Recién pasamos el Miércoles de Ceniza, que lamentablemente se ha convertido más en una tradición de llevar en la frente una cruz que de llevarla en el corazón, en el alma y en nuestros pensamientos; cargar con esa cruz.
Estamos ya en el Primer Domingo de Cuaresma. Empieza el católico a prepararse, unos de la mejor forma. Tenemos, por un lado, al católico que está listo para cumplir, para prepararse; como también está el católico que espera unas largas vacaciones soleadas, vacaciones etílicas, vacaciones infinitas. Lamentablemente es algo que no nos incumbe abordar, pero sí debemos preguntarnos si en estos 40 días ¿estamos realmente preparados para recibir la Pascua?
Desde mi punto de vista, considero que 40 días es demasiado tiempo, pues basta un segundo, basta un parpadeo para poder ver y sentir el amor de Dios, para poder vivir con toda la intensidad ese amor que nos cuida, que nos da el techo, que nos da la comida, que cuida de nuestros hijos, que nos da trabajo, que nos da salud, que nos da el medio en que nos transportamos, que nos da paz al estar junto a los nuestros, que nos da sueños, metas, planes y motivos de vida.
No necesitamos 40 días, porque 40 días para llegar a amar a Dios es como si fuera una tarea ardua, cuando Él nos ama sin habernos conocido, en el sentido de que antes de nuestro nacimiento nosotros ya éramos para Él un fruto grandioso de la Creación. Nuestro pasado le pertenece a Él; éramos la nada y ya Él sabía de nosotros, nos cuidó, nos vio, y estamos ahora a días de visitar nuestras iglesias, nuestros lugares de origen. Ya tenemos la oportunidad de vivir con la intensidad que se merece el “Primer Domingo de Cuaresma”.
E invito a preguntarnos: “¿Estoy intentando amar a Dios? ¿Quiero más tiempo porque no me es suficiente?”, o sencillamente decir: “No necesito ni un segundo para entender que así como Él me ama, yo lo amo”. Sin embargo, hacer una similitud entre nuestro amor y el amor de Él nos permite saber que 40 días es suficiente tiempo para prepararnos, y ni por cerca pensar: “Necesito más días, quizás unos dos años, quizá cinco años, 40 años”, porque eso les pasa a millones de personas que andan totalmente errantes sin saber dónde está Dios.
¿Qué pasaría con las tentaciones con las que fue tentado Jesús? ¿Cuáles son las tentaciones que se nos pueden presentar en este tiempo de preparación? Pueden ser tentaciones de dinero, de placeres, de egos, de excesos, de un negocio no tan limpio. Siempre el hombre, desde su existencia, ha sido tentado: fue seducido por la culebra, y ahora Jesús, en esa soledad, solo tiene a un ángel caído, tiene al diablo que lo está tentando. Decía Dostoievski: “Creo que el diablo no existe, pero el hombre lo ha creado”. Está ofreciendo lo que quiera.
Preguntémonos si sucedería lo mismo en nuestra vida. ¿Seríamos capaces de rechazar semejantes tentaciones? Es tiempo de no ceder ante quien nos provoca, ante una tentación. Podremos decir: “No, yo me estoy preparando en este tiempo y no puedo caer en la tentación”. “No, no el otro año; el otro mes puede ser; mejor mañana voy a pedir perdón”.
Normalmente tenemos ese tipo de pensamientos que son “light”, ligeros, donde a veces tristemente en las homilías se hablan de temas de índole social y se prefiere no ir a esa iglesia porque dicen: “No, yo vengo a oír cosas de Dios, no cosas sociales”. Debo tal vez detenerme y preguntarme: ¿acaso la lucha de Dios al enviarnos a su Hijo a dar su vida por nosotros, a ser crucificado, maltratado, torturado, no es una lucha desde el nacimiento de Jesús? Es sinónimo de lucha, de esa lucha que nos ha servido para entender que una homilía donde se aborde algún evangelio y se le dé una connotación social, esa es la Palabra de Dios: donde hay tentaciones, donde hay poderes, donde hay egos, donde no hay hambre, donde sobra todo.
¿Qué podemos pensar de eso? Ese es el evangelio real que nos lleva a pensar que nosotros, en este primer domingo, recordamos que “Dios ha hecho todo como regalo para el ser humano”.
Médico.