¿Por qué? Porque reciben grandes volúmenes de desechos peligrosos, electrónicos y plásticos de países desarrollados
¿Por qué? Porque reciben grandes volúmenes de desechos peligrosos, electrónicos y plásticos de países desarrollados
Lo que viven la India, Bangladesh y Haití —países aceleradores de su propia destrucción frente al cambio climático— es alarmante. En el caso de la India, su posición al borde del precipicio de una crisis climática se debe a una industrialización desmedida y desordenada. Bangladesh sufre la contaminación espeluznante de sus afluentes con plásticos, metales pesados y todo tipo de químicos y venenos provenientes de la industria textil. Estos escenarios dibujan un destino terrorífico que sobrepasa incluso el imaginario apocalíptico.
En América, Haití ha sido arrasada por la deforestación: una nación que carga sobre sus espaldas profundas crisis políticas y sociales, pobreza extrema, está a merced de bandas criminales y atrapada en una circularidad perversa e inexplicable del caos.
Bangladesh y la India se han ganado la reputación de ser considerados «los basureros del mundo». ¿Por qué? Porque reciben grandes volúmenes de desechos peligrosos, electrónicos y plásticos provenientes de países desarrollados. A sus puertos arriban buques tóxicos para ser desguazados: Bangladesh, India y Pakistán manejan cerca del 80 % del desmantelamiento de barcos a nivel mundial. La manipulación y el procesamiento indebido de basura electrónica exponen a la población a metales pesados y químicos altamente perjudiciales.
En Bangladesh, respirar es casi una sentencia de muerte: registra algunas de las peores calidades de aire del planeta. En la India, las tardes se ensombrecen con densas nubes de smog que hacen imposible la visibilidad a corta distancia, producto de la quema de residuos, las emisiones industriales descontroladas y los gases vehiculares.
De los ríos, ni hablar: en estos países se vierten químicos contaminantes como arsénico, mercurio y plomo. Solo en Nueva Delhi, hasta marzo de 2023, se registraban 79,5 millones de vehículos. Esta situación ha llevado a restricciones periódicas de circulación. En Delhi se incorporan en promedio 963 vehículos diarios.
Uno de los mayores responsables de este macabro «pastel estadístico» de la contaminación son las centrales eléctricas de carbón, junto con la quema de rastrojos agrícolas en estados vecinos como Punjab y Haryana. Es una ciudad tan contaminada que una persona expuesta sin mascarilla puede sentir en pocos minutos el sabor a ceniza en la boca. No hay duda de que la alta contaminación atmosférica reduce la esperanza de vida de la población. El área metropolitana de Delhi concentra casi 34 millones de habitantes.
Sin embargo, la India busca descarbonizar su economía y alcanzar las cero emisiones netas en 2070, implementando estrategias como la expansión masiva de energías renovables, el desarrollo del hidrógeno verde y la eficiencia energética. Un objetivo clave es satisfacer el 50 % de sus necesidades energéticas con fuentes renovables.
¿Y qué hacen los multimillonarios de la India para preservar el medio ambiente? Muchos están invirtiendo fuertemente en energías renovables para diversificar sus imperios industriales y mejorar la sostenibilidad. Entre ellos destaca Mukesh Ambani, el hombre más rico de la India, cuyo conglomerado Reliance Industries lidera la transición hacia la energía solar, aunque persisten críticas por sus inversiones en el sector petrolero.
El transporte sostenible también se perfila como una opción viable para movilizar a la población: el metro de Delhi, por ejemplo, funciona parcialmente con energía solar.
Un caso peculiar es el de Gautam Adani, el segundo hombre más rico de Asia. El Grupo Adani es el mayor importador de carbón de la India y uno de los principales contaminadores, dado que este combustible es considerado altamente sucio. Sin embargo, su división de energías limpias está construyendo una gigantesca central solar y eólica en el estado de Gujarat, al oeste de la India, con una inversión de 20 mil millones de dólares. Será el mayor parque renovable del mundo —cinco veces más grande que París— y proveerá energía a casi 16 millones de hogares. Este es un claro ejemplo de compensación ambiental a gran escala.
¿Qué lección debe aprender El Salvador de estos casos? Atraer inversión a cualquier precio —mediante zonas francas, industrias sucias o agroindustria intensiva— hipoteca el futuro. Lo barato de hoy se paga caro mañana, con enfermedades, agua contaminada y conflictos sociales.
Un país pequeño como el nuestro no puede darse el lujo de perder sus fuentes de agua. La crisis ambiental no es solo verde: es social y económica. La contaminación y el deterioro ambiental pueden detonar conflictos.
Por eso debemos apostar por la economía circular, el biogás y el biometano; una gestión responsable de residuos, energía distribuida y transporte limpio.
Experto en descarbonización y cambio climático
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