Maduro será un dictador y pocos saldrán en su defensa. ¿Se ha resuelto el problema de la democracia en Venezuela?
Maduro será un dictador y pocos saldrán en su defensa. ¿Se ha resuelto el problema de la democracia en Venezuela?
El intervencionismo de los Estados Unidos en América Latina es un rasgo recurrente de la política exterior de esa nación. Se fundamenta en la doctrina Monroe promulgada en 1823, la cual ha sufrido reformulaciones para actualizarla a necesidades e intereses emergentes. En principio fue una declaración defensiva; para entonces Estados Unidos estaba en proceso de constitución y expansión territorial y veía con preocupación que las potencias europeas pudieran apoderarse o conquistar territorios americanos. Eran los años de las independencias y la inestabilidad en los territorios de la monarquía española. La doctrina Monroe se sintetiza en la frase «América para los americanos».
La primera expansión estadounidense fue terrestre. A lo largo de la primera mitad del XIX se fue apoderando de territorios del sudoeste, a costa de las tribus aborígenes y de México. Ese país perdió gran parte de sus tierras. El esfuerzo por dominar sus nuevas posesiones, más la crisis nacional de la guerra civil, contuvieron los impulsos expansionistas. Sin embargo, para finales de siglo, los Estados Unidos se habían consolidado y miraban hacia el sur. Un giro decisivo fue la guerra contra España en 1898. Hasta entonces habían chocado con países débiles. Aunque España era una potencia decadente, retarla y vencerla significó entrar a las ligas mayores de las potencias.
El Caribe y Centroamérica eran importantes para sus ambiciones imperiales. En plena fiebre del oro, construyeron un ferrocarril en Panamá (1855) para facilitar el tránsito del Atlántico al Pacífico. Pero se necesitaba más: un canal interoceánico. Trataron de negociar con Colombia, pero al fracasar, maniobraron para que Panamá se independizara e inmediatamente negociaron un tratado a su medida para construir el canal interoceánico en Panamá, el cual fue inaugurado en 1914. El canal fue administrado por Estados Unidos, pero fue devuelto a los panameños el 31 de diciembre de 1999, en virtud de los tratados Torrijos-Carter de 1977.
El imperialismo estadounidense en América Latina es un fenómeno del siglo XX. Presiones diplomáticas, empréstitos, actividades encubiertas e intervenciones militares fueron usadas para poner y quitar gobiernos, según las necesidades imperiales. En Centroamérica hay dos casos representativos. En Nicaragua, la resistencia a la presencia de los marines convocó a una lucha antiimperialista que se volvió leyenda; la realizada por Augusto César Sandino entre 1927 y 1933 y que convocó el apoyo y solidaridad de muchos países. El otro es el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala (1954). Este era un reformista modernizante, que al impulsar una reforma agraria afectó intereses de la United Fruit Company. La CIA orquestó una conspiración para derrocarlo, acusándolo de comunista. El listado de acciones imperialistas es demasiado largo.
El pasado 3 de enero, Donald Trump ordenó la penetración de fuerzas especiales en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro. Desde hacía varios meses, Trump venía accionando contra Maduro. Hay denominadores comunes en las intervenciones estadounidenses; el principal es la seguridad, pero a veces se habla de democracia, de derechos humanos. Lo verdaderamente importante son los intereses estadounidenses, condicionados por el estilo y personalidad de quien ejerza la presidencia y el partido que lo haya llevado al poder.
Los conflictos entre Estados Unidos y el chavismo tienen larga data. Y ciertamente que Maduro no era un modelo de gobernante democrático y respetuoso de la ley. Sin embargo, la manera cómo se dio su captura va totalmente a contra corriente del derecho internacional y de los postulados de organismos como la ONU y la OEA. Quizá por eso, el argumento estadounidense vira hacia el tema de las drogas que, desde el fin de la guerra fría, ha sido el sambenito colgado a gobernantes desagradables al imperio. Basta recordar que así fue depuesto Manuel Noriega en 1989. Pero obviamente, el tema de la democracia y la perpetuación en el poder del chavismo también incidió y ese argumento también es aplicable a otros gobiernos de la región.
