En un experimento psicológico célebre, los investigadores colocaban a los participantes frente a una puerta cerrada asegurándoles que detrás había un peligro. Nunca mostraban evidencia alguna, pero no era necesario: el simple mensaje bastaba para paralizarlos. Nadie abría la puerta. El miedo, por sí solo, hacía el traba
Así funciona hoy la medicina en El Salvador: atrapada en un ambiente donde el temor se ha convertido en la herramienta más eficaz para desarticular un gremio que alguna vez fue sólido, influyente y esencial para la salud del país.
Durante décadas, el Colegio Médico de El Salvador fue una voz imposible de ignorar. Sus liderazgos históricos influyeron en reformas, elevaron estándares, denunciaron arbitrariedades y defendieron principios éticos incluso en los momentos más adversos. Era un contrapeso técnico indispensable, un recordatorio permanente de que la medicina no se rige por conveniencias políticas sino por evidencia, ética y compromiso social. Sin embargo, esa institución antes robusta ha sido progresivamente marginada, debilitada y aislada. No solo por presiones externas, sino también por un desgaste interno que dejó heridas profundas y espacios vacíos difíciles de recuperar.
A este deterioro se suma el costo histórico de las huelgas médicas. Aunque muchas nacieron de causas legítimas, el precio político y social fue enorme: pérdida de legitimidad pública, divisiones internas y un estigma que aún pesa sobre quienes desean participar en estructuras gremiales. Para una generación completa de médicos, la organización ya no se percibe como un ejercicio de dignidad, sino como un riesgo profesional que conviene evitar. Ese miedo, heredado y reforzado, fue la antesala del silencio actual.
El panorama presente es aún más crudo. La mayoría de médicos evita cualquier afiliación o participación gremial ante el temor tangible de represalias laborales, administrativas o institucionales. El ambiente está construido para generar desconfianza: reuniones que antes eran espacios de reflexión ahora se realizan en voz baja, lejos de cámaras y redes; nadie quiere aparecer en una foto, en un comunicado o en una lista que pueda interpretarse como una postura incómoda. La renuncia generalizada a participar no es indiferencia: es supervivencia.
En paralelo, el abandono de filiales y la presión para alinear estructuras gremiales con intereses del oficialismo han debilitado por completo la independencia técnica del cuerpo médico. Aquellas organizaciones que fueron referentes históricos hoy luchan por mantenerse relevantes en un contexto donde opinar es visto como un acto temerario. La consecuencia es devastadora: un gremio sin voz, fragmentado y temeroso, se vuelve incapaz de defender derechos básicos y mucho menos de cuestionar decisiones sanitarias que afectan directamente a la población.
La medicina salvadoreña no agoniza por falta de talento, vocación o compromiso. Agoniza porque su identidad profesional está siendo desmantelada de manera silenciosa. Un gremio sin independencia es un sistema de salud sin brújula, y un sistema sin brújula empuja al país a un riesgo profundo. El experimentador del estudio nunca necesitó colocar un monstruo detrás de la puerta; bastó con decir que había uno. Así opera el miedo: no requiere ser real, solo necesita sentirse posible.
Mientras este mecanismo siga vigente, la medicina salvadoreña continuará retrocediendo, aislada, cautelosa y cada día más sola. La medicina en El Salvador no atraviesa una crisis. Está agonizando. Y lo más alarmante es que muchos, por miedo, prefieren no verlo.
Tesorero Colegio Médico de El Salvador.