Por eso, mi mayor deseo para 2026 es que el mundo regrese a fomentar y apoyar a la familia
Por eso, mi mayor deseo para 2026 es que el mundo regrese a fomentar y apoyar a la familia
Iniciamos un año que, con fe y esperanza en Dios, deseamos que sea bueno para todos. Y que no olvidemos dar gracias por las experiencias que nos dejó 2025, muchas de ellas felices y otras tal vez amargas, pero ahora convertidas en lecciones, todas dignas de atesorarse.
Para mí, una de las fechas más importantes de todos los años, es el domingo que sucede entre el 24 y el 31 de diciembre, domingo en el que, litúrgicamente, la Iglesia Católica celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Ya de por sí, eso es más que suficiente para explicar su enorme importancia. Y, sin duda, esa importancia crece a medida que pasa el tiempo y el concepto de “familia” va diluyéndose por el modernismo, que ensalza el individualismo y la autonomía como bienes supremos, haciendo creer a la juventud que la felicidad reside en no tener compromisos ni ataduras que coarten su pretendida libertad.
Porque sí, “familia” significa tener ataduras, y no solamente porque existan lazos de sangre; también porque, por amor a los nuestros, sacrificamos muchos de nuestros propios gustos, o lo que quisiéramos hacer en determinada ocasión, y lo posponemos para acompañar a nuestros familiares en los momentos más significativos para ellos, y, especialmente, en los más duros y de dolor. Porque esas ataduras no pesan, no lastiman, no esclavizan. Esas ataduras nos ayudan a mantenernos donde debemos estar, dentro de aquellos cimientos levantados con los valores familiares que hemos recibido desde la cuna y que, al ir formando nuestras propias familias, vamos trasladando de generación en generación.
Y sentirnos abrazados por esos lazos, los de sangre y los de los valores familiares, son situaciones maravillosas que no admiten comparación. Personalmente lo he comprobado al tener la oportunidad de reunirnos con nuestros familiares que, desde hace muchísimo tiempo, viven en Panamá y en Italia. Los momentos de esos reencuentros, como dice un anuncio, ¡no tienen precio! Y no digamos recibir un beso de alguno de los bisnietos, que aunque viviendo lejos, nos reciben como si nos viéramos a diario. Hasta sus mascotas nos muestran un cariño muy especial. Y las reuniones y conversaciones con nuestros primos, recordando miles de momentos compartidos y redescubriendo otros que habíamos olvidado.
Y, la mayor felicidad, ver los hogares que han formado nuestros hijos, cuyos maravillosos cónyuges son otros hijos con que Dios nos ha bendecido, trayendo al mundo unos nietos que nos llenan de amor y orgullo, porque cada uno de ellos se ha convertido en un ser humano de la máxima calidad.
Todo lo anterior, sólo se vive teniendo una familia, eso que el modernismo está queriendo liquidar, fomentando la idea de que el matrimonio es esclavitud y que los hijos son unos lastres que se deben evitar. Por eso, tantos jóvenes con brillantes futuros profesionales están tronchando, sin darse cuenta, lo que sería su mayor éxito en sus vidas: construir una buena familia, unida y llena de amor. Es más cómodo tener relaciones sin ataduras ni consecuencias y mascotas en lugar de hijos, pero a la larga, todo eso se convertirá en vacío.
Por eso, mi mayor deseo para 2026 es que el mundo regrese a fomentar y apoyar a la familia, y que, por la gracia de Dios, cada familia emule a la Familia de Nazaret.
¡Feliz 2026, El Salvador!
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