La migración no puede ser tratada como un contrato en el que se aprovecha la productividad y se expulsa la vulnerabilidad
La migración no puede ser tratada como un contrato en el que se aprovecha la productividad y se expulsa la vulnerabilidad
En la política migratoria de Estados Unidos hay una puerta que no se ve, pero que decide destinos: la doctrina de «carga pública». En teoría, es un filtro para evaluar si una persona que solicita una visa de inmigrante (residencia) podría depender de apoyos públicos. En la práctica, se convierte en una frontera social: no solo importa quién eres, sino cuánto «costarías».
En febrero de 2026, medios salvadoreños retomaron el debate a partir de una guía interna atribuida al Departamento de Estado que orienta a oficiales consulares a considerar condiciones de salud —incluida la obesidad y enfermedades asociadas— dentro del análisis de carga pública, reforzando la discrecionalidad de los consulados. Esta discusión no nace de la nada: organizaciones de análisis de políticas han advertido que cambios de este tipo amplían la interpretación y empujan a más familias a evitar servicios por miedo, por la confusión y por el «efecto escalofrío» que siempre acompaña al término «carga pública».
Primero, se normaliza la idea de que la salud es una falta individual, cuando muchas condiciones crónicas están atravesadas por determinantes sociales: pobreza, estrés, acceso desigual a la alimentación y a la atención médica. Segundo, se penaliza la vulnerabilidad: quien más necesita estabilidad es quien más obstáculos enfrenta para obtenerla. Y tercero, se refuerza una selección migratoria por «perfil sanitario»: se acepta al cuerpo productivo y se desconfía del cuerpo que envejece.
Desde luego, hay matices. No se trata de afirmar que «estar enfermo» automáticamente niega una visa. Incluso los reportes sobre la guía señalan que el criterio se aplica dentro del marco de carga pública y del análisis consular. Pero esa distinción, en la vida real, no tranquiliza a quien se sienta frente a un oficial con su expediente médico y un patrocinio que quizá no es perfecto. Porque lo que crece aquí es el margen de interpretación, y cuando crece la discrecionalidad, crece la desigualdad.
Ahora bien, llevemos esta reflexión a una pregunta incómoda que casi nunca se pone sobre la mesa: ¿qué carga pública representa para nuestros países la deportación de personas mayores de 59 años? Personas que, en muchos casos, entregaron su mejor fuerza de trabajo al mercado norteamericano —en agricultura, construcción, servicios, cuido y restaurantes—, sosteniendo sectores enteros con salarios bajos, altos riesgos y poca protección.
Nadie niega el aporte de la mano de obra migrante a la economía de Estados Unidos; por el contrario, ese aporte es parte estructural de su competitividad. Sin embargo, cuando llega la edad, la enfermedad o el desgaste, la lógica se invierte: se exporta el costo.
La deportación de personas mayores traslada a los países de origen la responsabilidad en salud, cuidados, reinserción y sostén familiar, en contextos donde los sistemas públicos son frágiles y las redes de protección, limitadas. Esta es la otra cara de la «carga pública»: no desaparece, solo cambia de frontera.
El debate, entonces, no es solo consular. Es un debate de justicia y coherencia: si un país se ha beneficiado durante décadas de la energía laboral migrante, ¿qué legitimidad tiene para endurecer el filtro sanitario como si la vida fuera una póliza?
La pregunta no busca romanticismo, busca equilibrio: la migración no puede ser tratada como un contrato en el que se aprovecha la productividad y se expulsa la vulnerabilidad.
En este nuevo escenario, el mensaje práctico es claro: hay que preparar mejor los expedientes, fortalecer el patrocinio y buscar asesoría. Pero el mensaje político es más profundo: si la salud se utiliza como criterio de exclusión, estamos ante una migración cada vez más condicionada por la capacidad económica.
Y si, además, se deporta a quienes ya entregaron su trabajo y hoy envejecen, entonces la «carga pública» deja de ser un concepto técnico y se convierte en lo que realmente es: un espejo de cómo se reparte —o se evade— la responsabilidad entre países.
Director AAMES Asociación Agenda Migrante El Salvador
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