Las políticas públicas deben priorizar vías regulares, refugio efectivo, asilo sin castigo, fronteras con derechos y retornos con dignidad.
Las políticas públicas deben priorizar vías regulares, refugio efectivo, asilo sin castigo, fronteras con derechos y retornos con dignidad.
Hay una imagen que resume nuestra época: unas huellas que avanzan y se vuelven luz. No es romanticismo; es realidad. Cada paso migrante carga cansancio, miedo y pérdida, pero también una valentía que muchas sociedades prefieren no mirar. Al iniciar 2026, el mundo solidario tiene un desafío impostergable: dejar de hablar de migración como “problema” y empezar a tratarla como lo que es: una cuestión de vida, derechos y políticas públicas.
En las fronteras —en el norte y también en el sur— se normalizan la espera interminable, la desinformación, la extorsión y el trato inhumano. Mientras tanto, el asilo se vuelve una carrera de obstáculos. Pedir protección no debería ser una lotería ni un privilegio; es un derecho. El refugio, pensado para salvar vidas, se debilita cuando se impone la sospecha sobre la persona que huye, como si la persecución, la violencia o la amenaza fueran decisiones personales y no tragedias sociales.
Y luego está la deportación: una palabra administrativa para describir rupturas familiares, pérdidas económicas y retornos forzados sin garantías. Un retorno sin reintegración es una segunda expulsión, esta vez silenciosa: vuelve la persona, pero no vuelven los derechos, ni el empleo, ni la seguridad. La agenda pública debe asumirlo con seriedad: atención psicosocial, rutas de empleo, reconocimiento de competencias, protección del patrimonio, prevención de violencia y acceso real a servicios.
A todo esto se suma el medio ambiente. Sequías, inundaciones y pérdida de cosechas empujan a comunidades enteras. La movilidad por causas climáticas no es “futuro”; ya está aquí. Sin marcos de protección y cooperación regional, la gente seguirá moviéndose por sobrevivencia, chocando con muros físicos y legales.
2026 puede ser el año en que el mundo solidario deje de medir la migración solo con números y empiece a medirla con humanidad. Las políticas públicas deben priorizar vías regulares, refugio efectivo, asilo sin castigo, fronteras con derechos y retornos con dignidad. Porque al final, esas huellas no buscan invadir: buscan vivir. Y una sociedad se define no por cómo recibe a los triunfadores, sino por cómo protege a quien llega con las manos vacías y la esperanza intacta.
Director Agenda Migrante de El Salvador (AAMES)

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