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Fin del tratado nuclear New START: ¿el renacer nuclear?

Más que nunca, el edificio del control de las armas nucleares entre los llamados «países responsables» aparece frágil, en un contexto internacional marcado por tensiones persistentes en Europa, Oriente Medio, América Latina y Asia.

Desde el pasado 5 de febrero, el Tratado New START, firmado el 8 de abril de 2010 entre Estados Unidos y Rusia, ha dejado de estar en vigor. Este acuerdo formaba parte del dispositivo internacional destinado a encuadrar el desarme nuclear estratégico y su expiración abre una brecha inédita en un contexto de crecientes tensiones internacionales.

Por primera vez en más de 50 años, esto implica eliminar cualquier límite a los dos arsenales atómicos más grandes, lo cual acrecienta el riesgo de una nueva carrera armamentística.

En 2010, los entonces presidentes de Rusia, Dmitri Medvédev, y de Estados Unidos, Barack Obama, firmaron un tratado «relativo a medidas para la reducción y limitación adicionales de los armamentos ofensivos estratégicos», conocido como New START. Este acuerdo completaba la serie de tratados START (Strategic Arms Reduction Treaty) iniciados en la década de 1990.

El acuerdo limitaba a 1,550 las ojivas nucleares «desplegadas estratégicamente» que cada país podía tener. En esa cifra no se incluyen las armas «tácticas», que suelen tener menor potencia y alcance.

El START I, firmado el 31 de julio de 1991, estableció límites al número de misiles lanzadores y de cabezas nucleares, dentro de un calendario de reducción en tres fases a lo largo de quince años. Posteriormente, el START II, firmado el 14 de abril de 1993, y el START III, negociado los 21 y 22 de marzo de 1997, buscaron reducir aún más los límites autorizados por el START II.

Con la firma del New START, al final del período de vigencia de los tratados anteriores, se fijó un máximo de 700 lanzadores nucleares estratégicos desplegados y 1.500 cabezas nucleares instaladas en dichos misiles. El tratado también estableció un sistema de inspección y verificación para garantizar el cumplimiento de sus cláusulas. Sin embargo, no incluía las armas nucleares tácticas ni el número de ojivas nucleares inactivas almacenadas.

En 2021, Estados Unidos y Rusia acordaron prorrogar la vigencia del tratado hasta el 5 de febrero de 2026. A pesar de la «suspensión» anunciada por Rusia el 21 de febrero de 2023, a raíz del conflicto en Ucrania, Moscú no se retiró formalmente del tratado y afirmó que seguiría respetando los límites numéricos previstos. New START era, en efecto, el resultado de una larga serie de acuerdos iniciados en la década de 1960, en pleno contexto de la Guerra Fría (1947-1991), entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética.

El Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), firmado en 1968, inauguró la era de los acuerdos de control de armamentos, junto con los tratados SALT (Strategic Arms Limitation Talks). En 1972, el SALT I congeló el número de misiles balísticos intercontinentales y los lanzados desde submarinos. En 1979, el SALT II limitó el número de bombarderos y lanzamisiles, aunque nunca fue ratificado por Estados Unidos debido a la invasión soviética de Afganistán.

Durante la década de 1980, los tratados START permitieron una reducción «drástica» de los arsenales nucleares soviético y estadounidense. De un máximo de 6.000 ojivas con el START I, se estableció un objetivo de 3.500 con el START II, aunque este último tampoco fue ratificado por Moscú.

En 2002, se firmó el SORT (Strategic Offensive Reductions Treaty), que limitó el número de ojivas estratégicas desplegadas entre 1.700 y 2.200. Este acuerdo estuvo vigente hasta 2011, cuando fue reemplazado por el New START.

La importancia del fin del tratado New START es tanto simbólica como operativa. Por primera vez en más de 50 años, no existe ningún tratado vinculante que limite los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia. El riesgo de una nueva carrera armamentista entre las dos principales potencias nucleares reaparece, en un momento en que las relaciones internacionales atraviesan tensiones inéditas desde el fin de la Guerra Fría.

La OTAN ha llamado a la «responsabilidad» y a la «moderación». Según Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, «no puede lograrse un verdadero control de armamentos en el siglo XXI sin incluir a China», teniendo en cuenta el rápido crecimiento de su arsenal nuclear. Sin embargo, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino afirmó que Pekín «rechaza» por el momento un nuevo tratado. Según China, su capacidad nuclear «no está al mismo nivel que la de Estados Unidos y Rusia», por lo que «no resulta razonable pedirle que se sume a negociaciones de desarme en esta etapa».

Pekín defiende el principio de «no primer uso» de las armas nucleares, es decir, su utilización únicamente como represalia y no como instrumento para iniciar un conflicto. Esta postura es compartida por otras potencias nucleares como Francia y Reino Unido. En cambio, India, Pakistán y Corea del Norte no han firmado el TNP, mientras que Israel nunca ha reconocido oficialmente su pertenencia al llamado «club nuclear», al que Irán aspira a incorporarse.

El secretario general de la ONU, António Guterres, lo calificó como un «momento grave para la paz y la seguridad internacional» y exhortó a Washington y Moscú a «regresar a la mesa de negociaciones sin demora y acordar un marco sucesor».

Por su parte, el papa León XIV alertó del riesgo de una «nueva carrera armamentística» e instó «a no dejar caer este instrumento sin intentar garantizarle un seguimiento concreto y eficaz».

Más que nunca, el edificio del control de las armas nucleares entre los llamados «países responsables» aparece frágil, en un contexto internacional marcado por tensiones persistentes en Europa, Oriente Medio, América Latina y Asia.

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