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La Iglesia confesante

Si el populismo exige silencio ante la injusticia, o aplauso ante la deshumanización, la Iglesia Confesante nos deja una pregunta que no admite evasivas: ¿a quién le pertenece nuestra voz, a la conveniencia del momento o al Señor que nos llama a confesarlo aunque eso no sea popular?

La presión del Partido Nazi sobre las iglesias cristianas en Alemania no comenzó como una persecución brutal e inmediata, sino como una estrategia para alinearlas con su proyecto. Para ello, se apoyó en cristianos simpatizantes de Hitler, que promovieron cambios desde dentro. Además, el régimen firmó acuerdos que luego violó, con el propósito de convertir el cristianismo en una religión nacional al servicio del nazismo. A este movimiento fanático lo llamaron «Cristianos Alemanes», y llegó a agrupar a muchísimos creyentes.

El reordenamiento legal y doctrinal buscaba imponer el antisemitismo dentro de las iglesias, hasta el punto de afectar elementos centrales de la fe: se pretendía negar la identidad judía de Jesús y menospreciar el valor del Antiguo Testamento. Cuando a estas deformaciones se sumaron otras políticas —como la eugenesia, la esterilización forzosa y la persecución de opositores—, los cristianos fieles comenzaron a expresar su censura ética. Fue entonces cuando la presión pasó del control al hostigamiento abierto. Pastores que expresaban su inconformidad empezaron a ser espiados; se prohibieron los periódicos eclesiales; se lanzaron campañas de difamación contra creyentes coherentes; y las figuras más notorias del cristianismo terminaron encarceladas en campos de concentración.

No se puede negar la realidad de que la mayoría de cristianos se dejó seducir por la promesa de orden, grandeza nacional y restauración económica. Muchos pastores y laicos pensaron que, por fin, había llegado un líder fuerte que «rescataría» al país. No pocos mezclaron sin pudor el nombre de Jesucristo con el del Führer. Sin embargo, en medio de esa hora oscura, también surgieron voces valientes que se negaron a ponerle precio a la fe.

Muy pronto algunos pastores y feligreses reaccionaron a la nazificación de la iglesia. Unos se reunieron alrededor de lo que llamaron el «Pacto de emergencia de pastores», que expresaba su inconformidad con las presiones de Hitler. En Berlín se organizó lo que se llamó la «Joven Reforma», fueron varios los pastores de distintas denominaciones los que lo suscribieron y, a ellos, posteriormente, habría de sumarse Dietrich Bonhoeffer, quien desempeñaría un papel clave como teólogo y resistente.

Otro elemento catalizador del movimiento crítico fue la publicación del documento «La existencia teológica hoy», del teólogo suizo Karl Barth, un texto que marcó un antes y un después al llamar a una resistencia centrada en la Biblia y los credos cristianos, y a rechazar la instrumentalización nazi. El documento catapultó a Barth como uno de los liderazgos más lúcidos que jugaría un papel esencial en la consolidación del movimiento de fidelidad evangélica.

En el área de Berlín-Dahlem se formó la «Liga de Emergencia de Pastores», que convocaba a los ministros a comprometerse con la Biblia y con las doctrinas fundamentales frente a la imposición del «párrafo ario» en la Iglesia. Este núcleo se convirtió en un eje decisivo para el surgimiento de lo que más tarde se llamaría la «Iglesia Confesante», en abierta oposición a los «Cristianos Alemanes», afines a Hitler.

El movimiento adoptó el nombre de «Iglesia Confesante» porque sus miembros comprendieron que la crisis no era solo administrativa, sino profundamente doctrinal: estaban en juego verdades esenciales del evangelio. Por eso, se vieron obligados a «confesar» públicamente su fe y a dar un testimonio claro de lo que creían en medio de la deshumanización y el fanatismo de la época. «Confesante» no significaba fundar una nueva denominación, sino expresar la unidad de cristianos —sin importar su tradición eclesial— que se sabían responsables de sostener un testimonio doctrinal nítido cuando el poder político pretendía deformar la verdad y sofocar la sensibilidad humana.

La «confesión» de estos cristianos honestos fue un testimonio público en un ambiente de persecución, pero también fue una disciplina espiritual: hablar con sobriedad, negarse al odio, proteger al vulnerable, y rechazar los atajos de la mentira. En tiempos de polarización, la iglesia no debe sumarse a los que bendicen a los vencedores ni a los que maldicen a los adversarios: debe pastorear la verdad con misericordia y la misericordia con verdad. Si el populismo exige silencio ante la injusticia, o aplauso ante la deshumanización, la Iglesia Confesante nos deja una pregunta que no admite evasivas: ¿a quién le pertenece nuestra voz, a la conveniencia del momento o al Señor que nos llama a confesarlo aunque eso no sea popular?

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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