La entronización de los ayatolas sumió a Irán en 1979 en un oscurantismo islamista, fomentó la degradación de la mujer y fomentó el terrorismo
La entronización de los ayatolas sumió a Irán en 1979 en un oscurantismo islamista, fomentó la degradación de la mujer y fomentó el terrorismo
Cuarenta y siete años después de que la administración de Jimmy Carter abandonara a su suerte al Sha de Persia en aras de los «derechos humanos» y propiciara el advenimiento del régimen de los ayatolas en Irán, una caja de Pandora de terror y fanatismo para Medio Oriente y el mundo, Estados Unidos ha comenzado a derrocar a la cúpula de la brutal teocracia, incluyendo al jefe supremo, Alí Jamenei, quien murió en un bombardeo.
La entronización de los ayatolas, iniciando con el nefasto Ruhollah Jomeini, sumió a Irán en febrero de 1979 en un oscurantismo islamista, fomentó la degradación de la mujer y el auspicio a los grupos terroristas, como Hezbolá y Hamás.
Como dice la sabiduría popular, «mal le paga el diablo a quien bien le sirve», lo primero que hicieron los enloquecidos ayatolas y sus hordas «revolucionarias» fue tomarse la embajada de Estados Unidos en Teherán y mantener secuestrados por 400 días a sus diplomáticos y empleados.
El ascenso de estos clérigos dementes significó el inicio de una guerra de diez años con su vecino Irak y el surgimiento de grupos terroristas en Líbano, uno de los cuales voló en pedazos el cuartel de las fuerzas de paz de Naciones Unidas en Beirut y causó la muerte de centenares de militares estadounidenses y británicos.
El patrocinio iraní a estos grupos llevó a atentados terroristas fuera de Medio Oriente, como el que destruyó el edificio de la Mutual Israelita en 1994 con decenas de muertos en Buenos Aires, Argentina, así como inspiraba a grupos como el talibán y estos a su vez a células islamistas en Europa como la que causó los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, o el atentado contra la revista Charlie Hebdo en París en 2015.
El propósito de los clérigos iraníes, con sus acólitos terroristas en Líbano, en Afganistán, en África con Boko Haram y el Estado Islámico en Siria e Irak era someter a esos pueblos e imponerles sus creencias, su intolerancia y su matonería con las mujeres y los que consideran «infieles» por no pensar como ellos.
El siniestro Jomeini llegó al punto de condenar a muerte al escritor británico Salman Rushdie por su novela «Versos satánicos», al mismo tiempo que impuso leyes para fundar una «policía de la moral» y apalear a las mujeres que no usaran trapos en la cabeza.
Muerto el monstruo, otros como él lo sucedieron y mantuvieron al país sometido a los fanatismos y la locura, tanto que no les importó asesinar a miles de iraníes que salieron a protestar en una primera oportunidad por la obligación de llevar hiyabs a las mujeres y luego por el costo de la vida más recientemente.
La tiranía iraní fue un prominente miembro del «eje del mal» o «la cofradía del terror» con el régimen del criminal de guerra Putin, el agonizante chavismo venezolano y sus parásitos cubanos y nicaragüenses y el demencial despotismo del carnicero de Corea del Norte.
Precisamente, esa energía para frenar a tales dictaduras faltó en aquellos tiempos, aunque eran otras las circunstancias del mundo, pero la comunidad internacional debió hacer mucho más para que los pueblos de Cuba, Nicaragua y Venezuela no cayeran en regímenes corruptos y opresivos; al mismo tiempo que la gente languidece por el hambre y tiene que buscar alimentos entre la basura, los que se dicen «revolucionarios» románticamente viven en la opulencia y el hartazgo.
Tanto la teocracia iraní como los regímenes castrista, chavista y sandinista dicen llamarse «revolucionarios», pero son lo más retrógrado que puede haber. Engañaron a sus pueblos prometiéndoles «paraísos», pero sólo promovieron la corrupción, la represión y la destrucción moral de sus países, no importando que miles murieron esperando cambios que favorecieran a sus sociedades.
La caída del régimen chavista venezolano y ahora del iraní constituyen un mensaje que la tiranía cubana debe entender y, con ella, la gerontocracia nicaragüense con Ortega a la cabeza.
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