Pedro Geoffroy Rivas escribió en uno de sus tantos versos:
Santa Ana, yo se que te quedaste inmensamente triste
Cuando de vos me vine ……
……Pueblo, pueblón, poblacho, pueblecillo,
¡Te mintió quien te dijo ciudad por halagarte! …….
Dándole vuelo a los recuerdos de mis días en miquerida Santa Ana, mi pueblo como con cariño lallamo yo, me parece que tío Pedro erró al escribir esode su ciudad; talvez lo escribió en un momento de frustración, o quizás así la percibía en ese entonces.
La Santa Ana de mi tiempo no era «pueblo, ni pueblón, ni poblacho, ni pueblecillo», todo lo contrario, era una ciudad prospera y pujante, era la segunda ciudad más grande e importante del país, después de la capital. Era la «época de oro» del café lo que le inyectaba a la economía de la ciudad, especialmente en el tiempo de la cosecha, pues, porque no decirlo, hablar de Santa Ana, era hablar de café; el Departamento de Santa Ana era el mayor productor de café en ese entonces y la ciudad estaba rodeaba de fincas cafetaleras.
Nací en la «Cuna de los 44», en «La Ciudad Heroica»; en ella viví los primeros 14 años de mi vida, de 1943 a 1957. Desde que tuve uso de razón hasta el día que, a regañadientes, emigré a la capital, en noviembre de 1957, en mi memoria solo hay recuerdos bonitos de mi Santa Ana; mi vida fue muy feliz y placentera. Estudié en el Liceo San Luis y aprendí a nadar en Apanteos.
Mi casa estaba en el Barrio San Sebastián, sobre la Calle Libertad, al costado sur de la Iglesia El Calvario y a media cuadra del Parque Menéndez, que era, por las noches, el centro de reuniones de los que vivíamos alrededor. Los señores platicaban sentados en las bancas mientras las señoras caminaban dando vueltas al parque, y la cipotada jugábamos escondelero o ladrón librado.
La Santa Ana de mi tiempo era una ciudad tranquila, sin mayor bullicio. A fines de los años Cuarenta y principio de los Cincuenta, recuerdo que la Banda Municipal, en unos días de la semana, desfilaba recorriendo las principales calles dando un concierto matutino alrededor de las 5 de la mañana. La misma Banda Municipal daba conciertos los martes y los jueves, alrededor de las 7 de la noche, en el quiosco del Parque Menéndez, y creo que, en otros días, también lo hacia en el quiosco del Parque central.
Ahí por las 10 de la noche era una ciudad en silencio, solamente rompía el silencio las campanadas de las iglesias, dando las horas; para mi, eran las campanas del Calvario. Tempranito por las mañanas, se oían los repiques anunciando la misa matutina.
La santa Ana de mi tiempo vio nacer el automovilismo en el país: en febrero de 1955 hubo un enorme bullicio al llenarse la ciudad del sonido de los carros con escapes libres. Era porque el 21 de febrero se corrió la primera carrera de carros del país con motivo de la celebración del Primer Centenario del Departamento de Santa Ana, que se corrió de Acajutla a Santa Ana (por la Cuchilla, hoy conocida como «zonadel Poliedro»); días antes del evento, los participantes, al preparar sus carros los dejaban con escape libre, los llenaban de anuncios y propaganda, y recorrían las calles anunciando la carrera. Pasado el evento, la ciudad volvió a su silencio habitual. ¡Santa Ana fue la cuna del automovilismo deportivo!
La Santa Ana de mi tiempo era muy sana y segura. Nosotros, los cipotes salíamos por las noches a caminar y a «tocar puertas»; igualmente, ya mas grandecitos, andábamos en bicicleta por toda la ciudad. Claro, como en cualquier ciudad, había zonas de peligro; recuerdo que, en ese entonces, estos lugares eran zonas del Barrio Santa Bárbara y los alrededores del Parque Colon. Íbamos a patinar a los parques Santa Lucía y Anita Alvarado, a comer sorbetes a La Florida, y a comprar los útiles escolares en la librería Juan J. Jaime. ¿Cine? Solo el Teatro Nacional o el Cine Principal. Caminatas al Cerro Santa Lucía o al Cerro Tecana. En el atrio del Calvario jugábamos chibolas y el trompo. No había un cipote sin un capirucho, en especial los pintados «a Ducco».
