Así, el amante trébol pasaba los días viendo hacia arriba.
Así, el amante trébol pasaba los días viendo hacia arriba.
El día más claro de primavera nació un extraño romance en el jardín. Una flor se enamoró de un trébol de cuatro hojas, cuando juntos empezaban a crecer. Juntos los abrazó la primavera, juntos la lluvia de primavera los cubrió en medio de la viajera melodía del amor. Pero la mata de la flor empezó a crecer y a crecer. Entonces, poco a poco, al paso de los días, la flor se fue alejando del trébol y -por más que éste trataba de alzarse- no podía alcanzarla y por más que ésta inclinara su tallo, no podía volver junto a su enamorado. Así, el amante trébol pasaba los días viendo hacia arriba. Los demás tréboles del campo lo observaban extrañados y empezaron a murmurar. ¡Ha perdido el seso! -decían unos…—Es un soñador —opinaban otros… Tiene tortícolis o torcedura de nuca…—O posiblemente esté mirando una estrella —opinó un tercero. Pero nada de eso era cierto. El únicamente miraba hacía la flor, con el dolor secreto de la separación. Porque para el que ama, un breve espacio de distancia es un año sin fin. De ahí que el tiempo y el espacio sean una misma distancia en el corazón. La flor entristeció con los días… El pobrecito trébol terminó torcido del cuello. Su amada florecita había quedado tan inalcanzable como las lumbreras del infinito espacio sideral de su imposible anhelo.
La realidad en tus manos
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