En realidad, el chavismo construyó una receta dictatorial emulada por diferentes gobernantes en la región: reforma a la constitución, anulación de la separación de poderes, persecución de opositores políticos, manipulación de procesos electorales, corrupción y violación de los derechos humanos aparecen en el libreto de consolidación en el poder de regímenes populistas de izquierda y derecha. No hay que buscar muy lejos, en Centroamérica hay dos casos idénticos. ¿Aplicarán los Estados Unidos los mismos criterios usados con Maduro en sus relaciones con otros gobiernos de la región? Obviamente no, y menos teniendo como presidente a Donald Trump, cuyas credenciales democráticas y de respeto a la ley son para nada ejemplares. Es más, en ese campo otros países superan a los Estados Unidos. En enero de 2023, Jair Bolsonaro instigó a sus seguidores a invadir el Congreso Nacional de Brasil y a tomarse las sedes de los poderes ejecutivo y judicial, al estilo de lo acontecido en Estados Unidos dos años antes, cuando turbas leales a Trump asaltaron el Capitolio. Vale decir que Bolsonaro no estaba en Brasil cuando se dio el asalto; Trump sí estaba en Estados Unidos e incitó a la marcha. Pero Bolsonaro fue enjuiciado y cumple una condena por ello. A veces, hay que mirar al sur para buscar un norte.
Es claro que en las actuaciones estadounidenses hay una doble moral fácilmente cuestionable. Más aún cuando estas son lideradas por un presidente con tan poco tacto político como es Donald Trump. Desde su ascenso al poder por segunda ocasión, Trump ha desplegado una serie acciones y gestos de matonería a escala global, por ejemplo, la guerra de aranceles de su primer año de gestión. Su entrevista con el presidente Volodímir Zelensky en la Casa Blanca puede figurar en una antología de mala crianza diplomática. Peor aún, la desfachatez de sus ambiciones sobre Groenlandia.
Maduro será un dictador y pocos saldrán en su defensa. ¿Se ha resuelto el problema de la democracia en Venezuela? Para nada, el chavismo sigue en pie. Golpeado ciertamente, pero aún no hay nada definido. Megalómano como es, Trump exhibió al depuesto gobernante, errático e impredecible como es, poco ha dicho respecto a qué pasará en Venezuela. La vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el mando, aparentemente con el apoyo de los militares y del congreso. Sus primeras declaraciones han sido moderadas, pero para nada sumisas. ¿Espera Trump que el chavismo se derrumbe sin Maduro? Ha dado a entender que tutelará al nuevo gobierno y que estará al frente cuanto sea necesario. La ambigüedad de sus declaraciones da lugar a dudas respecto a su interés por democratizar a Venezuela. Pero dejó claro su principal interés. Advirtió a Rodríguez que, «si no hace lo que es correcto, va a pagar un precio muy alto». Y ¿Qué es el correcto?, dar acceso total de los recursos naturales venezolanos a Estados Unidos. Ni elegante, ni sutil. Trump maneja las relaciones internacionales con la fineza de una excavadora en una mina a cielo abierto. Además, haciendo gala de matonería del viejo oeste amenaza al presidente Petro con que podría ser el siguiente y declara que, a Estados Unidos, le urge apoderarse de Groenlandia.
Y ante esto, ¿qué dice el resto del mundo? Los actos de Estados Unidos han sido condenados, incluso por políticos muy de derecha. Destacan las declaraciones de la francesa Marine Le Pen, quien dejó claro que la soberanía de los Estados es irrenunciable, independientemente de su poder o tamaño y que violar ese principio «equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre». Le Pen piensa como francesa, ¿Cuál es el mensaje que transmite a los latinoamericanos?
Los gobiernos de España, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay suscribieron un comunicado en el palacio de la Moncloa en que rechaza la acción estadounidense porque contraviene «principios fundamentales del derecho internacional, en particular la prohibición del uso y la amenaza de la fuerza, el respeto a la soberanía y a la integridad territorial de los Estados». Muy cierto, pero eso ya lo sabemos. La cuestión es ¿qué se puede hacer frente a eso? Hay evidencia histórica de que los Estados Unidos ignoran esos principios si lo consideran necesario. Mucho más cuando tienen un presidente como Trump. Al otro lado del mundo, Putin hace también su análisis. Era aliado de Maduro, pero no saldrá en su defensa. Más bien sacará su tajada del pastel: si Estados Unidos depone gobiernos contrarios, nosotros haremos lo mismo.
Historiador, Universidad de El Salvador
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