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Finitos usurpadores

Desde Hugo Chávez hasta Maduro, Daniel Ortega y Nayib Bukele, la usurpación en América Latina es en esencia la misma. El intento de restaurar, con el alto poder de fuego, el mundo de Tucídides por el presidente Trump, alienta en la región el imaginario de un chavismo sin Maduro, un orteguismo sin Ortega y un bukelismo sin Bukele.

Por caducos y su poco grosor, son doblemente finitos los usurpadores. Según diccionarios españoles, usurpador es quien se apodera -por lo general con violencia- de un derecho o de una propiedad que legítimamente pertenece a otro. Esta definición es útil para identificar a aquellos que se adueñan para sí mismos, sus familias, cómplices y lacayos, del derecho y las propiedades que son del pueblo.


Las usurpaciones van desde transgredir Cartas Magnas, tratados y convenios internacionales, hasta el saqueo de la hacienda pública, la represión directa, la inyección de terror generalizado, el encarcelamiento arbitrario de civiles inocentes y de defensores de la democracia, el medio ambiente y los derechos humanos. La anulación de la prensa libre e independiente es un objetivo clave de los usurpadores en los últimos dos siglos.


Hasta la Primera Guerra Mundial, las potencias tenían el derecho de conquistar territorios de otros países, practicar la diplomacia de los bloqueos navales (como los que ejecutó Londres en Centroamérica para el pago de deudas), y gozar de impunidad para no ser enjuiciados por crímenes de guerra. Era aún el universo del militar e historiador ateniense Tucídides, recordado por la opinión pública tal cual lo expliqué allá por 1999 y sobre todo tras la invasión de EE. UU. a Irak del 2003 en la que murieron innecesariamente soldados salvadoreños.


Ese mundo había concluido nominalmente con el Tratado General para la Renuncia a la Guerra impulsado por EE. UU. y Francia en 1928 el cual fue respaldado con casi 60 firmas que eran la mayoría de los Estados nacionales en todo el planeta hace un siglo. Si bien los albores de la Segunda Guerra Mundial desdibujaron temporalmente el tratado tras la invasión japonesa a China en 1931, el convenio fue fundamento y pilar para las nacientes Naciones Unidas que se erigió sobre los valores de la democracia y la paz por lo que prohibió amenazar la integridad territorial de una nación por otra. De hecho, en virtud del tratado, nadie reconoció como legítima la apropiación japonesa de Manchuria (por eso, instalaron como marioneta al último emperador Pu-Yi) menos lo harían sobre la Etiopía conquistada por Mussolini en 1935 y los territorios invadidos por Hitler a partir de 1939. Adquiría supremacía el principio del “No Reconocimiento” existente hasta nuestros días.


En verdad, toda usurpación encarna la angustia del perpetrador por su propia caducidad y su delgado espesor ético y político. Eso lo entendieron los reaccionarios del Partido Comunista de China (PCCh) cuando murió el gran reformista Deng Xiaoping en 1997. Deng vivió un tiempo en Europa donde gozó las libertades y garantías fundamentales. Al volver a China, sufrió cárcel y destierro bajo el régimen de Mao. Los conservadores tenían que atajar más aperturas de las impulsadas por Deng y Hu Yaobang -secretario general del PCCh, también purgado por Mao- quienes percibieron la viabilidad china sólo con una industrialización a gran escala y la inserción a la globalización económica. Hu dejó el liderazgo del PCCh en 1987. Su muerte en abril de 1989 detonó las manifestaciones estudiantiles sofocadas por los reaccionarios con la matanza en la Plaza de Tiananmen, meses antes de la caída del Muro de Berlín. Diez años después, ese mismo giro autoritario haría Vladimir Putin, títere de la nueva oligarquía rusa, para asfixiar la Glasnost y la Perestroika encabezadas por Gorvachev, Shevardnadze y Yakovlev.


Desde Hugo Chávez hasta Maduro, Daniel Ortega y Nayib Bukele, la usurpación en América Latina es en esencia la misma. El intento de restaurar, con el alto poder de fuego, el mundo de Tucídides por el presidente Trump, alienta en la región el imaginario de un chavismo sin Maduro, un orteguismo sin Ortega y un bukelismo sin Bukele. El más infame ciclo de regímenes en los términos de Trump -sin prurito moral para sentenciar que Groenlandia debe ser suya- a The New York Times: el único freno es él mismo, su “propia moralidad”, “no necesito el Derecho Internacional”.


¿Era realista la continuación del nazismo sin Hitler, del fascismo sin Mussolini, del militarismo japonés, hace 80 años? No. ¿Cómo será la desbandada autoritaria en América Latina cuando el electorado estadounidense rectifique el rumbo de su nación en los comicios de noviembre? Algunos liderazgos MAGA le reprochan a Trump que no votaron por un gobierno agresor ni comercial ni militar. Este 6 de enero -después de ir por Maduro a Caracas- un Trump inseguro y ansioso exhortó a colectivos que aún lo apoyan: “No voy a decir que cancelen las elecciones; deberían cancelarlas”. Para Trump, su partido republicano debe triunfar “porque si no las ganamos…quiero decir ellos (los demócratas) encontrarán un motivo para someterme a juicio político”.


El universal guatemalteco Augusto Monterroso nos aleccionó que “cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Confío que cuando nosotros abramos los ojos, los finitos usurpadores ya no estén allí.

Especialista salvadoreño en Relaciones Internacionales, integración regional y migraciones

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