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Insurgencia y Universidad

Cada grupo jugó un papel en el proyecto revolucionario. Todavía es difícil hacer un balance ecuánime de sus acciones. Se ha destacado más su participación en la formación y desarrollo de la guerrilla y la guerra civil. Ya es tiempo que se discuta cómo su proyecto político afectó a la Universidad.

Es bien sabido que la insurgencia salvadoreña tuvo su origen en tres nichos: la Universidad de El Salvador, el PCS y las organizaciones socialcristianas de la UES, no en la democracia cristiana como antes se pensaba. En este proceso de radicalización política fue muy importante la reforma universitaria de 1963, no porque fuera de inspiración izquierdista ni pugnara por la revolución, sino porque abrió espacios que condujeron al surgimiento de pensamiento crítico entre los estudiantes, especialmente entre aquellos que pasaron por el sistema de áreas comunes. 

Cuando el país cometió el error de irse a la guerra con Honduras ya existía un grupo de estudiantes con inquietudes políticas de nuevo tipo que vieron el conflicto como prueba del fracaso del reformismo militar. A la luz de los años, ese diagnóstico fue apresurado. La guerra y el ciclo de huelgas obreras y magisteriales que la antecedieron, serían signos de agotamiento, nada más. La verdadera crisis vendría años después, en parte por las acciones de quienes ya habían optado por la lucha armada y por la obcecación de los que se opusieron a nuevas reformas, especialmente la agraria.

Según Fermán Cienfuegos, el primer grupo que optó por la lucha armada se reunió en la facultad de derecho el 24 de diciembre de 1969. La fecha es sugerente, en lugar de reunirse para celebrar la Navidad, como seguro hacían muchos, estos jóvenes se reunieron para tomar una decisión que sería definitoria para sus vidas y quizá para el país. Entre estos destacan Lil Milagro Ramírez, Alejandro Rivas Mira, Carlos Menjívar y Eduardo Sancho. Todos participaron en el secuestro de Ernesto Regalado Dueñas. En enero de 1970 estalló la huelga de áreas comunes en la Universidad. En el comité de huelga figuraban Rafael Arce Zablah, Francisco Jovel, Virginia Peña, Humberto Mendoza, Francisco Montes y Adán Díaz Salazar. Cercanos a ellos estuvieron Joaquín Villalobos y Felipe Peña. Todos se integraron a las organizaciones guerrilleras. De este último grupo solo sobrevivieron Jovel y Villalobos. Sus inquietudes sociales y políticas surgieron de sus estudios en el programa de áreas comunes, de su participación en la Acción Católica Universitaria Salvadoreña (ACUS) y de sus acercamientos con obreros y maestros sindicalizados. Son dos grupos diferentes que actúan simultáneamente y se juntarán tiempo después.

Estos jóvenes provenían de clase media, habían estudiado en colegios católicos y algunos de ellos tenían fama de ser intelectualmente brillantes. Por ejemplo, Arce Zablah estudiaba economía, pero fue atraído a la sociología. Como era un estudiante aventajado, el argentino Jacobo Waiselfisz lo nombró instructor de sociología; alrededor de ellos se aglutinó un grupo de jóvenes para estudiar economía y sociología. En 1971, la UES negociaba un préstamo con el BID, que fue adversado por los estudiantes. Arce Zablah y Rubén Zamora escribieron sendos ensayos en los que argumentaban por qué la UES no debía aprobar ese préstamo. Ambos eran buenos, pero el de Zablah se distingue por su lógica impecable. De hecho, el rector Rafael Menjívar suspendió no solo el préstamo, sino el programa de becas Laspau y el sistema de áreas comunes. En los tres casos se adujo penetración imperialista.

Este primer agrupamiento surgió en un entorno de pluralismo político-ideológico y era muy dado al debate, especialmente contra la ortodoxia comunista. Esta cohorte fue beneficiaria directa e inmediata de la reforma universitaria; sin embargo, tuvo mucho que ver con la primera crisis de la reforma (la huelga de áreas comunes). Su radicalización política no es producto del agotamiento y crisis del proyecto reformista militar, sino de una lectura, bien intencionada pero apresurada de los primeros signos de agotamiento (la ola de huelgas de 1967 y 68, la guerra con Honduras, y el fracaso del congreso de reforma agraria de 1970). Salieron de la UES y se fueron a la clandestinidad. 

