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La Navidad que no miramos

Celebramos la encarnación de Dios, pero evitamos encarnar el amor. Cantamos villancicos, pero silenciamos la conciencia.

La Navidad, que debería ser el tiempo más profundamente humano y espiritual del calendario, se ha transformado en muchos casos en una celebración superficial, cómoda y distante de la realidad que le dio origen. Nos hemos acostumbrado a conmemorar el nacimiento del Señor Jesucristo rodeados de luces, cenas abundantes y discursos emotivos, mientras ignoramos con sorprendente normalidad el drama cotidiano de miles de personas que no tienen techo, abrigo ni alimento. Celebramos la encarnación de Dios, pero evitamos encarnar el amor. Cantamos villancicos, pero silenciamos la conciencia.

Recordamos un pesebre simbólico, pero pasamos de largo frente al pesebre real que hoy sigue existiendo en las calles. El relato bíblico no es un adorno litúrgico; es una denuncia viva contra la indiferencia humana. «Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón» (Lucas 2:7). Esta frase no pertenece únicamente al pasado; es una radiografía del presente. Sigue sin haber lugar para los pobres. No en nuestras agendas, no en nuestras prioridades, no en nuestras decisiones colectivas.

Hemos aprendido a organizar sociedades eficientes para producir riqueza, pero torpemente insensibles para compartir dignidad. La pobreza que rodea la Navidad no es solo económica; es moral, espiritual y empática. Es la pobreza de una sociedad que puede ver el dolor sin detenerse, que puede analizar la miseria desde un escritorio ejecutivo, desde una oficina cómoda, desde el privilegio heredado o conquistado, pero que rara vez se involucra. Miramos al pobre de lejos, como quien observa un problema ajeno, como si la miseria fuera una falla individual y no una responsabilidad colectiva.

Nos duele la imagen, pero no nos compromete la realidad. El escándalo del Evangelio es que Dios no eligió la neutralidad. El Señor Jesucristo no nació en medio del poder, ni se alineó con las élites, ni se refugió en discursos ambiguos. Se hizo pobre. Se hizo vulnerable. Se hizo cercano. «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9). Este texto no es poético; es profundamente disruptivo, pues desafía la lógica del poder. Nos recuerda que la fe cristiana no puede ser cómoda ni indiferente frente al sufrimiento humano.

Sin embargo, hemos aprendido a domesticar la fe. Preferimos una Navidad sin confrontación, una espiritualidad que no incomode, una gracia que no exija transformación. Nos conmueve un niño en un pesebre de cerámica, pero nos incomoda el indigente real que huele mal, que pide, que interrumpe nuestra rutina. Hemos construido una religión que ora mucho, pero ama poco; que habla de cielo, pero evade la tierra; que proclama valores, pero tolera injusticias. Hoy discutimos con pasión por ideologías y peleamos con ferocidad por políticos, defendiendo banderas, colores y discursos como si en ellos residiera la salvación.

Nos dividimos, nos insultamos y nos deshumanizamos mutuamente por figuras pasajeras, mientras olvidamos el mandamiento esencial. El Señor Jesucristo fue claro y sin matices: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Juan 13:34). No dijo: defiéndanse unos a otros políticamente. Dijo: ámense. Pero hemos cambiado el amor por la confrontación, la compasión por la polarización, y la fraternidad por la descalificación. La dureza del corazón se ha normalizado. La Biblia la llama «dura cerviz», una expresión que describe a quien se niega a inclinarse, a escuchar, a corregir el rumbo.

«He aquí que el oído de Jehová no se ha agravado para oír, ni su mano se ha acortado para salvar; pero vuestras iniquidades han hecho división» (Isaías 59:1–2). No es que Dios haya dejado de actuar; es que la insensibilidad humana ha levantado muros más altos que cualquier crisis económica. Jesús no fue ambiguo frente a la pobreza ni frente a la responsabilidad social. No habló en abstracto. No espiritualizó el hambre. «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis» (Mateo 25:35). Estas palabras no describen una opción, sino un criterio.

No se trata de ideología, sino de obediencia. No se trata de caridad ocasional, sino de una forma de vida. El problema no es que no sepamos qué hacer; es que no queremos involucrarnos. Ayudamos cuando no incomoda, cuando no compromete, cuando no altera nuestra comodidad. Hemos convertido la solidaridad en un gesto esporádico y la justicia en un discurso incómodo. Mientras tanto, el pobre sigue esperando, el sin techo sigue durmiendo en el frío, y el hambriento sigue siendo invisible. «El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído» (Proverbios 21:13).

La Navidad debería sacudirnos, no tranquilizarnos. Debería incomodarnos, no adormecernos. Debería recordarnos que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:17), y que no hay adoración verdadera sin amor práctico. La mayor tragedia de nuestro tiempo no es solo la pobreza, sino la indiferencia frente a ella. Nos hemos acostumbrado al dolor ajeno, y esa costumbre es una forma peligrosa de maldad. Quizá el mensaje más urgente de esta Navidad sea este: Dios sigue naciendo entre los pobres, y sigue siendo ignorado por los satisfechos desde el privilegio de un escritorio.

La pregunta, entonces, no es si celebraremos la Navidad —porque eso ya lo hacemos año tras año, casi de manera automática—, sino desde dónde y cómo lo haremos. Si la viviremos desde la comodidad que nos protege del dolor ajeno o desde la compasión que nos obliga a acercarnos; desde el privilegio que nos aísla o desde la empatía que nos conecta con el sufrimiento real de los otros; desde la confrontación política que divide y endurece los corazones o desde el amor al prójimo que reconcilia, restaura y dignifica. La Navidad auténtica no se define por el ambiente que creamos, sino por la disposición interior que asumimos frente a la necesidad humana.

Porque, al final, la Navidad no se mide por la elocuencia de nuestras palabras, ni por la solidez de nuestros argumentos, ni por la vehemencia con la que defendemos ideas, ideologías o figuras pasajeras. Se mide por nuestras acciones concretas frente al que sufre, por nuestra respuesta frente al que no tiene techo donde dormir, abrigo que lo proteja del frío ni alimento que lo sostenga con dignidad. Se mide por nuestra capacidad de dejar de mirar de lejos y atrevernos a acercarnos, de dejar de opinar y empezar a servir, de dejar de justificar la indiferencia y asumir la responsabilidad.

Y es allí, precisamente allí —no en los discursos, no en las celebraciones bien organizadas, no en las declaraciones públicas de fe— donde nuestra espiritualidad queda expuesta y nuestra fe queda al descubierto. Porque en ese punto ya no importan las apariencias, ni las etiquetas, ni las excusas. Solo queda la verdad del corazón: si hemos entendido o no el sentido profundo de un Dios que decidió nacer entre los pobres para enseñarnos a amar como Él nos amo, a pesar de la crueldad humana y la displicencia de los corazones endurecidos.

Abogado y teólogo.

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