El 27 de enero fue instituido por las Naciones Unidas como el Dia Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. En teoría, cada año la UNESCO rinde tributo a la memoria de los 6 millones de víctimas del más horrendo crimen del Siglo 20 perpetrado por los Nazis, y ratifica su compromiso de luchar contra el antisemitismo, el racismo y toda otra forma de intolerancia que pueda conducir a actos violentos contra determinados grupos humanos.
Recordar el Holocausto es más que un deber histórico. Es una demostración de claridad moral en estos tiempos en donde es eso precisamente los que más está haciendo falta. Este inmenso crimen no fue un acontecimiento abrupto, sino el resultado de un largo proceso, marcado por la normalización del odio, el deterioro de las instituciones democráticas y la indiferencia de las sociedades que optaron por hacer caso omiso a lo que les ocurría a millones de ciudadanos europeos.
Sin duda, es preciso estudiar el Holocausto en su totalidad—sus comienzos con leyes que limitaban las actividades de los judíos y su eventual expulsión de la vida pública; la transformación del antisemitismo racial como instrumento de Estado e instauración de la ideología oficial del Tercer Reich, con la ascensión al poder de Adolf Hitler; la campaña de destrucción de sinagogas, arrestos masivos, destrozos y saqueos de tiendas; el registro sistemático de bienes judíos con el propósito posterior de confiscación así como también, el sistemático registro de las personas judías para efectuar masivas y eficientes deportaciones a ghettos y campos de concentración; el establecimiento de la Solución Final en 1942 en la conferencia de Wannsee como plan sistemático para el exterminio de los judíos de Europa; el exterminio de 6 millones de judíos incluyendo 1.5 millones de niños de una población total judía en Europa de 9.5 millones.
Sí, es imprescindible estudiar el Holocausto en su totalidad. Pero igual de importante es el estudio individual de las miles de comunidades que desaparecieron con el Holocausto, y de esta manera, lograr tener una mirada más íntima de la gran tragedia ocurrida entre los años 1933 y 1945.
En esta instancia quisiera enfocarme en la comunidad judía de la isla de Rodas, la isla griega más extensa del archipiélago del Dodecaneso.
La presencia judía de Rodas se remonta a la Antigüedad. Los primeros judíos se establecieron por primera vez en la isla durante el Imperio Romano, aproximadamente en el siglo I de la E.C. Rodas era un importante centro de comercio y los judíos formaban parte de su población cosmopolita. Estos primeros judíos eran judíos romaniotas, hablaban griego y seguían tradiciones influenciadas por el mundo helenístico.
Bajo el imperio Bizantino, la comunidad judía continuó existiendo, aunque a menudo bajo leyes restrictivas que limitaban sus derechos y actividades económicas.
Un importante cambio ocurrió en 1492, cuando los judíos sefardíes fueron expulsados de España y luego de Portugal. Muchos encontraron refugio en el Imperio Otomano, y Rodas no fue la excepción, ya que en ese entonces estaba bajo dominio Otomano. Rodasse convirtió en un importante centro de vida judía Sefardí. Con el tiempo la comunidad romaniota fue reemplazada por la Sefardí, teniendo el ladino (judeo español) como su lengua, y adoptando las tradiciones y la liturgia Sefardí. Ya en el siglo XVI Rodas era una próspera comunidad reconocida por su erudición, sus actividades comerciales y sus solidas instituciones comunitarias.
Esta importante presencia de siglos fue prácticamente destruida por completo durante el Holocausto. En julio de 1944, estando Rodas bajo ocupación alemana, los nazis reunieron a los 1,700 judíos que se encontraban en la isla. Los cargaron como bestias en tres barcos que los llevaría al puerto de El Pireo en Atenas (¡no sin antes parar por la isla de Kos para recoger al único judío que allí vivía!) y desde allí a la prisión de Haidari. De allí los trenes los llevarían a Auschwitz/Birkenau dos semanas después… el viaje más largo, medido por tiempo y geografía, de todas las deportaciones de judíos, y en muchos sentidos, uno de los más, si no, el viaje más absurdo… De los 1,700 judíos que fueron deportados de la isla, unos 150 sobrevivieron del infierno de Auschwitz. La gran mayoría fue asesinada inmediatamente después de su llegada al campo. Esto representa la destrucción del 90% de la comunidad judía de Rodas, terminando así 2,000 años de presencia judía en la isla.
Les comparto una poesía en ladino de J.D.Alhadeff, uno de los pocos sobrevivientes de los judíos de Rodas.
Akodrate
Mi pena es muy fuerte/Por los que de Rodes se llevaron/Y por sus tan mala suerte/Ke a todos los kemaron/En los kampos de la muerte.
De ellos siempre akodrare/En mi korason y en mi tino/Sus rekuerdo yevare/De sus krueldestino/Nunca me olvidare.
#WE REMEMBER; #NEVER AGAIN; #NUNCA JAMAS