Parece contradictorio el perdón a Hernández y los ametrallamientos a naves pesqueras en el Caribe por asumir que sus tripulantes son narcos.
Parece contradictorio el perdón a Hernández y los ametrallamientos a naves pesqueras en el Caribe por asumir que sus tripulantes son narcos.
La Casa Blanca ha sacado de la prisión al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández (JOH), condenado a 45 años de cárcel tras acusársele de haber utilizado su cargo para facilitar el tráfico de grandes volúmenes de cocaína hacia EE. UU. y de colaborar con organizaciones criminales.
Hernández tuvo que dejar la presidencia en febrero de 2022 tras mantenerse en el poder por ocho años a base de cambios a la Constitución, a la manera de Hugo Chávez y Daniel Ortega. Semanas después fue detenido en su casa por orden de extradición emitida por Estados Unidos. El 21 de abril de 2022 fue extraditado a Estados Unidos para enfrentar cargos federales.
Que JOH haya sufrido mucho en la cárcel por la condena y que digan que fue «víctima de una trampa de Biden» no debe ablandar el corazón de ninguna persona sensata, pues se le concedió el perdón, pero no se anuló el juicio que lo halló culpable de los cargos con evidencias robustas que no pueden desaparecerse así por así, ni en los expedientes ni en la larga memoria de los hondureños.
La pérdidas de vidas y el sufrimiento que la drogadicción causa a personas, familias y comunidades es más que motivo para castigar con todo el peso de la ley a los vinculados al inmensamente despreciable tráfico, pues además de aniquilar gente inocente, ocasiona homicidios y luchas entre traficantes, como sucede en las barriadas de grandes ciudades y causa terribles daños en países como Ecuador o Brasil. A esto se suma la perniciosa influencia de la narcodictadura venezolana y sus vecinos.
Lo que resulta incomprensible, sobre todo para legisladores demócratas y republicanos, es el perdón a Hernández de cara a los bombardeos a naves en el Caribe y el Pacífico por asumir que sus tripulantes son narcotraficantes. «Trump está destruyendo ilegalmente barcos en el Caribe, supuestamente para detener el ingreso de drogas a Estados Unidos, pero indulta al expresidente de Honduras que fue condenado por enviar cocaína a Estados Unidos», publicó en X el senador demócrata Ed Markey.
A la inversa, la política del gobierno mexicano de «abrazos y no balazos» choca con la realidad del narcotráfico, centrada en las disputas entre las mafias y los asesinatos de periodistas y hasta alcaldes por denunciar o investigar lo que sucede, lo que llevó a procesar y encarcelar en California al exzar antidrogas mexicano, precisamente por sus vínculos con narcos.
La presencia en Honduras de grupos ligados al narcotráfico es una especie de «secreto a voces», lo que causa gran inquietud entre la gente honesta, que inclusive recuerda cuando un narcotraficante fue capturado por la DEA en su propia residencia y llevado con cadenas en pies y manos a Estados Unidos, donde le han concedido «residencia permanente»…
El tráfico de drogas se da por doquier; las grandes ciudades siempre están acosadas, llegándose al extremo de que en las barriadas de Nueva York grupos de maleantes cogen por la fuerza a jóvenes de su vecindario o que por allí se encuentren y los inoculan con droga para «ampliar su mercado»…
Hay ciudades como Pontiac, en Michigan, donde la principal causa de muerte de jóvenes del lugar son las heridas de bala causadas por las disputas «territoriales», como igualmente sucede en ciertas regiones de México.
La lección básica es que familias y jóvenes deben evitar moverse en lugares peligrosos donde hasta la policía entra tomando toda clase de precauciones, los sitios que todo país tiene la desgracia de tener. En Panamá hay retenes a la entrada de esa clase de barriadas para alertar a los conductores y desviarlos.
Trump tiene mucha razón en ir tras la narcodictadura de Maduro, que a través de sus agentes busca generar bandas criminales en esos países, revolver las naciones al sur del Hemisferio…
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