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Gaviotas de un amor (I)

Recuerdo de algún amor perdido que había encarnado en su vuelo fugaz de bruma y horizontes. Era mi segundo día de vacaciones. El mar se oía como la respiración de un inmenso ser de sal y de ventisca al medio de la eternidad de sus mareas.

Talvez porque las gaviotas fueron tan sólo reflejo de distancias sobre el mar, aquella viajera de mi leyenda -tan pronto la quería alcanzar- desaparecía como un blanco anhelo de nube y ausencias. Recuerdo de algún amor perdido que había encarnado en su vuelo fugaz de bruma y horizontes. Era mi segundo día de vacaciones. El mar se oía como la respiración de un inmenso ser de sal y de ventisca al medio de la eternidad de sus mareas. Dejé la siesta y salí a caminar a la playa de plomo, rumor y caracoles. En aquel momento no pasaban barcos ni lanchas fantasmas de pescadores. Sentí -a pesar de la soledad- que estaba disfrutando a plenitud mi retiro. Sin extrañar la ciudad, el barrio de los corazones rotos, el tráfico sofocante y su vacío de multitudes. Algo faltaba en mi interior y lo buscaba en aquel litoral marino. Luego fui a beber cerveza a las chozas de paja y mangle de los pescadores. Después regresé a la cabaña. Antes de entrar miré hacia el mar y busqué el rostro de algún amor, en el recuerdo de un tiempo feliz. Mientras tanto, la ventisca arrastraba el eco de un nombre en la memoria. Al día siguiente amaneció más temprano y decidí volver a la ciudad, dejando atrás la celeste inmensidad. Antes de irme fui hasta la orilla oceánica a contemplar las verdes marejadas en vaciante que volvían desde las profundas estepas en vaciante. Fue cuando vi caer sobre los riscos una gaviota golpeada y sin fuerzas de volar. Entonces la recogí y vi que estaba herida. Talvez por un amor o los arrecifes, hirientes espejos cegadores bajo el sol. Decidí salvarla. (De “El Sueño y la Gaviota”) ©

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