Últimamente palabras como democracia, libertad, ley, derecho, justicia, dictador, soberanía, seguridad de estado, y otras más que podrían añadirse al listado; propaganda mediante se han convertido en piezas deuna especie de juego de birlibirloque: ese que permite componer frases con sentido a medida se pueden superponer en uno u otro orden, formando bonitos enunciados con contenidos bastante alejados de la vida real.
Visto por encima, el asunto no pasaría de lo anecdótico, pero cuando uno mira lo que está pasando en la vida real, principalmente en el panorama geo político mundial, acciones como la guerra de cuatro años en Ucrania o la extracción por la fuerza del presidente de Venezuela (si, ya sé, habrá alguien que me dirá que no era “presidente”, pero eso no haría más que reforzar el punto que pretendo mostrar), el tema toma un cariz más que preocupante.
Una analista ha escrito que “ni el gobierno de Maduro era una democracia, ni la acción del gobierno de Trump en Venezuela ha sido una liberación”. Y no le falta razón. Leyéndola me ha venido a la mente aquél «¡Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!», pronunciado por Madame Roland -figura clave de la Revolución Francesa-, justo antes de ser guillotinada en 1793.
Una exclamación que subraya la contradicción entre los ideales revolucionarios y los actos brutales cometidos bajo su bandera, durante los amargos años de la revolución francesa, y que hoy día se utiliza para criticar abusos de poder en nombre de cualquier causa noble.
Lo cierto es que ningún Estado, o imperio si prefiere el término el lector, tal como lo demuestra la historia, se ha movido en el teatro internacional si no es por sus intereses (comerciales, pero también militares o ideológicos). La situación es tan enredada, que cada vez más lo que se ha llamado “poder blando” se ha ido convirtiendo en puro y duro intervencionismo, sino en agresión descarada.
Es verdad que Venezuela tiene una larga historia de corrupción gubernamental y manipulación de las leyes, torciéndolas en beneficio de los que han gobernado; convirtiendo la democracia misma en excusa para atornillarse en el poder con la tranquilidad de quien se bebe un vaso de agua… como también es cierto que alguno de los que aplauden la acción del gobierno de Trump en contra de Maduro, difícilmente estaría dispuesto a pasar por lo mismo en su propio país.
Aunque, para decirlo todo, si te atacan con más de ciento cincuenta aeronaves simultáneamente, te anulan toda posibilidad real de defensa y conocen mejor que tu misma gente los intríngulis de las instancias de poder en tu país… de poco servirá cualquier pataleta democrática contra una capacidad bélica tal.
En estos tiempos de medias verdades, fake news (que perviven en la propaganda, aunque el término haya pasado en cierta manera de moda), inteligencia artificial y cortísima memoria del público; pensar, contrastar, investigar, dudar, contar con principios propios sólidos y bien fundamentados, se convierte para cualquiera que desee estar verdaderamente informado, no solo en una necesidad, sino hasta casi en una obligación.
Ya no es de recibo simplemente despotricar contra el villano de turno o ensalzar al héroe del momento, como se usa en el mundo de la información.
Cuando se ven las cosas desde esa perspectiva, uno encuentra cada vez más vigente la famosa frase del senador estadounidense que dijo en los albores de la Primera Guerra Mundial aquello de que “en la guerra, la primera víctima, es siempre la verdad”.
Sin embargo, a la vista de cómo se manejan hoy las cosas y el abrumador cañoneo al que nos vemos sometidos por la propaganda, francamente estaría de acuerdo en cambiar los términos y parafrasear diciendo que “en el mundo de la geopolítica mediada por la propaganda hoy día, la primera víctima es la verdad”.
Ingeniero/@carlosmayorare