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Entre la cruz y la bandera

El «no» de Barth a Hitler se sostuvo con un «sí» más fuerte: sí a Jesucristo como único Señor de la Iglesia. En 1934, la «Declaración de Barmen» —redactada en gran medida por Barth— afirmó que Jesús, tal como lo testimonia la Escritura, es la única Palabra de Dios que la iglesia debe escuchar y obedecer. Suena a frase piadosa, pero era dinamita.

Karl Barth es considerado el más grande teólogo protestante del siglo XX. Algunos incluso lo consideran el más grande teólogo después de Juan Calvino. Pero esas etiquetas, por correctas que sean, no logran describirlo por completo. Barth no fue solo un agudo pensador, sino también un creyente que entendió algo decisivo para las épocas oscuras: cuando el poder político exige devoción, la iglesia debe recuperar el primer mandamiento de no tener otro dios aparte del Señor.

Barth nació en Basilea, Suiza. Recibió una formación teológica amplia, rigurosa y muy representativa del liberalismo alemán que lo llevó por excelentes universidades como las de Berna, Berlín, Tubinga y Marburgo. Admiró profundamente a sus maestros alemanes y compartió con ellos la confianza en la cultura moderna, el progreso moral y la conciliación entre el cristianismo y la ciencia. Eso duró hasta que sobrevino la crisis de la Primera Guerra Mundial —cuando vio a muchos de esos maestros respaldando públicamente la causa bélica alemana—, lo que lo llevó a un rompimiento radical con una teología demasiado pegada a la cultura y al nacionalismo.

Trabajó como pastor en la ciudad obrera de Safenwil, donde enseñó por diez años. Barth no concebía el púlpito como un refugio neutral; por el contrario, tomó posiciones públicas a favor de los obreros textiles que vivían en condiciones muy duras. Defendió el derecho de los trabajadores a la educación y a otros beneficios sociales. Su preocupación por los obreros lo llevó a ganarse insultos públicos que lo tachaban de «mesías rojo». Ese riesgo, al que se expuso por su fidelidad al evangelio, lo estaba preparando para el papel que posteriormente jugaría frente al nazismo. Para él estaba bastante claro que confesar a Jesús siempre acarrea consecuencias públicas.

En 1919 publicó su famosísimo «Comentario a Romanos», que lo catapultó como una voz nueva y lo convirtió en una figura decisiva. Tanto la guerra como su práctica pastoral le habían enseñado que Dios no es bandera de ninguna causa humana. Dios no es una proyección del fanatismo ciudadano ni de las ideas de una época, sino el Señor libre que juzgará a todos los «señores» humanos.

Posteriormente fue invitado a enseñar en Göttingen, Münster y Bonn. En esta última ciudad comenzó a escribir su monumental «Dogmática eclesial», obra a la que se dedicaría por el resto de su vida. También fue durante su estancia en Bonn cuando Hitler comenzó a aparecer en el espectro político. Desde un principio Barth se opuso a él, y no porque no le agradara Hitler o porque prefiriera otro partido político, sino porque vio con claridad que el nazismo pretendía ocupar un lugar en la vida de las personas que correspondía al campo de la fe. No estaba de acuerdo con que a un caudillo se le mostrara lealtad ciega.

En junio de 1933, con Hitler ya en el poder, publicó su documento «La existencia teológica hoy», que fue un llamado de alerta ante el intento nazi de usar la Iglesia para legitimar un gobierno inhumano y violento. Barth vio el peligro antes de que fuera evidente para muchos alemanes. Él sabía que cuando la Iglesia empieza a acompañar el lenguaje de un régimen, ya está cediendo su alma.

El «no» de Barth a Hitler se sostuvo con un «sí» más fuerte: sí a Jesucristo como único Señor de la Iglesia. En 1934, la «Declaración de Barmen» —redactada en gran medida por Barth— afirmó que Jesús, tal como lo testimonia la Escritura, es la única Palabra de Dios que la iglesia debe escuchar y obedecer. Suena a frase piadosa, pero era dinamita. Porque, si Cristo es el único Señor, entonces el Estado no puede dictar la moral, ni presentar sus acciones como divinas. Barmen fue un modo elegante y feroz de desactivar la propaganda: no con insultos, sino con enseñanza; no con consignas, sino con confesión de fe.

Para Barth las congregaciones no deben ser eco del poder, sino escuela de conciencia. En tiempos de propaganda, la fidelidad se mide por la claridad: predicar que «Jesús es Señor», no debe ser un dicho religioso, sino una frontera. Si Jesús reina, ningún gobernante es mesías y ningún líder merece lealtad absoluta. Esto hace a los creyentes libres para servir al prójimo, denunciar la injusticia, proteger al vulnerable y decir la verdad sin odio.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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