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Entre la sed y la luz

El problema religioso de nuestra época no es la falta de templos. Es la falta de verdad. Hay mucha fe de apariencia, pero poca conversión interior. Mucha devoción pública y poca misericordia privada. Mucha oración que sube a los labios… pero no llega al corazón.

Hay domingos en que el Evangelio no se limita a leerse: se queda rondando como una pregunta incómoda. Los de esta semana —el tercero y el cuarto de Cuaresma— pertenecen a esa categoría peligrosa de textos que no permiten salir de la iglesia igual que como entramos.

Primero aparece un pozo.

Después, un ciego.

Y entre ambos, el retrato completo del ser humano.

El tercer domingo nos coloca frente a una escena sencilla: Jesús, cansado del camino, sentado junto al pozo de Sicar. Allí se encuentra con una mujer samaritana y le pide agua. Lo curioso es que, en el Evangelio según san Juan, quien pide agua termina ofreciendo algo mucho más profundo: el “agua viva” que sacia la sed del alma.

La escena parece antigua, pero no lo es tanto.

Porque, si algo caracteriza a nuestra época, es la sed: sed de reconocimiento, de poder, de afecto, de dinero, de seguridad, de futuro. Sed de todo… y satisfacción de casi nada.

Vivimos rodeados de pozos que prometen saciar. Redes sociales, ideologías, consumo, fama instantánea. Pero, como ocurre con el agua del pozo de Sicar, uno bebe… y al rato vuelve la sed.

La samaritana llega al mediodía, cuando nadie suele ir al pozo. No es casualidad. El Evangelio sugiere una vida complicada, quizá marcada por juicios ajenos y errores propios. Y aun así, es precisamente a ella a quien Jesús le revela algo extraordinario: que la verdadera adoración no depende de templos ni montañas, sino de hacerlo “en espíritu y verdad”.

En ACI Prensa leí una idea que vale la pena mencionar en este contexto:

Dios no se impresiona con rituales vacíos.

Y ese mensaje, si somos honestos, sigue siendo incómodo.

Porque el problema religioso de nuestra época no es la falta de templos. Es la falta de verdad. Hay mucha fe de apariencia, pero poca conversión interior. Mucha devoción pública y poca misericordia privada. Mucha oración que sube a los labios… pero no llega al corazón.

Luego llega el cuarto domingo de Cuaresma y el Evangelio cambia de escenario. Ya no es un pozo. Es un hombre ciego de nacimiento.

Jesús lo encuentra, lo sana y lo envía a lavarse. El hombre regresa viendo. Lo extraordinario es que quienes deberían alegrarse —los fariseos— se dedican a discutir si el milagro era legal o no.

Y allí aparece la ironía del Evangelio.

El ciego comienza sin ver y termina creyendo.

Los que presumen ver… terminan en la oscuridad.

El relato no trata realmente de ojos, sino de algo más profundo: la capacidad de reconocer la verdad.

La ceguera física del hombre resulta menos grave que la ceguera espiritual de quienes lo rodean. Porque hay una forma de oscuridad que no tiene nada que ver con la vista: la soberbia.

Nada enceguece más que creer que uno ya lo sabe todo.

La Cuaresma, en el fondo, es una pedagogía del alma. Primero nos revela la sed —como a la samaritana— y luego nos muestra nuestra ceguera —como al hombre del camino—.

Sed y oscuridad.

Dos maneras de describir la misma condición humana.

Y quizá por eso estos Evangelios siguen siendo actuales. Porque hablan de lo que nadie quiere admitir: que muchas veces vivimos sedientos de sentido y ciegos frente a lo esencial.

El mundo moderno presume de información, pero no siempre de sabiduría. Sabe mucho sobre cómo funcionan las cosas, pero cada vez menos sobre para qué sirven.

Sabemos construir ciudades, pero no comunidades.

Sabemos comunicar, pero no escuchar.

Sabemos consumir, pero no agradecer.

Y en medio de esa paradoja, el Evangelio propone algo sorprendentemente simple:

Agua para la sed.

Luz para la oscuridad.

No como metáforas bonitas, sino como una invitación concreta: reconocer que la vida no se sostiene solo con logros, títulos o posesiones. Hay algo más profundo que nos sostiene.

La samaritana terminó dejando su cántaro para anunciar lo que había descubierto. El ciego terminó adorando a quien le devolvió la vista.

Ambos hicieron lo mismo: pasaron del encuentro a la transformación.

Tal vez ahí está la verdadera pregunta de esta Cuaresma:

No si hemos escuchado el Evangelio —eso lo hace cualquiera—, sino si hemos permitido que nos toque.

Porque todos, de alguna manera, llegamos a este tiempo como la samaritana: con sed.

Y caminamos por la vida como aquel ciego: convencidos de que vemos.

La buena noticia es que el Evangelio no termina en el diagnóstico.

Termina en la esperanza.

Siempre hay agua para quien reconoce su sed.

Y siempre hay luz para quien acepta abrir los ojos.

Médico.

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