La Santa Ana de mi tiempo tenía muy poco tráfico y solo había un semáforo, el que estaba en la intersección de la Calle Libertad y la Avenida Independencia. Por las noches era raro encontrar carros estacionados en las calles. El sistema de transporte público contaba con muchos buses destartalados. En tiempo de cosecha (noviembre a enero) era peligroso transitar por las carreteras cercanas a la ciudad, pues había muchas carretas tirada por bueyes, que transportaban café a los beneficios. El tiempo que tomaba para ir a San Salvador en carro, no pasaba de una hora (y eso que era en la carretera antigua, ¡de dos vías!).
En resumen, la Santa Ana de mi tiempo fue una ciudad completamente diferente a la actual.
Por el contrario, la Santa Ana de este tiempo es una ciudad bulliciosa, sucia, difícil de transitar por la cantidad de vehículos, especialmente los estacionados en toditas las calles donde es a veces difícil cruzar en una esquina; el tráfico es insoportable. Las zonas aledañas al centro están llenas de ventas callejeras en las aceras, haciendo que el peatón, al que hay que esquivar, tenga que caminar en la calle, y con la consiguiente suciedad y desorden. Hay muchas casas en mal estado, sin pintar y cayéndose el repello.
Con el último incendio del mercado central, éste fue trasladado ¡al Parque Menéndez! Si el que no vive en Santa Ana se impresionan al ver este desastre, que es un insulto al buen vivir, me imagino como se sentiránlos santanecos, especialmente los vecinos del parque.Pobres, ¡qué aguante!
El tamaño de la ciudad se ha multiplicado varias veces desde la Santa Ana de mi tiempo. Hacia el sur, lo pavimentado llegaba hasta el Cine Colón, con excepción de la calle que llevaba a El Palmar (que nació por esa época), y el Colegio Bautista se rodeaba de calles de tierra. Hacia el norte llegaba hasta la Iglesia San Lorenzo y la ceiba al final de la 9ª Avenida Norte en el Barrio Santa Bárbara; de ahí para delante, la carretera a Metapán era de tierra. Al oriente, la ciudad topaba con las dos fincas «El Molino», el de los Álvarez y el de los Escalón. Al occidente, la ciudad topaba con la Finca Modelo y la IRCA, y unas 2 cuadras al occidente de la Avenida Fray Felipe de JesúsMoraga; al norte del Modelo estaba la Ciudad de Los Niños.
Igualmente, la población creció de unos 60.000 de entonces a 250.000 en el censo del 2024.
Con la remodelación del Teatro Nacional y el Parque Central, el centro histórico de Santa Ana esta muy bonito, y ya no digamos la iluminación de Catedral, del Teatro y del Cabildo. De noche ¡se ve espectacular! Por lo menos hay una nota bonita.
Orgullosamente digo «SOY SANTANECO», pero, actualmente, cada vez que voy «a mi pueblo», me invaden los recuerdos y la nostalgia de aquella Santa Ana de mi tiempo, y regreso con tristeza y el corazón oprimido. No hay derecho que mantengan a la «LA CAPITAL DEL MUNDO Y LA SUCURSAL DEL CIELO» en esas paupérrimas condiciones.
Mejor voy a pensar como otro verso de mi tío Pedro Geoffroy Rivas que dice:
Santa Ana: te agradezco las mañanas que le diste a mi niñez atónita … Y hasta mi primer gran dolor, a ti te lo agradezco, mi Santa Ana.
Cirujano Coloproctólogo