Un segundo grupo de dirigentes estudiantiles emerge hacia 1974 cuando se relajan los controles post intervención de 1972. Estos entran directamente a la militancia de izquierda ligados a las diferentes organizaciones político militares fundadas por el primer grupo. Sus preocupaciones no son estratégicas, sino operativas: construir el componente universitario de sus respectivos frentes de masas. Su mayor fortaleza, no es el pensamiento político ni la calidad del debate, sino la agitación — las «acciones de hecho», decían —; además, apuestan mucho al reclutamiento. Su trabajo en las organizaciones estudiantiles partía de apoyar reivindicaciones de los estudiantes como una forma de ganar simpatías, organizar a cuantos pudieran para luego proyectarlos hacia la lucha revolucionaria. Paralelamente dirimían agrias disputas político ideológicas con otras organizaciones y sus correspondientes OPM.

Fueron actores clave de las luchas al interior de la Universidad entre 1977 y 1979. Salen de la UES porque esta es ocupada por los militares (1980-1984) y porque se integran a las estructuras militares del FMLN en el marco de la ofensiva de 1981. Algunos llegarán a ocupar puestos de dirigencia en sus respectivas OPM. No optan por la insurgencia por haber estudiado en la UES; algunos entran a la UES para trabajar por la insurgencia. En este grupo puede mencionarse a Manuel Franco, Medardo González, Eduardo Linares y Atilio Montalvo. Más tarde aparecerán dirigentes como Óscar Bonilla y Rufino Quezada. El nivel intelectual de estos dirigentes era inferior al grupo anterior; destacaban como organizadores y agitadores, pero el tipo de debate que realizaban y lo poco que publicaban dejan ver que su formación académica y la calidad de su pensamiento político estaba muy lejos de lo logrado por los primeros. Paradójicamente, fue este grupo el que tuvo más incidencia en la Universidad.

Cuando cayó el CAPUES (diciembre de 1978) se abrió una coyuntura esperanzadora para la UES. Volvió la autonomía y se procedió a elegir autoridades. Sin embargo, las diputas entre las organizaciones estudiantiles y sus luchas por imponer o quitar autoridades sumieron a la institución en una situación cuasi anárquica. Para entonces, las organizaciones estudiantiles ya eran parte de los frentes de masas de las OPM. Se descalifican mutuamente, abundan los panfletos y los insultos. Eduardo Badía es electo rector y renuncia por presión estudiantil. Luis Argueta Antillón es nombrado rector provisorio. 

La disputa se define en noviembre de 1979, cuando Félix Ulloa es electo rector gracias a que se impone el UR 19, con lo que la Universidad queda temporalmente hegemonizada por las FPL. Esta victoria fue breve, porque el ejército ocupó el campus en junio de 1980. Además, a finales de octubre fue asesinado el rector Ulloa. Para entonces el país vivía una vorágine de violencia política. En el marco de la ocupación del campus y la «ofensiva general» de enero de 1981, una parte de los líderes de los frentes estudiantiles se incorporaron al FMLN y algunos llegaron a ser miembros de la comisión política de sus respectivas OPM. Los que sobrevivieron condujeron la conversión del Frente a partido político legalizado en el marco de los acuerdos de paz.

Cada grupo jugó un papel en el proyecto revolucionario. Todavía es difícil hacer un balance ecuánime de sus acciones. Se ha destacado más su participación en la formación y desarrollo de la guerrilla y la guerra civil. Ya es tiempo que se discuta cómo su proyecto político afectó a la Universidad. Sin negar los ideales libertarios y de justicia que enarbolaban y la decisión con que lucharon por ellos, habrá que valorar que tan acertados eran los análisis que los llevaron a tomar sus decisiones Todo ello sin olvidar que, las décadas de 1960 y 70 fueron pletóricas de ideas cambio en todo el mundo. «No confíes en alguien mayor de treinta años», decía Jerry Rubin, figura emblemática de la contracultura estadounidense de los años 60. La frase calza bien con estos liderazgos universitarios; sus inquietudes consecuencia y negación de los cambios en la UES, el país y el mundo.  

Historiador, Universidad de El Salvador

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