De estudiantes, el Rosales era nuestra casa pues ahí pasábamos por lo menos 10 horas del día y el día que nos tocaba hacer turno era cosa de pasar más de 30 horas seguidas.
De estudiantes, el Rosales era nuestra casa pues ahí pasábamos por lo menos 10 horas del día y el día que nos tocaba hacer turno era cosa de pasar más de 30 horas seguidas.
El primer año de la carrera de medicina, el primer año de premédica, lo hice en los Estados Unidos. En 1965, comencé el segundo año de premédica en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de El Salvador. Premédica era de puras ciencias básicas.
Los siguientes 4 años de la carrera, ya eran de clínica y los pasé entre el Hospital Rosales (Medicina Interna y Cirugía), el Hospital de Maternidad (Ginecología y Obstetricia) y el Hospital Bloom (Pediatría); la bendición fue que los tres hospitales estaban uno frente al otro, todo estaba congregado en la misma zona.
Especialmente grabado en mi memoria ha quedado el primer día que llegué al Rosales con mi gabacha blanca corta, mi estetoscopio alrededor del cuello y mi estuche Welch Allyn en el bolsillo de la gabacha (para ver el fondo de ojo, las fosas nasales y los oídos). ¡Fue un día inolvidable!
La primera rotación de ese primer año fue tres meses en cirugía, que era lo que me gustaba. Nos dividieron en grupos de 4, mi grupo eran Elizabeth Alfaro Bacaro, Enrique Angulo Samayoa, Enrique Alvarez Yan y yo.
El Dr. Mario Reni Roldán había sido maestro antes que médico por lo que daba una enseñanza sin igual, y fue él quien nos enseño Semiología (como hacer la historia clínica y el examen físico). Cada día había algo nuevo que aprender por lo que, por lo menos de mi parte, cada día que pasaba quedaba con gran satisfacción y con ansias de que llegara el nuevo día por la curiosidad de lo que iba a aprender. Yo que fui un mal estudiante en la secundaria, en la carrera de medicina me encantaba estudiar y me devoraba los libros con gran entusiasmo; tuve la suerte de poder comprar cuanto libro que necesité.
Al grupo nos asignaban a uno de los servicios donde recibíamos instrucción por los médicos asignados en ese servicio; igualmente participábamos en las cirugías. A primera hora por las mañanas pasábamos visita de todos los pacientes con los profesores y luego íbamos a sala de operaciones; por las tardes había clases de diferentes temas quirúrgicos, donde llegaba Benedicto a pasar lista de asistencia (Benedicto era el bedel de la facultad) y el resto de la tarde la pasábamos en el servicio atendiendo pacientes. En cada servicio también estaban los internos y los residentes quienes también tenían la obligación de dar enseñanza a los estudiantes; por las tardes las cirugías estaban a cargo de ellos y los estudiantes teníamos que ir con ellos también.
El Hospital Rosales de entonces estaba casi igual al descrito en la primera parte del artículo. Los pabellones estaban iguales, solo que, en vez de 24 camas, había como 40 por pabellón. Se habían añadido otras edificaciones: las pensiones, el consultorio de Cardiología y el de Gastroenterología, gabinete de RX, casa de internos, el cafetín pegado a la cocina, el pabellón del Quinto Servicio de Cirugía Abdominal, y otros. En la zona donde estuvo la morgue, al otro extremo del puente, se construyeron los cuartos de los Residentes y en los terrenos libres se construyo Patología y el pabellón de Dermatología. Bajo los pabellones que dan al Parque Cuscatlán (sur), se construyeron los pabellones de Urología, Ortopedia y el de los presos. Atrás de los pabellones del lado norte, se construyó la Emergencia y la consulta externa.
Durante los 4 años del área clínica, 1966-1969, rotamos, por el Rosales; 3 meses en cirugía y 3 meses en medicina interna cada año, rotando por los diferentes departamentos y servicios, junto con sus respectivos profesores e instructores.
En ambos departamentos teníamos excelentes profesores, médicos internistas y cirujanos de esa época.
