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“La Concordia”: una pérdida invaluable para el país

Llegamos a La Concordia; nos recibió uno de sus miembros. La sociedad tuvo sus mejores tiempos a inicios del siglo XX, pero conservaba un halo de orgullo obrero y la dignidad de hombres formados en el trabajo honesto.

Hace pocos días, un sospecho incendio en el centro histórico destruyó varios inmuebles. Se lamenta la muerte de cinco personas. Entre los inmuebles destruidos está el histórico local de la sociedad de artesanos La Concordia. Conocí La Concordia en 1996, cuando estudiaba en la Universidad de Costa Rica y era asistente del profesor Víctor Hugo Acuña, quien realizaba una investigación sobre los artesanos en Centroamérica. Acuña vino a El Salvador por un par de semanas. La primera semana trabajamos en la Biblioteca Manuel Gallardo en Santa Tecla, entonces ubicada en la antigua casa de la familia cafetalera en el centro de la ciudad.

La “sala de consulta” estaba ubicada en un corredor de la casa, el patio con jardín al centro quedaba enfrente de las mesas. Las estanterías repletas de libros, revistas y folletos estaban distribuidas en numerosos salas y cuartos internos. Era una especie de laberinto. Era como una versión en miniatura de la biblioteca de “El nombre de la rosa” de Humberto Eco. Si uno estaba en el interior y se iba la energía, lo mejor era sentarse a esperar que volviera. Varios perros dormitaban en los pasillos, no eran agresivos, pero a veces les daba por ladrar. A medida que el día avanzaba, el calor hacía que varias tortugas que vivían el patio buscaran el frescor del corredor; de repente estaban bajo las mesas donde uno trabajaba. A esa hora, un anciano, antiguo empleado de los Gallardo que vivía en la casa, salía a pasearse al corredor. Sus zapatos y bastón marcaban un ritmo hipnótico. “Esto es como Macondo”, comentaba Víctor Hugo.

Encontramos unos documentos que hablaban de la Sociedad de artesanos La Concordia y que interesaron mucho a Víctor Hugo. La Concordia aún existe, conozco el local, le dije. Tenemos que ir, me respondió. El día siguiente marchamos a San Salvador. Le indiqué al taxista a dónde íbamos y él verificó la dirección a lo salvadoreño. “Eso queda por la cuchillada”, dijo. Víctor lo miró un tanto sorprendido. Él no lo sabía, le decían la cuchillada a un salón de baile, ubicado cerca del parque Libertad, famoso por sus altercados violentos.

Llegamos a La Concordia; nos recibió uno de sus miembros. La sociedad tuvo sus mejores tiempos a inicios del siglo XX, pero conservaba un halo de orgullo obrero y la dignidad de hombres formados en el trabajo honesto. Tenía un salón de reuniones con una mesa muy grande al centro y rodeada de sillas de madera. El presidente ocupaba un sillón muy elaborado. Detrás de él se encontraba el escudo, una obra de arte, que reflejaba los ideales y valores del artesano liberal.

Junto al escudo, había un retrato al óleo del caudillo Gerardo Barrios, especie de santo patrón de la mutual. Las personas que hablamos sostenían con orgullo que La Concordia fue fundada por Barrios en 1860. Los artesanos y los calvareños fueron entusiastas barristas, formaron parte de sus tropas y más tarde promovieron su culto. De hecho, fue un miembro de La Concordia, el sastre Joaquín Mancía Varela, quien propuso construir el monumento a Barrios, pomposamente inaugurado en 1910.

En realidad, La Concordia fue fundada en 1872, siendo presidente Santiago González. Les mostramos los estatutos publicados en el Diario Oficial, pero no lo aceptaron. Confiaban más en la memoria grupal que en los documentos históricos. La sociedad conservaba su archivo histórico: actas, memorias de labores, diplomas, invitaciones y correspondencia. El estatuto de 1899 establecía en su artículo 2 que la sociedad buscaba “el mejoramiento moral, intelectual y material de sus miembros”, para ello fomentaría la instrucción, la mejora de costumbres, la beneficencia y la amistad entre la membresía.

El mutualismo se caracterizaba por promover la solidaridad entre los agremiados. Cuando un miembro pasaba por una situación difícil se hacían colectas para ayudarlo, se le visitaba si estaba enfermo. Una delegación asistía a los funerales de los miembros. A diferencia de lo sindicatos, en las mutuales cabían patrones, maestros, operarios y aprendices.

