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El Salvador en sus sombras: notas sobre una novela de Iván Mayer

La novela no pretende hacer un estudio sociológico. Lo que hace es construir un universo donde la traición, el deseo y la doble vida son el motor del conflicto. Y lo hace con eficacia.

Hacía días que no escribía. No por falta de temas —que en este país sobran— sino por una especie de silencio interior, ese que a veces se instala sin pedir permiso. Pero hoy ocurrió algo distinto: terminé de leer, en apenas dos semanas, dos novelas salvadoreñas contemporáneas. Y eso, en un país donde las librerías sobreviven como islas cada vez más escasas, ya es en sí mismo un acontecimiento.

La segunda de esas novelas —que será la primera de la que escriba porque la otra la he prestado— llegó a mis manos casi por azar. La encontré en una pequeña librería del Centro Comercial La Joya, en Antiguo Cuscatlán. Vacía. Silenciosa. Como tantas otras que resisten en El Salvador, no se sabe bien si por vocación, terquedad o amor.

Cuando vi que era de autor salvadoreño, la compré sin dudar. Me he impuesto, casi como una disciplina personal, leer lo que se está produciendo en la literatura nacional actual. Es una forma de tomarle el pulso a un país que muchas veces se entiende mejor a través de la ficción.

El autor es Iván Mayer. Según su biografía —breve, original, con un tono cercano— ha dedicado buena parte de su vida a la publicidad y a la organización de eventos, para luego volcarse a la escritura. Uno no puede evitar pensar, al leer los créditos editoriales, en el esfuerzo económico que implica publicar un libro en El Salvador. Aquí, salvo excepciones muy puntuales, nadie financia la literatura. No hay un sistema de mecenazgo, ni una industria editorial sólida. Publicar es, en la mayoría de los casos, un acto casi íntimo, incluso arriesgado.

La novela está bien escrita. Se llama “La Sigua, una novela de suspenso”. Eso hay que decirlo con claridad. Hay un cuidado evidente en la ortografía, en la construcción narrativa, en el manejo del ritmo. Pero más allá de lo técnico, hay algo que destaca: el dominio de los modismos salvadoreños y de las expresiones culturales locales. El autor no escribe “desde afuera”. Escribe desde adentro. Y eso se siente.

La historia atrapa desde la primera página. Se trata de la búsqueda de la identidad de un asesino en serie en el San Salvador de los años ochenta. Pero no es solo una novela de suspenso —aunque lo es, y muy bien lograda—, sino también un retrato social.

A lo largo del texto, desfilan costumbres, formas de vida, hábitos alimentarios, dinámicas familiares, modos de transporte, ambientes educativos. La ciudad aparece como un personaje más: reconocible, cambiante, a veces desaparecida. Muchos de los lugares que el autor menciona ya no existen, y sin embargo vuelven a vivir en la narración.

El manejo del misterio es, sin exagerar, notable. Los crímenes se presentan uno a uno, con una estructura casi quirúrgica: las víctimas son descritas, sus entornos familiares también, los investigadores adquieren profundidad. Todo esto ocurre en paralelo con el contexto histórico de la época, lo que añade una capa adicional de complejidad.

Pero hay un elemento que me ha generado una reflexión particular. No incomodidad en el sentido moral —eso quiero dejarlo claro—, sino más bien una inquietud literaria y social.

El lenguaje.

El narrador y la mayoría de los personajes utilizan con frecuencia lo que comúnmente llamamos “malas palabras”. Es un lenguaje crudo, directo, cotidiano. Y debo admitir algo: me ha hecho reír. Me ha resultado, en muchos momentos, profundamente auténtico.

Porque esa forma de hablar existe. Ha existido siempre. Especialmente en ciertos entornos masculinos, desde hace décadas. Es parte del tejido social del país, aunque muchas veces se oculte en los espacios formales.

Y, sin embargo, surge la pregunta inevitable: ¿representa eso a todos los salvadoreños?

La respuesta, evidentemente, es no.

Y ahí es donde la literatura abre un espacio interesante. Porque no está obligada a representar a todos, sino a construir un mundo verosímil. Mayer lo logra. Pero el lector —y en este caso, la lectora— no puede evitar preguntarse qué queda fuera de ese retrato.

Algo similar ocurre con otro eje de la novela: la infidelidad.

El asesino en serie elige a sus víctimas dentro de parejas donde hay engaño. Y esas relaciones se describen sin filtros, incluso en sus aspectos más íntimos. Tampoco esto me resulta ofensivo. Pero sí me lleva a otra pregunta: ¿cuánto de esa realidad es generalizable?

¿Son los salvadoreños, hombres y mujeres, mayoritariamente infieles?

Por supuesto que no.

Pero la novela no pretende hacer un estudio sociológico. Lo que hace es construir un universo donde la traición, el deseo y la doble vida son el motor del conflicto. Y lo hace con eficacia.

Quizá lo más interesante es precisamente esa tensión entre representación y percepción. El lector se reconoce en algunos aspectos, se distancia en otros, se incomoda, se ríe, reflexiona. Y eso, en el fondo, es lo que hace valiosa a una obra.

Hay algo más que no quiero dejar de mencionar: el placer de encontrar una voz local que se atreve a contar historias con ambición narrativa. En un país donde escribir —y publicar— es casi un acto de resistencia, cada novela es una declaración.

Leer literatura salvadoreña hoy es, también, un acto consciente. Es decidir mirar hacia adentro, escuchar nuestras propias historias, incluso cuando son oscuras, incómodas o contradictorias.

Iván Mayer, con esta obra, logra algo que no es menor: mantener al lector atrapado, hacerlo recorrer una ciudad que ya no existe del todo, y enfrentarlo con preguntas que van más allá del argumento policial.

¿Quiénes somos cuando nadie nos ve?

¿Hasta qué punto la violencia, el deseo y la mentira forman parte de nuestra vida cotidiana?

¿Y qué decide un autor mostrar… y qué decide dejar fuera?

Tal vez ahí, en esas preguntas, es donde la novela sigue viva incluso después de haber cerrado el libro.

Y tal vez ahí, también, es donde vuelve la inspiración. No leer esta novela, es un crimen. Leerla, es una oportunidad. Felicidades sinceras a Iván Mayer. Esperamos la siguiente. ¡Hasta la próxima!

Médica, Nutrióloga y Abogada

Mirellawollants2014@gmail.com

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