieron bajo las órdenes del difunto General (Gaceta del Salvador, 11/09/1858).
Ese día se exhumaron los restos de María Josefa Lastiri, esposa de Morazán, que estaban en la Iglesia del Calvario y fueron llevados a la Iglesia de Concepción a la espera de los del caudillo. El día 16 las urnas fueron llevadas a la Catedral, donde el obispo ofició una misa. En la Basílica se construyó una pira, en cuyo centro se depositaron las urnas. «Trofeos militares rodeaban el catafalco, en el que lucía el uniforme del Gral. Morazán, su espada de soldado y su bastón de autoridad suprema. El pabellón nacional ocupaba allí un lugar preferente, enrollado y con la corbata de luto conforme a ordenanza» (Gaceta del Salvador 21/09/1858). Seguramente Barrios guardaba en su memoria las imágenes de ceremonias parecidas que había visto en sus viajes por Europa y, aficionado a la fastuosidad como era, aprovechó esta ocasión para recrearlas.
El día 16 la bandera nacional estuvo a media asta y se disparó un cañonazo cada hora. La misa, oficiada por el obispo, tuvo lugar a las nueve de la mañana. El 17, al celebrarse la inhumación en el Cementerio General, el batallón de honor hizo tres descargas y se dejaron oír 21 cañonazos.
Todas las actividades fueron públicas; obviamente con participación de tropas y con Barrios como protagonista. Ciertamente que Barrios era morazanista probado y a lo mejor creía en el credo unionista. Pero es claro que los homenajes tenían un interés político: presentarse como heredero del unionismo y de ese modo fortalecer su capital político. Paradójicamente, la utopía unionista lo llevó a la guerra en 1863 y determinó su caída del gobierno. Hay ideales que funcionan mejor como tales.
En historia, lo hecho por Barrios se califica como “uso político del pasado”. Esto es que los actores políticos recurren al pasado para encontrar símbolos y argumentos que apoyen una agenda política del presente. En esos homenajes había mucho de necrofilia (veneración al muerto), pero también había algo de necrofagia, en tanto que, homenajeando a Morazán, Barrios alimentaba simbólicamente sus proyectos políticos. Unos años después, Barrios pasó de las acciones simbólicas a los hechos, y aliado con el hondureño Victoriano Castellanos y el nicaragüense Máximo Jerez, intentó la reunificación de Centroamérica, lo que lo llevó a enfrentarse con Rafael Carrera, conflicto que determinó la guerra de 1863 y que perdió.
Morazán sufrió los efectos de esa guerra. En 1863, las fuerzas de Rafael Carrera y sus aliados locales invadieron El Salvador y sitiaron San Salvador. En cierto momento las líneas de fuego llegaron al cementerio, los defensores se replegaron y el espacio fue ocupado por los guatemaltecos. Un soldado guatemalteco, al parecer borracho, profanó el mausoleo de Morazán, tiró los restos y en su lugar puso los de un caballo. La notició corrió por las trincheras. Carrera comprendió la magnitud del problema; mando a fusilar al profanador y restituyó la tumba. Nadie verificó lo actuado.
En 1882, el gobierno liberal de Rafael Zaldívar erigió el primer monumento cívico de San Salvador. El homenajeado no fue un salvadoreño, sino Francisco Morazán. La estatua, elaborada por el italiano Francisco Durini, fue colocada frente al Teatro Nacional. Ese año también se remodeló el mausoleo. Asimismo, se inauguró en el Cementerio General un mausoleo dedicado a la memoria de Gerardo Barrios; ahí se depositaron sus restos que hasta entonces habían estado en la iglesia del Calvario.
En lo que sé, desde 1882 no hubo mayores vicisitudes con la tumba de Morazán. El mausoleo fue uno más de los monumentos funerarios del Cementerio de Los Ilustres, no el más llamativo, por cierto. Parecía que el caudillo había alcanzado la paz, aunque eso supusiera cierto grado de olvido, situación en parte entendible, porque se le asoció en demasía con el unionismo. Cuando este perdió fuerza, mejor dicho, cuando se comprobó su inviabilidad, Morazán dejó de ser referente. Su culto se anquilosó.
Pero de repente, a algunos se les ocurrió que había que hacer algo. En la semana anterior al 15 de septiembre los restos fueron sacados del mausoleo de Los Ilustres. La operación de planeó sigilosamente, en las sombras. Todo indicaba que se haría acto público en el marco de la fiesta de la independencia, pero no fue así. El acto se realizó a puerta cerrada, con montajes y escenografías dignos de una serie de Netflix; eso sí en formato mudo, quizá porque el protagonista no tenía nada que decir sobre Morazán.
Al igual que hizo Barrios en 1858, el protagonista principal fue el presidente, una especie de auto celebración magnificente. Muy atrás quedaron las imágenes de Bukele con camiseta y la gorra al revés; hoy viste trajes imperiales y ya se ciñó una espada al cinto. El gesto no es para nada inocente. La ceremonia, trasmitida profusamente vía redes sociales, tiene muy poco que ver con el pasado. Es un acto que apunta sobre todo al presente. Bukele tiene ambiciones políticas regionales; que su nombre se asocie con Morazán, alguna ganancia política le dará. Paradójicamente, a Morazán los “homenajes” lo degradan a ser una simple atracción turística en una ciudad que parece cada vez más un parque de diversiones. La posteridad sigue siendo ingrata con el caudillo.
Terminaba este artículo cuando el diputado Cristhian Guevara publicó en X un texto tan profundo que seguro agotó sus neuronas. Preguntaba a los “doctos de la historia” cuál era el problema con Morazán, si Francia llevó a Bonaparte a Los inválidos y Chávez hizo lo mismo con Bolívar. Entonces por qué se critica lo realizado por Bukele con Morazán. Quizá sin darse cuenta, él mismo dio la respuesta: “Parece que el problema no es trasladar los restos de un prócer, sino quién construyó el mausoleo”. Genial, diputado. Esa es la cuestión. Solo agrego, porque no es acto inocente, es políticamente calculado. Si leyera este artículo entendería lo que inconscientemente descubrió.
Historiador, Universidad de El Salvador
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