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La comedia salvadoreña

El ciudadano digital tampoco siempre advierte que el país no se sostiene con comentarios sino con carácter, responsabilidad y respeto.

En el año 422 antes del Señor Jesucristo, mientras el mundo antiguo todavía debatía entre dioses olímpicos y discursos grandilocuentes, durante las fiestas de las Leneas en Atenas, el dramaturgo Aristófanes presentó la comedia «Las avispas». No obtuvo el primer lugar en el certamen teatral, pero logró algo infinitamente más peligroso que una victoria artística: consiguió que la ciudadanía se riera de sí misma. Y pocas cosas resultan más incómodas que descubrir que uno es parte del chiste.Aristófanes no dirigía su sátira contra un gobernante en particular, ni proponía conspiraciones, ni arengaba rebeliones.

Apuntaba más fino. Se burlaba del ciudadano que, embriagado por la sensación de participar, confunde entusiasmo con poder real. Del hombre que cree que opinar con fuerza equivale a decidir con autoridad. Del individuo que se siente indispensable para la patria… aunque la patria no tenga idea de su existencia. Filocleón, el protagonista, era la encarnación de esa ilusión. Un hombre absolutamente convencido de su importancia. Vivía para juzgar. Respiraba tribunales. Se levantaba cada mañana con la satisfacción de quien cree sostener el destino de la ciudad con la punta de sus dedos.

Su pasión no era la justicia; era la sensación de mandar, ya que con el discurso de los gobernantes le habían hecho creer que tenia poder, por lo tanto, no le interesaba comprender el sistema; le bastaba sentirse parte del escenario. Y mientras más juzgaba, más grande se sentía… aunque en realidad solo estaba atrapado en una comedia que el propio Aristófanes estaba desenmascarando. Vivía obsesionado con ser jurado en los tribunales. Se levantaba con entusiasmo porque iba a juzgar. Disfrutaba condenar, deliberar y levantar la mano como si Atenas dependiera de él.

Su hijo intentaba «curarlo» de esa adicción al juicio porque Filocleón no buscaba justicia; buscaba la sensación de poder. Sentía que dirigía el destino de la ciudad cuando en realidad era parte del espectáculo. Su poder era emocional, no estructural. Pero él no lo sabía, y esa ignorancia feliz era precisamente el centro de la comedia. Ese personaje no pertenece al pasado. Vive cómodo en la era del smartphone. El Filocleón moderno no corre al tribunal; corre a las redes sociales. Opina con seguridad total sobre economía global, derecho constitucional, relaciones internacionales y hasta sobre el clima.

Todo antes del desayuno. Su tono es solemne. Su redacción es firme. Su convicción es absoluta. Es experto en todo y especialista en nada. No ocupa cargo público, no participa en instituciones, no redacta presupuestos ni estudia leyes, pero escribe como si estuviera dictando sentencia desde el despacho nacional. La emoción le basta. Comentar es gobernar. Retuitear es legislar. Etiquetar es condenar. El Filocleón digital no debate; sentencia. No pregunta; acusa. No contrasta fuentes; proclama verdades definitivas. Cuando alguien piensa distinto, el juicio es inmediato y la etiqueta más rápida que el análisis.

Y si la discusión se intensifica, aparece el perfil alterno, la cuenta anónima, el patriota encubierto que difama y amenaza creyendo que está prestando servicio heroico a la nación. El insulto se transforma en acto patriótico. La calumnia se disfraza de defensa moral. Mientras tanto, la vida cotidiana sigue su curso con una ironía perfecta. El supermercado continúa practicando aumentos creativos que harían llorar de orgullo a cualquier estratega financiero. El tomate escala precios con ambición profesional. El cartón de huevos parece haber asistido a seminarios de crecimiento personal porque cada semana se supera a sí mismo.

El ciudadano calcula centavos con precisión quirúrgica mientras escribe ensayos digitales sobre macroeconomía.El tráfico, ese laboratorio permanente de paciencia nacional, permanece inmóvil con dignidad. Los semáforos ofrecen pausas filosóficas obligatorias. El microbús conserva su talento místico para aparecer exactamente donde menos espacio hay. El WiFi mantiene su costumbre de retirarse espiritualmente en el momento exacto de mayor necesidad. Nada de eso se altera por intensidad argumentativa en línea. Filocleón creía que juzgar lo convertía en pilar de Atenas.

El Filocleón contemporáneo cree que su comentario incendiario sostiene al país. Ambos comparten la misma satisfacción íntima: sentirse indispensables sin asumir responsabilidad real. La sensación de poder sustituye el poder verdadero. La participación emocional reemplaza la incidencia concreta. La sátira no niega avances ni desconoce esfuerzos reales; simplemente coloca un espejo delante del entusiasmo desmedido. El orgullo nacional es legítimo. La participación ciudadana es necesaria. Pero la arrogancia digital disfrazada de patriotismo termina pareciéndose demasiado a aquella obsesión griega por juzgarlo todo sin comprenderlo del todo.

El problema no es opinar. El problema es convertir la opinión en sentencia irrevocable. El problema no es defender convicciones. El problema es creer que el insulto fortalece la nación. El problema no es participar. El problema es imaginar que el ruido equivale a transformación estructural. Mientras tanto, el salario sigue intentando rendir milagros mensuales, la factura eléctrica conserva su capacidad dramática y la fila del banco avanza con la serenidad contemplativa de un documental sobre caracoles. La realidad no se intimida con mayúsculas ni se reorganiza por volumen de comentarios.

Y ahí la Escritura introduce una perspectiva que desinfla egos con elegancia: «Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar» (1 Timoteo 6:7, Reina-Valera 1960). Tampoco los seguidores, ni las discusiones ganadas, ni los hilos virales. Y el Predicador añade con honestidad directa: «Vanidad de vanidades –dijo el Predicador–; vanidad de vanidades, todo es vanidad» (Eclesiastés 1:2, Reina-Valera 1960). Vanidad es creer que un perfil digital otorga autoridad suprema. Vanidad es pensar que la agresión es justicia. Vanidad es suponer que la patria se defiende mejor desde el anonimato que desde el trabajo honesto y responsable.

Filocleón nunca entendió que el sistema no giraba alrededor de su entusiasmo. El ciudadano digital tampoco siempre advierte que el país no se sostiene con comentarios sino con carácter, responsabilidad y respeto. El verdadero servicio a la nación no necesita troles, ni amenazas, ni etiquetas deshumanizantes; necesita integridad cotidiana. Cuando se apaga la pantalla y termina la discusión virtual, lo que permanece no es la intensidad del comentario sino la calidad del comportamiento. Y si podemos reconocer a nuestro pequeño Filocleón interior antes de que empiece a dictar sentencia desde la silla, entonces la comedia deja de ser caricatura y se convierte en madurez.

Eso habría hecho sonreír a Aristófanes con esa sonrisa fina y peligrosa que solo tienen quienes saben que el humor, bien usado, es la forma más elegante de decir la verdad. Porque la risa inteligente no grita, no insulta, no destruye; simplemente deja al descubierto lo que ya estaba allí. Y cuando uno termina de reír, descubre que el chiste no era contra otros… era contra uno mismo. Aristófanes entendía que el poder puede resistir discursos, pero tiembla ante el ridículo.

Que la solemnidad excesiva es el mejor terreno para que florezca la comedia. Y que una sociedad capaz de reírse de su propio Filocleón interior —ese que se cree juez supremo desde el sillón— todavía tiene esperanza de madurez. Porque mientras exista humor con conciencia, la verdad y la justicia siempre encontrará la manera más elegante de entrar sin pedir permiso.

Abogado y teólogo

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