Herodes muestra cómo funciona un poder preocupado por conservarse: reúne a las élites, silencia la denuncia y sacrifica al justo para proteger la reputación del gobernante.
Herodes muestra cómo funciona un poder preocupado por conservarse: reúne a las élites, silencia la denuncia y sacrifica al justo para proteger la reputación del gobernante.

Los evangelios unen dos relatos que nos sientan ante dos mesas. La primera pertenece a Herodes; la segunda, a Jesús. No se trata solamente de dos comidas, sino de dos maneras de entender la autoridad, la sociedad y el valor de la vida humana. Herodes celebraba su cumpleaños en un palacio. Entre los invitados estaban sus dignatarios, los altos oficiales y los principales de Galilea. Era la reunión de quienes concentran influencia política, fuerza militar y prestigio social. No se describen los alimentos servidos. El único plato que termina ocupando el centro de la historia es el que contiene la cabeza de Juan el Bautista.
Herodes sabía que Juan era un hombre justo y santo; incluso lo escuchaba con interés. Sin embargo, durante el banquete hizo una promesa imprudente delante de sus invitados. Cuando le pidieron la cabeza de Juan, se entristeció, pero prefirió matar a un inocente antes que perder prestigio frente a su círculo de poder. Aquí aparece una de las grandes ironías del relato: Herodes parece ser el hombre más poderoso de Galilea: posee palacio, soldados, cárcel y autoridad para ordenar una ejecución. Pero no es libre. Está dominado por su imagen pública, por sus juramentos y por la mirada de quienes sostienen su posición. El relato muestra cómo funciona un poder preocupado por conservarse: reúne a las élites, silencia la denuncia y sacrifica al justo para proteger la reputación del gobernante.
Inmediatamente después, los evangelios presentan otra comida. Jesús se encuentra en un lugar despoblado, rodeado no de dignatarios, sino de una multitud cansada y hambrienta. Al verla, siente compasión por aquellas personas. Cuando los discípulos proponen despedirlas para que busquen alimento, Jesús responde encargándoles que les den de comer. Con cinco panes y dos peces, la multitud come hasta quedar satisfecha y todavía sobran doce canastas. En la mesa de Herodes hay exclusividad y muerte; alrededor de Jesús hay acogida y vida. Herodes utiliza una orden para ejecutar; Jesús utiliza su autoridad para bendecir y distribuir. En el palacio, la cabeza de un profeta es entregada para preservar el poder. En el desierto, el pan es entregado para sostener al pueblo.
Los dos relatos siguen uno después del otro para mostrar una autoridad de naturaleza diferente. Jesús no concentra los recursos para exhibir superioridad: los pone en circulación. No pregunta primero quién merece sentarse cerca; reconoce la necesidad de la multitud. No convierte a las personas en instrumentos de su prestigio; compromete a sus discípulos en el cuidado de ellas. Esta comparación interpela directamente a los cristianos. Una iglesia puede pronunciar muchas veces el nombre de Jesús y, sin embargo, organizarse según la mesa de Herodes. Esto sucede cuando protege la reputación de sus dirigentes por encima de la verdad, castiga a quien denuncia abusos, reserva oportunidades para personas influyentes o emplea sus recursos principalmente en exhibir éxito. El lenguaje puede ser religioso mientras la lógica continúa siendo perversa.
Parecerse a la mesa de Jesús exige prácticas verificables: escuchar a quienes han sido heridos, rendir cuentas sobre el uso del dinero, proteger a quienes denuncian injusticias, compartir recursos con transparencia y abrir espacios reales para quienes suelen quedar lejos de las mesas importantes. La compasión cristiana no es lástima distante, sino que organiza, reparte y asume responsabilidades. El contraste también alcanza a quienes ejercen autoridad pública. El liderazgo que nunca admite un error termina sacrificando personas para salvar apariencias. La verdadera firmeza no consiste en sostener una promesa injusta, sino en tener el valor moral de impedir sus consecuencias.
Los dos banquetes siguen ante nosotros. La mesa de Herodes ofrece cercanía al prestigio, pero termina sirviendo muerte. Por su parte, la mesa de Jesús parece modesta, pero alcanza para todos y todavía sobra. Seguir a Cristo significa escoger diariamente la verdad que no se vende y la mesa donde la dignidad humana vale más que la reputación de los poderosos.
Leídas juntas, estas escenas plantean una pregunta incómoda: ¿a cuál de esas mesas se parece nuestra forma de organizar el poder? ¿Quiénes tienen asiento en nuestra mesa? ¿Qué voces preferimos mantener lejos? ¿Para qué sirven los recursos? Los evangelios nos recuerdan que la verdadera medida del poder son los vulnerables que son cuidados.
Pastor General de la Misión Cristiana Elim.
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