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Leyendas/Un viajero se queda sin volar

Desde entonces sé que cada hombre tiene dentro de sí aquella tierra de libertad con la que él soñó durante su vida de pesca-perlas y horizontes

“Árbol, gaviota y estrella, tienen su lugar. El hombre, en cambio, es el único que puede elegir. Elige si te quedas o te vas” -dijo Amado el pescador. “Me quedo -respondí. Pintaré el velero antes de partir.” Así, bajo el sol abrasador, terminamos de preparar nuestro navío. El riesgo de vivir o de morir nos esperaba. Pero no había otra salida: huir con los demás hacia una soledad más profunda o buscar la ciudad del oriente imaginada. Como en todo, íbamos tras otra promesa, sublime como la vida. Pero algo estaba por cambiar. Mientras martillaba la popa del velero, el viejo dijo para sí mismo: “¿Qué más puedes perder si ya no esperas nada?” No comprendí sus palabras. Pasaba algo. Vi que no había preparado su maleta; sólo la mía. De pronto cayó desfallecido sobre la arena blanca. El martillo rodó de sus manos. Fui presuroso hacia él. Parecía agonizar. “Quise ser libre —dijo con voz fatigada—; tú me continúas. Mi libertad va en tu corazón. ¡Emprende viaje!”. Era nuestra despedida. Abrazado contra su pecho, escuché un rumor de olas en su corazón. Desde entonces sé que cada hombre tiene dentro de sí aquella tierra de libertad con la que él soñó durante su vida de pesca-perlas y horizontes. Cuando ya se durmió, con la luz de las estrellas en los ojos, lo envolví en unas mantas, dejándole el rostro descubierto. Tomé la antigua brújula de oro que me diera antes de morir y coloqué mis maletas dentro del velero. Después desaparecí entre la marea. (V) De: “La Isla de la Alondra” C.Balaguer ©


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