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En la salud, en la enfermedad y en el poder

Nadie vota por ellos. Nadie los evalúa. Nadie los puede destituir. Pero ahí están: cortando cintas, sonriendo en hospitales, inaugurando causas nobles y opinando —con una seguridad admirable— sobre temas para los que no fueron elegidos ni preparados.

Hay cargos públicos que no aparecen en el boletín oficial, no tienen salario asignado, no usan gafete oficial, pero aun así ejercen poder, influyen agendas y ocupan portadas. Me refiero, por supuesto, a la figura más resiliente de la política latinoamericana (y mundial): la pareja del candidato, conocida en su versión clásica como primera dama y, en su adaptación contemporánea, como primer caballero, consorte estratégico o acompañante institucional con vocación de influencer. La democracia moderna, tan sofisticada ella, sigue funcionando con los mismos indicadores emocionales que una telenovela de las nueve. Bienvenidos al fascinante mundo de la pareja del candidato o del gobernante: esa figura que no fue electa, pero jamás es irrelevante.


Nadie vota por ellos. Nadie los evalúa. Nadie los puede destituir. Pero ahí están: cortando cintas, sonriendo en hospitales, inaugurando causas nobles y opinando —con una seguridad admirable— sobre temas para los que no fueron elegidos ni preparados. Una especie de cargo hereditario temporal, pero sin la molestia de llamarlo monarquía.
La lógica es fascinante. Elegimos a una persona para gobernar y, como bono promocional, nos llevamos a su pareja. Dos por uno. Democracia con combo familiar. ¿El programa de gobierno? Importante. ¿La ideología? Relevante. ¿Pero la pareja es empática, viste bien y no dice barbaridades en público? Eso sí es decisivo.


Porque seamos honestos: la figura de la pareja política no existe por necesidad institucional, sino por necesidad estética. Sirve para hacer que el candidato o gobernante parezca “normal”, como si gobernar un país fuera una actividad que se equilibra mejor con fotos familiares. Es la prueba viviente de que el poder también tiene vida sentimental y, con suerte, buen gusto para la decoración navideña de la casa presidencial.


Tradicionalmente, han sido presentados como una extensión decorativa del poder: no gobierna, pero acompaña; no decide, pero opina “desde el corazón”; no tiene agenda política, pero casualmente lidera programas sociales completos. Todo muy espontáneo, todo muy desinteresado. Una especie de voluntariado de lujo con acceso ilimitado al erario… perdón, a la “coordinación interinstitucional”.


Desde el punto de vista del poder, esta figura es oro puro. Influye sin ser vista, persuade sin hablar y condiciona decisiones sin asumir costos. Su presencia suaviza al candidato duro, legitima al improvisado y humaniza al autoritario.
El problema empieza cuando ese capital simbólico se traduce en poder real. Porque la buena pareja no solo suma votos: luego opina, sugiere, filtra, prioriza. Se vuelve una voz influyente en la toma de decisiones, blindada por el cariño público. Criticarla es de mal gusto; cuestionarla es inhumano; regularla, casi un sacrilegio.


Y así, entre sonrisas y discursos de compromiso, estas figuras se convierten en actores políticos sin rendición de cuentas. No responden a la prensa, no comparecen ante comisiones, no publican declaraciones patrimoniales, pero influyen.


El argumento favorito es que “no tienen poder formal”. Como si el poder real siempre necesitara decreto. Como si la cercanía al jefe del Ejecutivo no fuera, históricamente, una de las formas más eficaces de influencia. Como si nunca hubiéramos aprendido nada de la historia, de las cortes, de los clanes, de las familias gobernantes que juran no gobernar.


Lo más irónico es que, en una época obsesionada con la meritocracia, aceptamos con una naturalidad conmovedora que uno de los roles más visibles del Estado se asigne por vínculo sentimental. No importa la experiencia, la formación o el conflicto de interés. Importa el amor. O al menos el matrimonio legalmente inscrito.


Y así, sin darnos cuenta, terminamos premiando con poder político a quien supo elegir bien a su pareja o, peor aún, supo mostrarla bien. La democracia convertida en casting emocional. El liderazgo medido por química de pareja.
Lo más inquietante no es que se use este recurso. Toda campaña explota emociones. Lo inquietante es lo dóciles que somos frente a él. Lo poco que nos cuesta confundir estabilidad afectiva con competencia política. Lo rápido que cambiamos el análisis crítico por una foto romántica bien iluminada.


Tal vez el problema no es que las parejas influyan. El problema es que sigamos fingiendo que no lo hacen. Porque el poder que no se nombra es el que menos se controla. Y ese, históricamente, es el más peligroso.


Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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