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La teoría del gato

Como los gatos, mientras tengamos lo que queremos y pensemos que necesitamos, todo está bien. Tomar una posición a favor o en contra de algo se mide exclusivamente por el beneficio o perjuicio que traiga a nuestras vidas.

Los gatos son animales que hacen lo que les parece. Al contrario de los perros, que siempre están abiertos a la interacción humana o con otros perros, los gatos marcan su territorio y de allí no se mueven. También, a diferencia del perro, los gatos se preocupan por sí mismos; no buscan defender al humano que les da de comer. ¿Son malos los gatos? No. Los gatos simplemente priorizan su comodidad, su alimento y su territorio, incluso si a su alrededor todo arde.

Leí hace unos días que, para muchos, el 2019 fue el último año «normal». Concuerdo. Durante la pandemia todos nos volvimos gatos. Primero, porque solo nuestro espacio era seguro. Eso hizo que nuestra visión se moviera de lo colectivo a lo personal. Esta idea de «espacio seguro» rompió el flujo de nuestras relaciones sociales, laborales e incluso nuestra práctica religiosa.

Nos volvimos egoístas y egocéntricos y comenzamos a juzgar la manera en que la gente vivía su vida. Al mismo tiempo, el encierro nos llevó al mundo de las redes, que no siempre cuentan la verdad, sino que muchas veces difunden teorías de conspiración y donde podemos opinar desde identidades alternas. El scrolling nos predicó el hedonismo y la gratificación inmediata.

La gratificación inmediata, el temor, las verdades propias, aunadas al egocentrismo y a un desordenado deseo de dinero, han ido moldeando nuestra conducta.

La teoría del gato describe un sistema donde la supervivencia y el privilegio pesan más que la ética o la solidaridad. Obviamente, nadie vive pensando en las incontables guerras en el mundo. La mayoría de nosotros —a menos que reciba dinero por no hacer nada— tiene que lidiar con trabajos y responsabilidades.

Poco a poco, la empatía ha ido desapareciendo, así como las lealtades sociales y familiares. Sin embargo, el proceso de deshumanización que todos estamos sufriendo es grave. En medio de tantas guerras, vi una frase que decía: «Queridos líderes mundiales, ya planifiqué mis viajes del 2026», junto a preocupaciones más inmediatas: el encarecimiento del petróleo y el gas licuado, y sus efectos sobre la industria y los precios de consumo, además de la inseguridad geopolítica.

Pero, ya sea por viajes planificados o por el precio de la gasolina, casi nadie piensa en las miles de vidas que no solo se están perdiendo, sino siendo destruidas por las guerras e injusticias a nivel mundial. Los niños que sobrevivan a los horrores y errores de los últimos años quizá nunca se recuperen, y tendremos generaciones enteras marcadas por el terror y el resentimiento.

Sin embargo, a pesar de que los gatos parecen indiferentes, en realidad se protegen del peligro. La frase «no se puede confiar en la gente» se ha vuelto dolorosamente real.

El año pasado decidí tener café caliente para los repartidores durante la época lluviosa, como un pequeño gesto de solidaridad. Compré vasos térmicos, bolsas de café y, cuando hice un pedido en medio de un chaparrón, serví mi primera taza. Se la di al joven con un «gracias» y le dije que podía tomársela en la cochera.

¿Y qué creen? Ni a los tres minutos recibí un mensaje en mi teléfono ofreciéndome entrar a «darme un masaje». La operación café terminó allí. No fue la inseguridad, no fue un tema político; fue un fallo ético: intentar sacar ventaja de quien estaba haciendo un bien.

El mundo entre las redes, la IA, la capacidad de crear fake news, la rapidez para opinar sin conocimiento y la facilidad para juzgar sin entender se está convirtiendo en un entorno caótico, donde no hay soluciones reales ni relaciones auténticas. Los valores morales y espirituales se han relativizado.

Y, como los gatos, mientras tengamos lo que queremos y pensemos que necesitamos, todo está bien. Tomar una posición a favor o en contra de algo se mide exclusivamente por el beneficio o perjuicio que traiga a nuestras vidas.

Pero, como decía, nos acostumbramos a ser gatos. O quizás la única forma de sobrevivir el desorden que nos rodea es serlo…

Educadora.

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