En Cirugía recuerdo a los doctores Salvador Infante Díaz, Alejandro Gamero Orellana, Mario Reni Roldán, José Cepeda Magaña, Manuel Moran, Daniel Olivares, Juan Hasbún, Jorge Sánchez Araus, Guillermo Rodríguez Pacas, José Francisco Valiente, Simge Befeler, Enrique Muyshondt y Ernesto Núñez (Cirugía General), José Soto (Cirugía Plástica), Humberto Escapini y Roberto Bracamonte (Oftalmología), Francisco Velasco, Dimas Funes Hartmann, Rómulo Colindres y Melitón Barba (Ortopedia), Antonio Ramírez Amaya y José Kury (Neurocirugía), Daniel Alfaro y Francisco Espinoza (Otorrinolaringología), Ángel Bettaglio, Tomás Palomo Alcaine, Luis Carlos Alfaro y Salvador Rivera Godoy (Urología).
En Medicina Interna estaban los doctores José Simón Basagoitia, Juan José Fernández, Adela Cabezas de Allwood, Donaldo Moreno y el Maestro Luis Edmundo Vásquez. Andrés Amador (Endocrinología), Roberto Hasbún, Jesús García y Jorge Víctor Menéndez (Gastroenterología), Juan José Rodríguez (Dermatología), Guillermo Sancho Colombari (Hematología), José Molina Martínez (Psiquiatría), Mario Romero Alvergue (Neurología), Efraín Maza Sicilia, Ricardo Suárez Arana, Alicia Rivera de Zepeda, Luis Ernesto Urrutia y Ernesto Lima (Cardiología), Narciso Díaz Bazán, Víctor Antonio Guerra Rivas y Guillermo Hidalgo Vejar (Oncología).
En otros departamentos, los doctores: Víctor Manuel Esquivel, Raúl Arguello Manning y Mario Sosa (Radiología), Roberto Masferrer, Francisco Velásquez, Francisco Platero, Hilda Herrera, Guillermo Linares y Félix Raúl Betancourt (Patología), Max Bloch y Mauricio Ponce (Laboratorio), Fernando Escobar y Roberto Ahues (Anestesia). Pido disculpas, pues uno que otro se me va a quedar en el tintero.
Chepe era el encargado de dar ropa de sala de operaciones, Toyita Figueroa era la enfermera jefe de Recuperación, la señorita Rosales (cariñosamente apodada “La Calaca”) era una excelente enfermera instrumentista, en sala de operaciones recuerdo a las enfermeras señoritas Segura y Sosa (“Sosita”). Igualmente recuerdo a muchos más técnicos de anestesia, enfermeros y enfermeras, y empleados, que lastimosamente no recuerdo sus nombres.
Los sábados por la mañana estaban las Conferencias Anatomoclínicas, donde a uno de los médicos se le encargaba de presentar un caso, hacer el diagnóstico diferencial y dar su diagnóstico final; luego venían los comentarios de los médicos asistentes para finalizar con el diagnóstico de patología, seguido de un comentario final y correlación del caso que generalmente lo hacia el Maestro Vásquez.
Igualmente, teníamos las Anatomoclínicas del Maestro Vásquez con el formato del Massachusetts General Hospital del Dr. Benjamin Castleman; la diferencia era que los presentadores eran estudiantes. Además del Patólogo, asistían uno que otro profesor.
De estudiantes, el Rosales era nuestra casa pues ahí pasábamos por lo menos 10 horas del día y el día que nos tocaba hacer turno era cosa de pasar más de 30 horas seguidas.
Durante esos 4 años, y después de caminar kilómetros y kilómetros por esos aireados corredores, y de pasar cientos de horas en los servicios, la emergencia y la sala de operaciones, creo que no hay estudiante de medicina que no le tenga un cariño especial al viejo caserón del Rosales; y porqué no decirlo, todos los que por ahí pasamos, deberíamos tenerle un enorme agradecimiento a este hospital por habernos dado tanto durante nuestra formación. De mi parte, siempre lo recuerdo con mucho cariño y mi agradecimiento no tiene límite.
(Continuará)
Cirujano Coloproctólogo
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