Los artesanos ejercían oficios manuales que requerían cierto grado de especialización y al menos alfabetización. Entre estos destacaban los zapateros, sastres, albañiles, carpinteros y otros. Los tipógrafos eran los que tenían mayor nivel educativo. Pero al revisar su membresía con más detalle, era posible encontrar músicos, comerciantes y militares.

Los artesanos creían que la educación y el trabajo eran garantía de buenos ciudadanos. En su momento organizaron una biblioteca y sala de lectura. Lucharon mucho por crear y sostener una escuela nocturna. Tenían un alto espíritu cívico, participaban con entusiasmo en fiestas y efemérides patrias. La toma de posesión de la Junta directiva se realizaba el 15 de septiembre y no era raro que asistiera el presidente de la república y altos funcionarios. Gobernantes y miembros de la clase alta tuvieron relaciones de deferencia hacia los artesanos.

Estos eran vistos como la avanzada de los sectores sociales subalternos, en ellos parecían juntarse las características ideales de ciudadano, padre de familia y trabajador que tanto entusiasmaban a los intelectuales liberales. De hecho, personajes tan connotados como David Joaquín Guzmán o Alberto Masferrer daban gustosamente conferencias a los artesanos. Masferrer escribió su libro “Cartas a un obrero” a petición de José Mejía, conocido líder gremial. Hacia 1920, Miguel Dueñas, hijo del expresidente Francisco Dueñas, donó el terreno para que la sociedad construyera su local; en agradecimiento se le dio el título de “Protector de la clase obrera”. En 1911, el presidente Manuel Enrique Araujo invitó al gremio de artesanos a la celebración del centenario del “Primer grito de independencia” en noviembre de 1911. De hecho, asistieron delegaciones de toda Centroamérica que organizaron en un congreso centroamericano de obreros y artesanos. El discurso que pronunció José Mejía refleja fielmente el pensamiento obrero de la época.

No todo era trabajo para los artesanos, también gustaban de la diversión decente. La Concordia organizaba bailes en determinadas fechas. La membresía era masculina; algunas mujeres — esposas, hermanas o hijas de los miembros —, colaboraban en sus actividades. A los bailes asistían muchachas ajenas a la sociedad, pero con invitación expresa; esto para garantizar que fueran “niñas de bien”, como se decía entonces. Recibir una invitación de La Concordia, era motivo de orgullo para cualquier quinceañera citadina. En ocasiones especiales, La Concordia recibía delegaciones de otras sociedades de artesanos del país e incluso de Guatemala y Honduras. En su momento, ellos devolvían la visita. Cuando esto no era posible, enviaban enjundiosas cartas a sus corresponsales.

Ya para la década de 1920 se notaba una creciente diferenciación entre las organizaciones de trabajadores. Los sindicatos ganaban terreno a las sociedades mutuales. Los sindicatos tenían un fuerte sentido de clase; los intereses de los patronos eran contrarios a los de los trabajados. Llegaron al punto que sus estatutos prohibían el ingreso de patronos al sindicato. Estos cambios también estuvieron determinados por el declive de los talleres y manufacturas frente a las primeras industrias.

A pesar de eso, La Concordia se mantuvo. Hacia finales de siglo XX su membresía era formada por personas mayores, empleados y jubilados. El local seguía siendo su espacio de sociabilidad, pero lo alquilaban para eventos, como una forma de recaudar fondos. Pero no renunciaban a sus ideales y se enorgullecían de su pasado. Cada 29 de agosto, una delegación de La Concordia lleva una ofrenda floral al monumento a Gerardo Barrios. Una parte importante del legado y la memoria del gremio de artesanos se perdió en el incendio del 13 de febrero.

Terminaba de escribir este artículo cuando un periódico digital informó que el local de La Concordia había sido adquirido unos meses antes por una importante familia de empresarios. Qué pena que su adquisición se incendiara; son los riesgos de los negocios. Ojalá puedan conseguir el capital para reedificar; sé que el gobierno está dando amplias facilidades a quienes invierten en el centro histórico. En poco tiempo aparecerán en la zona nuevas edificaciones y negocios. Pero ninguna tendrá el valor histórico, cultural y patrimonial de las que se perdieron. Sirvan estas palabras de testimonio y admiración a una institución que le dio mucho al país, educando al artesano, dignificándolo y dándole un espacio digno para reunirse, educarse y disfrutar ratos de ocio.

Historiador, Universidad de El Salvador

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