Pues mire… Llegamos a agosto, el mes esperado porque comienzan las vacaciones y para muchos, tiempo de viajar, descansar y compartir con familiares y amigos. Pero también tendremos situaciones que debemos aceptar y afrontar, incremento del tráfico, crecimiento del riesgo de accidentes, las famosas «trabazones», las prisas, el cansancio y decisiones que en unos segundos pueden cambiar una vida para siempre.
Precisamente en estas fechas es cuando más conviene no dejarse manipular por el ángel negro que todos llevamos dentro, esa voz interior que susurra: «¡Acelera, no pasa nada!», «¡Tómate otra cerveza!», «¡Adelanta por la derecha al que va delante!». Pensamientos que parecen inofensivos, pero que con frecuencia terminan en tragedias, hospitales y, en el peor de los casos, en un viaje sin regreso.
También es cuando abunda el licor. En esto, cada uno aplicando su libre albedrío, decide qué hacer. Pero si va a conducir, nada vale más que una vida. Todos sabemos que el alcohol reduce la capacidad de reacción, altera el juicio y aumenta el riesgo de cometer errores con consecuencias irreparables.
A ello se suma la impaciencia. Muchos consideran una retención como pérdida de tiempo y reaccionan con desesperación, especialmente cuando el calor aumenta el malestar. Pero, amigos, los atascos forman parte de las vacaciones. Enfadarse, tocar el claxon o intentar recuperar unos minutos aumentando la velocidad no hará desaparecer el tráfico. El lugar al que se dirige seguirá allí cuando usted llegue.
El jueves, de camino al gimnasio, observé en la avenida El Espino a dos motociclistas circulando a más de ochenta kilómetros por hora. El día anterior presencié, en un cruce de esa misma avenida, un choque entre un automóvil y una motocicleta. Nadie desea que ocurran accidentes, pero suceden por pequeños descuidos, exceso de confianza o decisiones equivocadas. La velocidad produce una sensación de dominio, pero las leyes de la física no hacen excepciones.
Existe lo que llamo el “síndrome de las ruedas”. Al ponerse al volante de un camión, un autobús, un automóvil o una motocicleta, algunas personas cambian de comportamiento. Se sienten superiores, creen controlar cualquier situación y olvidan que comparten la vía con otros conductores, motociclistas, ciclistas y peatones. Casi nunca es el vehículo el problema; el verdadero problema suele ser la actitud con la que se conduce.
Fíjese…A ochenta kilómetros por hora se recorren aproximadamente veinte metros por segundo. Un descuido de unas décimas de segundo, como responder un mensaje o mirar el teléfono móvil, puede bastar para salirse de la carretera o invadir el carril contrario.
La responsabilidad es todavía mayor cuando viajan con nosotros nuestros hijos, nuestros nietos, nuestra pareja o nuestros amigos. Ellos han confiado su seguridad y su vida a quien va al volante. Ese es un compromiso que no admite improvisaciones ni demostraciones de valentía.
Por eso, le recomiendo mejor escuche a su ángel blanco. Él le aconseja prudencia, paciencia, respeto y sentido común y le recuerda, que el mejor conductor no es el que llega primero, sino el que consigue que todos lleguen sanos y salvos.
Las vacaciones deben terminar en recuerdos felices, no en historias de dolor. Disfrute del viaje, acepte las retenciones con serenidad y permita que el tiempo haga su trabajo.
Y antes de salir, dedique suficiente tiempo a revisar el estado de su vehículo, no lo sobrecargue y planifique el recorrido. Son pequeños detalles que pueden marcar una gran diferencia.
Porque el verdadero éxito de un viaje no consiste en llegar antes que los demás, sino en regresar sano y salvo, con la satisfacción de volver a casa junto con quienes más quiere.
Pues eso: vaya, disfrute… Y vuelva sano y feliz.
Ingeniero
todo es más fácil y más sencillo con sentido común