Ya lo decía Platón, en la República: «No se cambian nunca los modos musicales sin que cambien al mismo tiempo las más importantes leyes del Estado». Una sabiduría que ha pervivido durante casi veinticinco siglos.
Mientras, en los dorados tiempos que corren, Bad Buny aplica en el show del medio tiempo del Super Bowl (el espectáculo televisivo más visto en el mundo),la misma fórmula. Y no me refiero a las letras, ni al montaje artístico, ni al mensaje de rebeldía/identidad, sino al tipo de música que hubo.
Hay varios estudios que lo corroboran: el talante y la calidad de la música popular contemporánea tienefines políticos. Sencillamente por la simpleza casi plana de su ejecución, que despierta sentimientos y rebeldías en quien la escucha, sí; pero no de la manera en que podría pensarse: creando espíritu de cuerpo, despertando sentimientos e ideales, haciendo tribu… no. Sino poniendo en off la capacidad crítica, narcotizando el pensamiento y categorizando todo a partir de la emoción.
La música popular de nuestros días ya no se escucha con la inteligencia (inteligencia musical) sino con todo el cuerpo, ese que recibe el impacto directo de la vibración profunda de los bajos y de la percusión. Un ritmo que se ha vuelto marca de identidad de cualquier «música» que pretenda triunfar en las listas de popularidad.
No hace falta ser melómano para identificar el cambio radical que todo ha tenido en los últimos años. Bastante de lo de hoy, dice un autor «no es música, sino un producto neuroquímico diseñado para una mente que ha renunciado a la profundidad». No estamos, dice, (parafraseo) ante un simple cambio de gustos generacionales, sino ante una involución cognitiva planificada y ejecutada por quienes desean simplemente vender. Y, a través del consumo, manipular.
La complejidad armónica ha sido sustituida por el bucle infinito de los mismos ritmos, vertebrando una música más simple, ruidosa, y muy pero muy pobre en vocabulario. Todo suena fuerte y plano, un modo de sonido ideal para ser procesado por un cerebro en estado de pasividad, o, en el mejor de los casos, con capacidad de atención que no supera (como se ha comprobado por medio de investigaciones) los quince segundos de concentración.
El mismo autor detalla: la música pop actual no es música para ser saboreada, sino para ser una especie de dosis de glucosa digital, un «alimento» que llena el momento y nos deja desnutridos, que obliga a entrar en la búsqueda de la repetición incesante, de perenne estimulación cada vez más estridente. Eso sí, en cortos espacios de tiempo, pues todo lo que se alargue un poco por encima de la capacidad actual de escucha es inmediatamente «scroleado».
Lo advirtió Theodor Adorno cuando señalaba que la música funcionaría como una especie de cemento social que conservaría a las personas en el lugar en que quieren mantenerlas quienes desean manipular(¿hay algo más político que esto?). Adorno hablaba de pseudo eventualidad, una especie de ilusión de novedad, cuando en realidad solo se escucha la misma estructura de cuatro acordes repetida cada vez bajo un nuevo disfraz de marketing.
Cuando el pensamiento crítico declina es prácticamente imposible que haya pensamiento abstracto; un fenómeno que, en último término, es la muerte del pensar como tal. Cuando el oído se acostumbra a lo fácil, el alma también se acomoda.
Quien por simple pereza mental acepta cancioneschatarra, terminará admitiendo cualquier totalitarismo estructurado sobre la incapacidad de muchos, cuyo mecanismo de filtro y discernimiento de las ideas ha sido desactivado por ese entretenimiento constante de nula profundidad del que venimos hablando.
Música y política… al final no están tan lejos una de otra como podría parecer; su relación es bastante más intrincada que el simple vehículo de letras disruptivas o mensajes revolucionarios. Ya lo decía Platón…
Ingeniero/@carlosmayorare