La gente no tendría que demostrar que puede ser útil para merecer un trato digno
La gente no tendría que demostrar que puede ser útil para merecer un trato digno

“Tratá bien a todo el mundo; nunca sabés cuándo vas a necesitar a esa persona”.
La frase se repite como si fuera una lección de vida. Pero, si uno la escucha con atención, no está hablando de bondad: está hablando de conveniencia. Tratá bien a la gente porque quizá un día tenga poder sobre vos. Porque tal vez pueda recomendarte, abrirte una puerta, prestarte dinero o sacarte de un problema. Portate bien ahora; nunca se sabe cuándo vas a necesitar cobrarlo.
Eso no es una brújula moral. Es una agenda de contactos con pretensiones de proverbio.
La razón importa. Si mi amabilidad depende de lo que alguien puede hacer por mí, no estoy siendo amable: estoy administrando una relación para sacarle provecho. Y si dejo de ser respetuosa en cuanto descubro que esa persona no tiene influencias, dinero, contactos ni nada que ofrecerme, queda bastante claro cuál era el verdadero principio que me guiaba.
Hay algo especialmente incómodo en esa versión de la bondad: nos invita a mirar a las personas como posibles recursos. Hoy es el desconocido al que conviene tratar bien por si llega a ser nuestro jefe; mañana, la persona a la que sonreímos porque podría recomendarnos; pasado mañana, quien merece paciencia únicamente mientras pueda devolvernos el favor. La cortesía se vuelve una póliza de seguro. Una se porta bien por si acaso, como quien guarda un recibo para presentarlo cuando llegue la emergencia.
Pero la gente no tendría que demostrar que puede ser útil para merecer un trato digno.
También existe una razón menos interesada, y mucho más humana, para tratar bien a los demás: no sabemos qué está pasando en sus vidas. No sabemos si alguien viene de una discusión que lo dejó temblando, si está preocupado porque no alcanza el dinero, si tiene a un familiar enfermo, si lleva semanas durmiendo mal o si está haciendo todo lo posible para que nadie note que ya no puede más. Detrás de una respuesta cortante puede haber agotamiento; detrás de un silencio, miedo; detrás de una demora, una vida que se desordenó por razones que no conocemos.
Eso no significa que debamos justificar cualquier comportamiento ni convertirnos en receptores obligatorios de la mala conducta ajena. Significa algo más sencillo: antes de empeorarle el día a alguien, podríamos recordar que quizá ya viene cargando demasiado. No cuesta nada no humillar. No cuesta nada hablar sin crueldad, tener paciencia cuando es posible, no descargar en otra persona la frustración que no sabemos manejar. Y si cuesta, tal vez lo que está en juego no es nuestra bondad, sino nuestro orgullo.
Aun así, ni siquiera hace falta imaginar una historia triste para tratar a alguien con consideración. No hay que inventarle una tragedia a cada desconocido para reconocer que merece respeto. La dignidad no se gana contando una desgracia. Tampoco depende de que podamos comprender por completo la vida de otra persona. Basta con aceptar que no conocemos todo lo que hay detrás de ella.
Y hay una prueba que la frase del principio evita: ¿trataríamos igual de bien a alguien si supiéramos con absoluta certeza que nunca nos va a ayudar? Si no tiene poder, contactos ni dinero; si no podrá recomendarnos, salvarnos ni devolvernos el favor. Si la respuesta es no, entonces no estábamos hablando de principios. Estábamos hablando de una inversión cuyo rendimiento todavía no se había calculado.
Ser buena persona no es sembrar favores para cosecharlos después. No es comportarse con decencia porque el mundo funciona como una caja registradora y algún día nos tocará pasar por caja. Es elegir cómo queremos tratar a los demás incluso cuando no hay recompensa, testigo ni posibilidad de beneficio. Incluso cuando nadie importante está mirando. Incluso cuando esa persona no puede hacer nada por nosotros.
La bondad empieza precisamente ahí: cuando deja de ser negocio. Tratá bien a la gente, aunque no te sirva de nada. No porque un día pueda devolverte el gesto, sino porque su valor no depende de lo que pueda darte. Si solo somos respetuosos con quienes pueden ayudarnos, no estamos hablando de bondad. Estamos hablando de conveniencia con buena reputación.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo 2021
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