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Indiferencia, la grieta del alma, que no se repita en 2026

Santiago lo expresa con una claridad que incomoda: el pecado no es solo hacer el mal, sino dejar de hacer el bien cuando se sabe que debe hacerse.

Uno de los signos más alarmantes de una sociedad no es la presencia del mal visible, sino la tranquilidad con la que aprende a convivir con él. El mal abierto escandaliza, indigna y provoca reacción; la indiferencia, en cambio, se instala con suavidad, se vuelve costumbre y termina siendo aceptada como parte normal de la vida. Desde una perspectiva teológica, la indiferencia no es una simple falta de sensibilidad emocional, sino una fractura espiritual: es el momento en que el corazón humano deja de reflejar el carácter de Dios y comienza a protegerse a sí mismo del sufrimiento del prójimo.

La Escritura presenta a Dios como aquel que no es indiferente. Desde el Antiguo Testamento, Él se revela como el Dios que «vio la aflicción de su pueblo» y descendió para liberarlo. Ver, en el lenguaje bíblico, nunca es un acto pasivo; ver implica involucrarse. Por eso, cuando el ser humano aprende a ver sin involucrarse, se aleja del modo de ser de Dios. La indiferencia, entonces, no es neutralidad moral, sino distancia del corazón divino. El 2025 nos interpela a revisar si hemos permitido que esa distancia se normalice. La parábola del Buen Samaritano no es una historia moralizante simple; es una radiografía espiritual.

El sacerdote y el levita no representan a personas perversas, sino a personas correctamente formadas dentro de un sistema religioso. Conocían la ley, sabían lo que estaba escrito, entendían el concepto de prójimo. Sin embargo, al ver al hombre herido, eligieron pasar de largo. Teológicamente, esto revela una verdad incómoda: es posible conocer a Dios en la mente y desconocerlo en el corazón. El samaritano, por el contrario, no fue movido por doctrina, sino por misericordia, y en ese acto reflejó mejor el carácter de Dios que quienes tenían el lenguaje correcto.

Jesús subraya esta verdad cuando declara que Dios desea misericordia y no sacrificio. No está rechazando el orden, la ley o la justicia, sino denunciando una espiritualidad sin compasión. Desde una perspectiva teológica, la misericordia no es un complemento de la fe; es una expresión esencial de la imagen de Dios restaurada en el ser humano. Cuando la misericordia desaparece, la fe se convierte en estructura vacía, y la justicia se transforma en rigor sin alma. El 2026 no puede ser simplemente un año de mayor control social; debe ser un año de mayor coherencia espiritual.

La indiferencia también se manifiesta en la omisión. Santiago lo expresa con una claridad que incomoda: el pecado no es solo hacer el mal, sino dejar de hacer el bien cuando se sabe que debe hacerse. En términos teológicos, la omisión revela una fe que ha perdido su dinamismo. No se trata de actos heroicos, sino de sensibilidad cotidiana. Cuando el creyente se acostumbra al sufrimiento del otro y lo considera inevitable o merecido, su conciencia se va endureciendo, y esa dureza afecta no solo al prójimo, sino a su relación con Dios.

Jesús lleva esta enseñanza al extremo en Mateo 25, donde identifica Su propia presencia con los más vulnerables. Aquí la teología se vuelve radical: Dios se deja encontrar en el necesitado. No ayudar al hambriento, no vestir al desnudo, no visitar al encarcelado no es solo una falla ética; es una falla cristológica. Ignorar al pequeño es ignorar al Señor. Esta afirmación desmonta cualquier intento de espiritualidad cómoda. El 2025 nos confronta con esta pregunta: ¿hemos organizado una fe que funciona sin involucrarse con el dolor humano?

La falta de empatía, desde esta perspectiva, no es una debilidad emocional, sino una señal de desencarnación espiritual. Dios no salvó al mundo desde la distancia; se encarnó. La encarnación es el acto supremo de empatía divina: Dios entrando en el dolor humano para redimirlo desde dentro. Cuando el creyente pierde la capacidad de empatizar, se aleja del modelo mismo de la salvación. El cristianismo sin empatía se vuelve contradictorio, porque anuncia a un Dios cercano con prácticas de lejanía. Por eso el llamado profético de Miqueas sigue siendo una brújula para el tiempo que viene: hacer justicia, amar misericordia y caminar humildemente con Dios.

Amar la misericordia implica disfrutarla, buscarla y practicarla, no solo tolerarla. La humildad, por su parte, es reconocer que nadie está exento de error, de fragilidad o de necesidad. El 2026 debe ser un año donde esta tríada no sea discurso, sino criterio de vida personal y colectiva.Cambiar rumbo implica reconocer que nos hemos acostumbrado a cosas que no deberíamos aceptar como normales. Implica permitir que el dolor ajeno vuelva a tocarnos, aunque incomode, aunque exija revisión de posturas y hábitos. La conversión que el 2026 demanda no es solo social; es profundamente espiritual. Es un regreso al corazón de Dios, que sigue siendo compasivo, paciente y lleno de misericordia.

Que el próximo año no nos encuentre simplemente más eficientes, con sistemas mejor organizados, procesos más rápidos y respuestas más automáticas, pero al mismo tiempo menos humanos, más fríos y más distantes del dolor real de las personas. La eficiencia, cuando no está guiada por la misericordia, corre el riesgo de convertir a los seres humanos en casos, números o expedientes. Dios nunca sacrificó la dignidad humana en nombre del orden; por el contrario, toda acción divina en la historia de la salvación ha tenido como centro a la persona, incluso cuando eso implicó detenerse, escuchar y cargar con el sufrimiento del otro.

Que no lleguemos a ser expertos en imponer orden y principiantes en compasión. El orden es necesario, pero la compasión es indispensable. Un orden sin compasión corrige, pero no restaura; controla, pero no sana. La Biblia nunca presenta la justicia de Dios como fría o mecánica, sino como una justicia que se inclina, que escucha el clamor del afligido y que actúa con misericordia. Cuando la compasión desaparece, el orden deja de ser justo y se convierte en una forma elegante de dureza. Que la fe vuelva a sentirse, no solo a escucharse en discursos o a leerse en textos, sino a experimentarse en la forma concreta en que tratamos al prójimo.

La fe auténtica siempre deja huellas visibles: en el trato al débil, en la paciencia con el que falla, en la defensa del que no tiene voz. Una fe que no se traduce en gestos de misericordia termina siendo solo un lenguaje religioso sin encarnación, muy lejos del Evangelio que proclama a un Dios cercano y compasivo. Porque mientras el corazón humano sea capaz de conmoverse ante el dolor ajeno, la imagen de Dios sigue viva en él. La sensibilidad no es debilidad; es señal de que el ser humano aún conserva la capacidad de amar como Dios ama. Cuando dejamos de sentir, cuando el sufrimiento del otro ya no nos toca, no nos volvemos más fuertes, sino más vacíos.

La empatía es una expresión de la imagen divina restaurada, una prueba de que el corazón no ha sido completamente endurecido. Y si el 2026 logra despertar esa empatía dormida —si nos permite volver a ver rostros donde antes veíamos etiquetas, historias donde antes veíamos rumores, personas donde antes veíamos problemas—, entonces no será simplemente un cambio de calendario. Será un verdadero tiempo de renovación interior y colectiva. Un año donde el orden camine de la mano con la misericordia, donde la justicia no pierda su alma y donde la fe vuelva a respirar humanidad.

Abogado y teólogo

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