La llamada maldición de la Malinche ha sido utilizada, a lo largo del tiempo, como una explicación simbólica de la derrota y la culpa colectiva. La figura de La Malinche fue transformada en emblema de traición, pese a que nunca tuvo poder real de decisión. La historia la condenó para evitar una reflexión más incómoda: que los grandes fracasos no nacen de una persona, sino de sistemas que colapsan cuando una sociedad entrega su voz y luego se niega a asumir las consecuencias.
Esa lógica no pertenece solo al pasado. Hoy reaparece, con otros rostros y otros discursos, en la situación que atraviesa el sistema de salud salvadoreño.
Mientras el discurso oficial insiste en modernización, eficiencia y transformación, la realidad hospitalaria cuenta otra historia. En los últimos meses, el Hospital Nacional Rosales, principal centro de referencia del país, ha sido escenario de despidos de personal sanitario que, según información pública y denuncias gremiales, suman decenas de trabajadores de salud, incluyendo médicos, personal de enfermería y áreas técnicas estratégicas. No se trata de cifras abstractas: cada plaza eliminada significa máspacientes para menos manos, más cansancio, más riesgo y menor capacidad de respuesta.
Estos despidos no ocurren en un vacío. Se producen en un sistema ya tensionado por años de sobrecarga, déficit de insumos y retrasos diagnósticos. Y, sin embargo, el mensaje que se transmite es que el problema no es estructural, sino individual: que faltan compromisos, que sobran ineficiencias, que el personal es reemplazable.
La paradoja se vuelve más grave cuando, de forma simultánea, se anuncia la contratación de médicos extranjeros bajo condiciones salariales superiores a las del médico salvadoreño, en algunos casos con ingresos que duplican o superan ampliamente los sueldos nacionales para funciones similares. No se trata de rechazar la cooperación internacional ni el intercambio profesional, sino de señalar una incoherencia ética y técnica: se despide al recurso humano formado en el país, conocedor del contexto y del sistema, mientras se importan profesionales bajo mejores condiciones, sin resolver los problemas de fondo.
El mensaje implícito es peligroso. Se comunica que el médico nacional es prescindible, que la experiencia local es secundaria y que la lealtad institucional no merece protección. Como en la leyenda, alguien más traducirá la realidad, alguien más ocupará el espacio, y si algo falla, la responsabilidad recaerá —una vez más— en el eslabón más débil.
La nueva maldición no es la traición a una patria, sino la renuncia colectiva a defender un sistema de salud centrado en la persona y en su personal sanitario. Cuando se normaliza la falta de medicamentos, cuando se silencia a quienes denuncian fallas o cuando se gobierna la salud desde indicadores, plataformas y reportes sin escuchar a los hospitales, se repite el mismo error histórico: entregar la voz y luego fingir sorpresa ante las consecuencias.
Y, como siempre, habrá chivos expiatorios. El médico insensible, la enfermera ineficiente, el hospital colapsado. Rara vez se cuestionarán las decisiones estructurales, los despidos injustificados o la lógica de gestión que antepone la imagen al acto médico.
La historia de la Malinche persiste porque no aprendimos su enseñanza central: las sociedades no fracasan por una persona, sino por abdicar de su responsabilidad colectiva. En salud, esa abdicación se mide en vidas, en diagnósticos tardíos y en dignidad profesional erosionada.
Romper la maldición exige algo elemental pero incómodo: recuperar la voz, defender al personal de salud, exigir transparencia y recordar que ningún modelo, ninguna plataforma y ningún discurso valen más que la vida humana.
La verdadera traición no es cuestionar.
La verdadera traición es callar.
Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Tesorero
Colegio Médico de El Salvador