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El costo de suavizar la verdad

En todos los tiempos ha existido la tentación de suavizar el evangelio para que sirva a banderas, caudillos o fanatismos colectivos. Bajo la excusa de la prudencia, muchos diluyen la agudeza del evangelio hasta volverlo inocuo. Cuando la deshumanización del poder arrecia, callar por prudencia suele ser complicidad.

El ascenso del nazismo al poder en 1933 fue motivo de preocupación para un segmento de cristianos en Alemania. Entre ellos se encontraba Friedrich von Bodelschwingh, director del ministerio Bethel: un amplio complejo de servicio cristiano que incluía hospitales, hogares de acogida, centros para personas con discapacidad, servicios de salud mental y escuelas de formación profesional. Bodelschwingh convocó a un pequeño grupo de teólogos —entre los cuales estaba Dietrich Bonhoeffer— para redactar una propuesta que más tarde se conocería como la «Confesión de Bethel», uno de los primeros intentos de ofrecer una respuesta bíblica a la nazificación de la iglesia que promovía Hitler.

Bonhoeffer asumió la tarea con entusiasmo y se dedicó a redactar el borrador inicial. El documento buscaba establecer una base bíblica y doctrinal para resistir las falsas doctrinas que se estaban imponiendo en la iglesia, entre ellas la subordinación eclesial al Führer, el principio del liderazgo absoluto y la presión racista. Bonhoeffer estructuró el borrador en tres partes: la primera reafirmaba el centro cristológico y bíblico de la confesión cristiana frente a la instrumentalización política de la fe; la iglesia debía regirse por la Palabra de Dios y no por un programa estatal. La tercera ofrecía una confesión doctrinal destinada a animar a quienes todavía resistían, a menudo en soledad. Sin embargo, la sección más controvertida era la segunda, en la que exhortaba a rechazar la introducción del racismo en la iglesia: un rechazo explícito a la aplicación del «párrafo ario» dentro de las congregaciones.

Bonhoeffer quedó satisfecho con su borrador inicial, pero más tarde se lo hizo circular entre otros veinte revisores, quienes —conscientes de lo delicado que era entonces el tema del «párrafo ario»— fueron diluyendo su formulación. Apelando a la necesidad de prudencia, terminaron suavizándolo hasta tal punto que el propio Bonhoeffer se negó a firmar la versión final. Tras su rechazo, la iniciativa perdió impulso y no prosperó. Con todo, el esfuerzo dejó en claro un punto decisivo: la necesidad de una declaración pública contra la captura ideológica del cristianismo. De hecho, el intento de Bethel trazó el rumbo para que, al año siguiente, Karl Barth liderara la redacción de la Declaración de Barmen.

Entre el intento de redactar la Confesión de Bethel y la posterior formulación de la Declaración de Barmen, el tiempo se le hizo insoportablemente largo a Bonhoeffer. Tras haber exhortado a Karl Barth —a quien consideraba una autoridad teológica decisiva— a que expresara públicamente su postura, y al no recibir una respuesta que él juzgara suficiente, optó por marcharse a Londres. Ese traslado no fue una simple salida personal, sino un gesto deliberado de solidaridad con los cristianos de ascendencia judía que buscaban refugio allí y que, en Alemania, quedaban cada vez más expuestos.

Cuando, finalmente, la Declaración de Barmen se dio a conocer, Bonhoeffer la recibió con genuino aprecio: veía en ella una brújula teológica nítida, al afirmar que Cristo es la única palabra de Dios y que ningún líder ni ideología puede ocupar ese lugar. A partir de ahí, la asumió como base para la formación pastoral y para la resistencia a la nazificación de la iglesia. Aunque en ese momento se encontraba fuera de Alemania, se convirtió en un portavoz clave, explicando a otros cristianos la gravedad de la crisis eclesial alemana. En ese proceso fue tejiendo contactos y amistades internacionales que más tarde resultarían determinantes para su papel público como testigo de la paz y de la verdad. En términos generales, podría decirse que con la Declaración de Barmen Barth aportó el armazón confesional, mientras Bonhoeffer lo tradujo en formación concreta, disciplina comunitaria y testimonio con alcance internacional.

En todos los tiempos ha existido la tentación de suavizar el evangelio para que sirva a banderas, caudillos o fanatismos colectivos. Bajo la excusa de la prudencia, muchos diluyen la agudeza del evangelio hasta volverlo inocuo. Cuando la deshumanización del poder arrecia, callar por prudencia suele ser complicidad. Pero es entonces cuando también se levantan testigos que confiesan con claridad, forman conciencias, practican disciplina fraterna y sostienen redes de solidaridad más allá de sus fronteras. Que nuestra predicación y ética vuelvan a poner las demandas de Cristo en el centro, en cada generación y públicamente.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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