Light
Dark

La tranquilidad sospechosa de un país donde todos están de acuerdo

Hay países donde no hay oposición política. No porque se haya alcanzado la iluminación colectiva, sino porque disentir se volvió incómodo, innecesario o francamente mal visto. Son sociedades aparentemente tranquilas, como esas reuniones familiares donde nadie discute porque ya aprendieron que opinar distinto arruina la cena. Todo fluye. Todo se aplaude. Todo se celebra. Y todo, curiosamente, empieza a parecerse demasiado. En una sociedad sin oposición, la política funciona como grupo de WhatsApp sin botón de salir. Todos piensan igual, todos repiten el mismo sticker y quien pregunta "¿estamos seguros de esto?" es inmediatamente silenciado por "negativo", "tóxico" o "resentido". La unanimidad no se construye: se exige. Y cuando la gente deja de discutir, no es porque esté satisfecha, sino porque entendió que discutir no sirve. Nos han vendido la idea de que la oposición es sinónimo de estorbo. Que cuestionar es sabotear. Que criticar es odiar. Que no aplaudir con suficiente entusiasmo te convierte automáticamente en enemigo. Así, poco a poco, se nos entrenó para creer que un país ideal es aquel donde nadie contradice, nadie incomoda y nadie pregunta demasiado. Como si la democracia fuera una misa: todos sentados, todos en silencio, todos respondiendo lo mismo cuando toca. El problema de no tener oposición es que el poder empieza a hablar solo. Y cuando alguien habla solo durante mucho tiempo, termina convenciéndose de que siempre tiene la razón. Sin oposición no hay debate, sin debate no hay corrección, y sin corrección todo error se convierte en política pública. …

Hay países donde no hay oposición política. No porque se haya alcanzado la iluminación colectiva, sino porque disentir se volvió incómodo, innecesario o francamente mal visto. Son sociedades aparentemente tranquilas, como esas reuniones familiares donde nadie discute porque ya aprendieron que opinar distinto arruina la cena. Todo fluye. Todo se aplaude. Todo se celebra. Y todo, curiosamente, empieza a parecerse demasiado.

En una sociedad sin oposición, la política funciona como grupo de WhatsApp sin botón de salir. Todos piensan igual, todos repiten el mismo sticker y quien pregunta «¿estamos seguros de esto?» es inmediatamente silenciado por «negativo», «tóxico» o «resentido». La unanimidad no se construye: se exige. Y cuando la gente deja de discutir, no es porque esté satisfecha, sino porque entendió que discutir no sirve.

Nos han vendido la idea de que la oposición es sinónimo de estorbo. Que cuestionar es sabotear. Que criticar es odiar. Que no aplaudir con suficiente entusiasmo te convierte automáticamente en enemigo. Así, poco a poco, se nos entrenó para creer que un país ideal es aquel donde nadie contradice, nadie incomoda y nadie pregunta demasiado. Como si la democracia fuera una misa: todos sentados, todos en silencio, todos respondiendo lo mismo cuando toca.

El problema de no tener oposición es que el poder empieza a hablar solo. Y cuando alguien habla solo durante mucho tiempo, termina convenciéndose de que siempre tiene la razón. Sin oposición no hay debate, sin debate no hay corrección, y sin corrección todo error se convierte en política pública. Pero tranquilo: siempre habrá una cadena nacional explicando por qué fue un éxito rotundo.

Una sociedad sin oposición se parece mucho a una oficina donde nadie se atreve a decirle al jefe que el plan es mala idea. El proyecto fracasa, el cliente se va, pero en la reunión final todos coinciden en que «se aprendió mucho». Eso sí: nadie vuelve a mencionar el error. Aquí no se fracasa, aquí se reinterpreta.

Y ojo, no se trata de que la oposición sea perfecta. Nunca lo ha sido. Es ruidosa, incómoda, a veces torpe y muchas veces impopular. Pero cumple una función básica: recordar que el poder no es infalible. Que gobernar no es monólogo. Que mandar no equivale a tener siempre la razón. Quitar la oposición no elimina el conflicto; solo lo empuja a lugares más peligrosos: la autocensura, el miedo y el silencio social.

En estos contextos aparece la persecución política que además un efecto secundario: convierte a la ciudadanía en espectadora prudente. La gente empieza a hablar en voz baja, a borrar publicaciones viejas, a aclarar que «no está en contra de nada», solo «preguntando por curiosidad». El debate público se llena de frases tibias, como sopa recalentada. 

Y ojo, esto no solo afecta a políticos. Periodistas, activistas, académicos, estudiantes, ciudadanos con opinión: todos entran en la misma categoría peligrosa llamada «personas que insisten». Insisten en preguntar, en comparar, en recordar. Y recordar, en estos contextos, es casi tan grave como oponerse.

Cuando no hay oposición, todo se vuelve propaganda. El bache es progreso. El atraso es estrategia. El error es parte del plan. Y quien no lo entiende es porque no ha leído lo suficiente… o ha leído demasiado. La realidad se vuelve flexible, como plastilina narrativa. Lo importante no es lo que pasa, sino cómo se cuenta. Y como nadie responde, la historia oficial se vuelve la única versión disponible.

Lo más irónico es que estas sociedades suelen llamarse a sí mismas «democracias fuertes». Tan fuertes que no necesitan discernir. Tan sólidas que no toleran preguntas. Tan seguras que reaccionan con furia ante cualquier duda. Una democracia tan frágil que necesita silencio para sobrevivir.

La historia es bastante clara al respecto, aunque insistamos en ignorarla: los países donde nadie se opone no son países fuertes. Son países frágiles, sostenidos por el silencio y el temor a salirse del guion. La oposición es incómoda, sí. Pero también es necesaria. Porque cuando desaparece, lo que queda no es paz: es uniformidad. Y la uniformidad nunca ha sido amiga de la libertad.

Un país sin oposición no es un país unido. Es un país cansado. Y el cansancio, tarde o temprano, siempre pasa factura.

Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

Patrocinado por Taboola