Light
Dark

La sonrisa: esa forma elegante de no caerse

Lo complicado es que desde afuera resulta fácil suponer que lo tienen todo bajo control. Decimos “qué fuerte es”, “qué feliz se ve”, “qué suerte tiene”, sin imaginar que tal vez esa persona pasó la noche despierta, o lloró en silencio escondido en el baño de su oficina, o está lidiando con un duelo que no sabe poner en palabras. Y aun así aparece, cumple, conversa, abraza, ríe. No porque esté perfectamente bien, sino porque está luchando por estarlo.

Hay personas que sonríen todos los días como si el mundo no pesara. Personas que parecen tener el sol guardado en el bolsillo y la serenidad tatuada en el rostro. Y uno las ve, tan tranquilas, tan luminosas, tan “todo bien”, que hasta te dan ganas de preguntarles si venden ese estado de ánimo en algún lado. Pero lo que rara vez recordamos es que esa sonrisa —esa que a veces envidiamos, a veces admiramos y a veces no entendemos— podría ser una armadura cuidadosamente pulida para que los demás no vean las grietas.


Lo curioso es que todos conocemos a alguien así. Gente impecable, brillante, radiante. Gente que llega a la oficina con un café en una mano, sonrisa y aparentemente ningún problema en el corazón. Gente que parece salida de un comercial de seguros de vida. Pero detrás de esa fachada perfectamente pulida hay un cúmulo de emociones comprimidas como un archivo ZIP, listo para explotar si alguien presiona el botón equivocado.


Porque la verdad es más frágil de lo que aparenta: hay gente que sonríe para no romperse. Gente que aprendió que es más fácil decir “estoy bien” que explicar todas las tormentas que carga por dentro. Personas que han pasado por cosas que no se notan a simple vista, y aun así siguen mostrando una dulzura que, paradójicamente, nació de sus heridas.
No siempre consideramos eso. Estamos tan acostumbrados a juzgar lo que vemos —lo superficial, lo inmediato, lo cómodo— que se nos olvida que nadie llega a la vida adulta sin haberse roto un par de veces. Que las cicatrices no siempre están donde se ven. Que la gente puede estar viviendo un caos invisible mientras sostiene una sonrisa que les permite seguir caminando.


Y no es hipocresía. No es falsedad. Es supervivencia emocional. Es la forma que encontraron de no detenerse. Hay quienes se levantan cada mañana con el peso del mundo en la espalda, pero aun así siguen siendo amables, siguen siendo cálidos, siguen siendo luz en medio de todo lo que les ha tocado atravesar. A veces esa sonrisa es la manera que tiene el alma de decir: “Todavía estoy aquí, aunque duela”.


Lo complicado es que desde afuera resulta fácil suponer que lo tienen todo bajo control. Decimos “qué fuerte es”, “qué feliz se ve”, “qué suerte tiene”, sin imaginar que tal vez esa persona pasó la noche despierta, o lloró en silencio escondido en el baño de su oficina, o está lidiando con un duelo que no sabe poner en palabras. Y aun así aparece, cumple, conversa, abraza, ríe. No porque esté perfectamente bien, sino porque está luchando por estarlo.


Tal vez por eso deberíamos entrenarnos un poco en la compasión. No para andar preguntando a todo el mundo por sus traumas como si fuéramos inspectores emocionales, sino para entender que la gente es más compleja de lo que aparenta. Que detrás del “todo bien” puede haber un “estoy haciendo mi mejor esfuerzo”. Que quizá esa persona que ves radiante está, en realidad, agotada de luchar —y aun así sigue aquí.


Y qué admirable es eso. Qué valiente es alguien que sigue siendo bueno en un mundo que tantas veces le falló. Qué hermoso es que existan personas que, incluso rotas, son capaces de sonreírle a otros desde lo más honesto que tienen.


Entonces, la próxima vez que veas a alguien demasiado feliz, demasiado tranquilo, demasiado luminoso… no pienses que su vida es perfecta. Piensa que, igual que tú, hace lo mejor que puede con lo que tiene. Y tal vez, solo tal vez, esté esperando a que alguien le pregunte —de verdad, sin prisa, sin juicio— cómo está.


Y eso, visto de cerca, también es una forma de heroísmo. Un heroísmo silencioso, cotidiano, que no busca aplausos ni reconocimiento. Un heroísmo que a veces solo necesita un poco de compasión, un poco de paciencia, un poco de ternura.


Porque si algo deberíamos recordar es que todos somos más frágiles de lo que parecemos… y más fuertes de lo que creemos. Y que esa combinación —luz sobre heridas, sonrisa sobre cansancio— es probablemente lo más humano que existe.

Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

Patrocinado por Taboola