Light
Dark

La gloriosa lista de propósitos que nunca sobrevive hasta febrero

al vez el problema no es la falta de disciplina, sino la honestidad. Tal vez no queremos tanto eso que decimos querer. O lo queremos, pero no lo suficiente como para renunciar a la comodidad que implica hacerlo. Y eso estaría bien… si dejáramos de fingir lo contrario cada 31 de diciembre.

Escribir metas de Año Nuevo se ha convertido en uno de los actos de autoengaño colectivo más aceptados socialmente. No solo nadie lo cuestiona, sino que además se celebra. Se aplaude la lista, se comparte en redes, se comenta entre amigos como si estuviéramos presenciando un plan serio y no la reedición anual de una ficción que ya conocemos de memoria.

Porque no es la primera vez. Ni la segunda. Ni la tercera. Es, siendo optimistas, la sexta versión oficial de «este año sí me inscribo al gimnasio». Hay metas que ya no son propósitos, son patrimonio cultural inmaterial. Están ahí desde 2005, mudándose de agenda en agenda, sobreviviendo a cambios de casa, de trabajo, de pareja y de crisis existenciales. Cambia el año, cambia el cuaderno, cambia la pluma, pero la meta sigue intacta, sin estrenar.

La lista de objetivos de Año Nuevo no es un plan: es un acto simbólico. No está hecha para cumplirse, está hecha para tranquilizarnos. Es una especie de contrato moral con nosotros mismos que no tiene consecuencias legales. Nadie nos va a demandar en marzo por no haber aprendido inglés ni nos van a multar por abandonar el yoga después de dos clases. Es una promesa cómoda porque no exige seguimiento, solo entusiasmo inicial.

La lista no está diseñada para cumplirse. Es un placebo moral. Un «no hice nada todavía, pero tengo la intención». Y la intención, al parecer, cuenta lo suficiente como para volver a posponerlo todo sin culpa… hasta el próximo diciembre.

Lo más fascinante es el optimismo desmedido con el que la escribimos. Diciembre nos hace creer que el 1 de enero ocurre algo mágico: que nos despertamos con más disciplina, más fuerza de voluntad y menos ganas de procrastinar. Como si el calendario tuviera poderes terapéuticos.

Y ahí vamos, otra vez, al gimnasio. Pagamos la membresía anual «porque sale más barata», compramos ropa deportiva nueva, nos tomamos la foto frente al espejo. Dos semanas después, el gimnasio se convierte en ese lugar al que «sí quiero ir, pero ahorita no». Luego viene la culpa, luego la excusa, y finalmente la aceptación silenciosa de que ese dinero fue una donación voluntaria al negocio del fitness.

Pero no solo pasa con el gimnasio. Está el ahorro que nunca empieza porque «este mes estuvo pesado». El libro que llevamos cinco años diciendo que vamos a leer. El proyecto personal que siempre queda para cuando tengamos más tiempo, más energía o más claridad, es decir, nunca. Las metas no fracasan porque sean imposibles; fracasan porque las usamos como decoración emocional.

Porque seamos honestos: nos encanta la fantasía del cambio, pero no el proceso. Nos gusta la versión editada de nosotros mismos, no el detrás de cámaras. Queremos resultados sin repetición, disciplina sin incomodidad, transformación sin aburrimiento. Y cuando descubrimos que cambiar implica constancia —esa palabra horrible— mejor lo hacemos luego.

Además, la lista tiene algo profundamente aspiracional y poco realista. No dice «caminar diez minutos». Dice «volverme fitness». No dice «leer cinco páginas». Dice «leer veinte libros». No dice «ordenar un cajón». Dice «organizar mi vida». Porque si vamos a fracasar, que sea a lo grande.

Y cuando inevitablemente no cumplimos, hacemos lo que mejor sabemos hacer: reformular. «No era el momento». «Pasaron muchas cosas». «Este año fue raro». Spoiler: todos los años son raros. Siempre pasan cosas. Siempre estamos cansados. Siempre hay una razón perfectamente válida para no empezar hoy.

Pero seguimos escribiendo. Porque escribir propósitos nos permite sentirnos personas en proceso, aunque no estemos avanzando. Nos da identidad: soy alguien que quiere mejorar. Aunque ese «querer» no se traduzca nunca en acción sostenida.

Tal vez el problema no es la falta de disciplina, sino la honestidad. Tal vez no queremos tanto eso que decimos querer. O lo queremos, pero no lo suficiente como para renunciar a la comodidad que implica hacerlo. Y eso estaría bien… si dejáramos de fingir lo contrario cada 31 de diciembre.

Quizá este año la verdadera ruptura sea no escribir nada. O escribir una sola frase brutalmente honesta: «seguiré siendo yo, con mis límites, mis contradicciones y mis intentos a medias». No inspira, no vende, no se comparte en Instagram. Pero, por primera vez, no es mentira.

Consultora Política y Miss Universo El Salvador 2021

Patrocinado por Taboola